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LA IMPORTANCIA DE ARRANCARLES VOLTAIRE A LAS LOCAS DE "WEBTV" (y otras mas)....
(demasiado antiguo para responder)
pm
2005-08-11 03:26:31 UTC
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LA IMPORTANCIA DE UNA NUEVA CONSTITUCIÓN

Pedro Paúl Bello*


1. Un poco de historia. La principal oferta del Presidente de Venezuela,
Hugo Chávez Frías, durante su campaña electoral y a lo largo de todos los
meses transcurridos de su gobierno, ha sido la de redactar una nueva
Constitución para sustituir la que, en su insólito acto de juramentación
como Presidente, llamó "moribunda" Constitución de 1961.


Esta oferta fue vinculada, desde el inicio, a la convocatoria de una
Asamblea Nacional Constituyente (posibilidad no prevista en el vigente texto
constitucional), dado que fue descartado el nuevo Congreso Nacional (electo
apenas un mes antes de las elecciones presidenciales donde venciera Chávez)
pues la correlación de fuerzas políticas resultó abiertamente desfavorable
para el candidato y posterior Presidente de la República.


Pero para entender la actual crisis político-constitucional que vive
Venezuela es muy importante el tener presente la relación, casi siempre
problemática, que en los países de la Comunidad Ibero-americana ha existido
entre Constitución y gobierno. Esto implica, necesariamente, dejar la mera
consideración del texto constitucional como análisis de las realizaciones
históricas del Estado constitucional para ir a alcanzar el conocimiento de
aquellas realizaciones concretas bajo las cuales ha sido posible un cierto
grado de funcionamiento y consolidación de dicho Estado. Lo difícil que ha
sido lograr tal meta de consolidación lo prueba el hecho de que entre los 19
Estados latinoamericanos y los dos europeos que componen esta Comunidad
Iberoamericana de naciones y durante los 180 años transcurridos hasta 1991,
desde la primera Constitución que fue la de Venezuela de 1811 y la última la
de Colombia de 1991, se han promulgado más de 200 nuevos textos
constitucionales sin contar en ello las reformas constitucionales
importantes que han sido realizadas. Venezuela, precisamente, es el país que
con 22 Constituciones tiene el dudoso liderazgo de haber promulgado el mayor
número de cartas fundamentales; le sigue la República Dominicana con 18 y
cierran la larga lista Argentina y Panamá con cuatro. De todas esas
Constituciones, solamente 13 han alcanzado a superar los 50 años de
vigencia, sea nominal o real; tres de ellas corresponden al siglo XIX en su
primera mitad; nueve fueron promulgadas en la segunda mitad del mismo siglo
y tan solo una lo fue en el siglo XX. La más antigua y una de las más
duraderas fue la Constitución monárquica del Brasil que duró 65 años, entre
1824 y 1889. Le sigue en antigüedad la Constitución republicana del Uruguay
del año 1830 que duró 87 años, es decir hasta 1917. La más lóngeva ha sido
la de Chile de 1833 que se mantuvo en vigencia por 91 años hasta 1924. La
Constitución de México de 1917, que todavía rige, lleva hasta el presente 82
años y es la tercera en duración entre todas las de los países
iberoamericanos. Puede afirmarse que en Iberoamérica se ha inveterado una
mítica creencia en el poder de las Constituciones para resolver los
conflictos cuando sobrevienen crisis por agotamiento de la dirigencia.


Tal realidad conduce, necesariamente, a la consideración del grado de
verdadera vigencia de cada Constitución, esto es, a comparar el país real
con el país legal. Debe tenerse presente que la vigencia de cualquier
Constitución puede ser nominal o real. Se dice que las Constituciones de
vigencia nominal "reinan pero no gobiernan", mientras que las de vigencia
real "reinan y gobiernan".


El problema de fondo consiste en la existencia real del Estado
constitucional. En América Latina - como también en España y Portugal - se
ha presentado entre el Ejecutivo, entendido como "el gobierno" (que hereda
toda la tradición del absolutismo autoritario de las Metrópolis), una
recurrente contraposición histórica con el Parlamento o Congreso, que es una
institución relativamente reciente y apenas reconocida por sectores
minoritarios de las clases más ilustradas. En la base de este conflicto está
el que se ha pretendido que al gobierno se le haya atribuido el objetivo de
"hacer con eficacia", mientras que de la función contralora del Parlamento
se dice que pareciera entorpecer tal objetivo.


El funcionamiento de Estado constitucional invoca la existencia de un
régimen de gobierno que puede definirse como el funcionamiento real del par
gobierno-parlamento sobre el que descansa el régimen, conforme al principio
clásico de la división de poderes. Cuando tal par existe, es porque el
gobierno ejecuta y, al mismo tiempo, se realiza la doble función legisladora
y contralora del Parlamento. La doctrina aplicada, especialmente en el
derecho constitucional de los países iberoamericanos, hace de la función de
legislar tarea muy principal de gobierno, por la que el Parlamento también
concurre al gobierno. Además, según la tradición del derecho constitucional
castellano y portugués heredada en América, correspondería al Parlamento
regular y controlar la gestión gubernativa establecidos los límites del
ejercicio de la autoridad, a la vez que sanciona las eventuales violaciones.


2. La actual realidad venezolana. La historia de los Estados iberoamericanos
muestra patentemente cómo, tanto en el Nuevo Mundo como en la Península,
neutralizar o eliminar el Parlamento le resultó muy fácil a gobiernos
apoyados en una tradición absolutista incoada en la mayoría de una población
que prefiere gobiernos fuertes, realizadores y distribuidores de beneficios
concretos. Tan ello es así que cada vez que se ha producido en estos países
el derrumbe del Estado constitucional, la primera manifestación de ese hecho
ha sido normalmente la disolución fáctica o de hecho del Parlamento. Es, sin
duda, el camino que el actual gobierno ha tomado en Venezuela y que, si
hasta ahora no lo ha hecho plenamente ha sido, en primer lugar, por la
presión internacional y las obvias consecuencias que ello acarrearía en un
mundo globalizado. Luego, porque pese a la propaganda masiva que el régimen
ha puesto en práctica, no es cierto el tan "cacareado" apoyo popular que
dice tener el gobierno de Chávez: el presidente fue electo con una
abstención del 40% y con una votación efectiva del candidato opositor que
fue también del 40%. Es decir, subió a la presidencia con el 56% del 60% de
los electores; valga decir, con el 33,6% del universo electoral.
Posteriormente, al referéndum (que constitucionalmente ha debido ser solo
consultivo y no deliberativo) para la convocatoria de la Asamblea Nacional
Constituyente, sólo concurrió a las urnas el 33% del universo electoral. El
voto aprobatorio (el sí) fue del 88% por lo que la aceptación real fue del
29%. Luego, para la elección de los representantes miembros de la Asamblea,
la concurrencia fue del 49%, de la que los partidos del gobierno obtuvieron
el 54% y los de la oposición el 43%; es decir, que la ANC, donde el gobierno
alcanzó tramposamente (léase kinos) una representación superior al 90%
(gracias ese mecanismo electoral sui generis que lo favoreció), los grupos
políticos del oficialismo apenas obtuvieron menos del 27% del electorado
total. En esta nueva elección del 7 de agosto de 2005, el CNE confiesa una
abstención inmedita al 70% (mientras los entes opositores la ubican entre el
80 y el 90%). De no haber sido maquillado el resultado electoral a ese
efecto (y a todos los demás) y estando las cifras del gobierno en el orden
del 60% y sin tomar en cuenta en los cálculos los votos nulos (en medios no
gubernamentales se asegura que ha habido una fortísima presencia de votos
nulos, tanta que es cercana al 45%), el apoyo real del gobierno apenas
alcanza el 18% (60% de 30%), lo que podría ser mucho menor si las cifras de
abstención coinciden con las de la oposición y si se tiene en cuenta la
existencia de los votos nulos (sería, en efecto, inferior al 9%).


Por eso mismo, y considerados los razonamientos históricos iniciales, son
muy pocas las posibilidades para el logro, por parte de la oposición, de la
aceptación de las cinco reglas de oro propuestas por SUMATE, conforme a lo
cual las elecciones parlamentarias del próximo diciembre podrían realizarse
en un clima de mínima seguridad democrática (mínima, en efecto, pues no
quedarían con ello subsanados problemas como: la indebida presión
gubernamental sobre funcionarios públicos; contratistas; beneficiarios de
las "misiones"; personas que aparecen en las "listas de Tascón", etc.).

Por eso, anticipo desde ya la idea de que la oposición no pueda contentarse
con aupar y lograr una abstención semejante a la alcanzada en los comicios
del pasado domingo, sino que debe propiciar acciones contundentes que, con
marco en el artículo 350 de la Constitución vigente, impida toda posibilidad
de que el gobierno se alce, impune e impúdicamente, con la totalidad de los
escaños de la próxima Asamblea Nacional, pues así podrá reformar la
Constitución según el parecer del Usurpador (eliminar artículos como el 350;
permitir reelección indefinida del Presidente; establecer una disposición
para la elección del Presidente a través de la Asamblea Nacional, etc), lo
que significaría la definitiva consolidación del Estado totalitario en
Venezuela.


Debemos tener muy claro que solamente van a existir etapas de funcionamiento
y consolidación del Estado constitucional cuando haya sido posible conciliar
la permanencia de gobiernos realmente eficaces en su función de gobernar con
el cumplimiento, por parte de un Parlamento verdaderamente autónomo, de sus
funciones contralora y legisladora.


Es evidente, pues, que la vigencia real de uan Constitución no tiene nada
que ver con la nominal. El caso más dramático en América Latina ha sido el
de la lóngeva Constitución de 1830 del Uruguay ya citada que, pese a sus 87
años de vigencia hasta 1917, era sólo letra muerta pues vio pasar, por lo
menos hasta 1903, 25 gobiernos casi todos inconstitucionales por su origen
(dos presidentes asesinados, uno gravemente herido, nueve derrocados
violentamente y apenas tres que pudieran llamarse "normales" por su
desenvolvimiento). Por su parte, la Constitución de Colombia de 1888 alcanzó
a cumplir el siglo, pero en medio de cinco interrupciones, por lo que tuvo
períodos de vigencia nominal y períodos de vigencia real.


Dada la actual situación política que vive Venezuela, en la que el
oficialismo encabezado por el Presidente de la República ha desafiado,
vituperado y desconocido los Poderes nacionales legislativo y judicial, tan
legítimamente constituidos como el propio Ejecutivo; dado que la Asamblea
Nacional Constituyente, convocada e instalada en abierta contradicción con
el texto constitucional vigente (aunque "permitida" bajo amenaza por la
Corte Suprema de Justicia), invocó una condición de "soberana absoluta"
derivada de una supuesta condición de "poder originario" que no posee y en
vista del control absoluto que el Presidente ejerce sobre la Asamblea
Nacional, se concluye que en el régimen que se está implantando no existe ni
va a existir la correlación armónica ni la separación real de Poderes
independientes, sino que el Legislativo quedará siempre subordinado a la
voluntad del Ejecutivo.


*Profesor Titular emérito de la Univ. Simón Bolívar, Prof. UJMV,
ex-Embajador de Venezuela en Italia, Ingº Civil, Lic. en Filosofía, DEA en
Urbanisme, Postgrado en Ciencias Políticas, exJefe de OCEI.
Super User For Ever
2005-08-11 18:07:30 UTC
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"Anyone who has the power to make you believe absurdities
has the power to make you commit injustices," Voltaire wrote.

The quotation is sometimes rendered with different wording:
"As long as people believe in absurdities they will continue
to commit atrocities."
Miguel
2005-08-12 03:22:49 UTC
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Post by Super User For Ever
"Anyone who has the power to make you believe absurdities
has the power to make you commit injustices," Voltaire wrote.
Voltaire tiene razon. Si hubiera vivido ahora, Voltaire, hombre amante
de la libertad jamas hubiera apoyado a ninguna tirania.


Por ejemplo este pensamiento le viene muy bien a los asesinos Castro y
Che Guevara.

"All murderers are punished unless they kill in large numbers and to
the sound of trumpets"

Recuerda que Voltaire, a traves de Candide dijo: "Il faut cultiver
notre jardin." En espa~nol: Hace falta cultivar nuestro jardin.

El no dijo: Debemos de dejar la basura y no recogerla. Has visto las
calles de la Habana bajo el castro-fascismo? Dan asco.

Aqui las podras ver.

http://www.therealcuba.com/
ARIEL BOLUDOVSKY
2005-08-12 08:04:07 UTC
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Post by Super User For Ever
"Anyone who has the power to make you believe absurdities
has the power to make you commit injustices," Voltaire wrote.
"As long as people believe in absurdities they will continue
to commit atrocities."
Hay otra frase mejor, de uno de mis heroes, que bien podria aplicarse a
ciertos intelectuales de tres al cuarto en Francia y EEUU:

"Some ideas are so absurd that only an intellectual could believe them"
(George Orwell).

Dedicada a Norman Mailer. De nada.

BOLU
--
------------------------
ARIK TOV L'YEHUDIM
------------------------
Super User For Ever
2005-08-12 17:03:58 UTC
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Post by ARIEL BOLUDOVSKY
Post by Super User For Ever
"Anyone who has the power to make you believe absurdities
has the power to make you commit injustices," Voltaire wrote.
"As long as people believe in absurdities they will continue
to commit atrocities."
Hay otra frase mejor, de uno de mis heroes, que bien podria aplicarse a
"Some ideas are so absurd that only an intellectual could believe them"
(George Orwell).
ummmmh.... aqui hay precisamente un problema boludezco, perdon,
intelectual.... y es que el "genio" orwell no le llega ni a los
tobillos a voltaire, y quien cree que la frase que has traido
en alguna forma tiene el peso (y la liga, como dice el comandante
zmiz) de la de voltaire, creo que no estan en la pelicula en
que creiste estar....

Es mas: precisamente tu "refutacion" te coloca al nivel de
las histericas del "webtv", con lo cual hemos reducido el
"problema" al anterior, y ESE ya estaba resuelto con la
frase de voltaire y con las madres que acosan a la bushi en
sus vacaciones para que les "explique" en que consiste la
"noble causa" por la que "aportaron" sus hijos, como la
degenerada aquella del "webtv" (de la santa mafia) se cree
que tenia que felicitarlas....

TODO CLARO O QUIERES QUE ENCARGUE A ZMIZ DE EXPLICARTELO?....
Post by ARIEL BOLUDOVSKY
Dedicada a Norman Mailer. De nada.
BOLU
Nomen est omen.... que cierto, eh?....
Super User For Ever
2005-08-12 20:21:08 UTC
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LA IMPORTANCIA DE CONOCER EL TESTIMONIO DE UN BURRO QUE
VIVIO LA "CONQUISTA" PERSONALMENTE, Y COMO LOS ENEMIGOS
DE LA VERDAD ENSALZARON EL PAPEL DE LOS POBRES CABALLOS
Y OCULTARON EL DE NOSOTROS, LOS BURROS....
Memorias de un burro


I- Los señores caballos de los conquistadores
(Donde se trata de los méritos y servicios prestados por los burros, los
piojos, las pulgas, los microbios y otros héroes similares en la
Conquista de América)


En primer lugar quiero dar las gracias a Don Carlos Vidales, quien me ha
prestado su ordenador para que yo pueda comunicarme con vuestras
mercedes. Don Carlos dice que nosotros los burros somos los sujetos más
honrados del mundo, porque no vivimos del trabajo ajeno y nunca
rebuznamos los unos contra los otros, como hacen algunos humanos.

En segundo lugar, debo presentarme. Me llamo Pantxo y soy un burro de
Vizcaya. Los que no entiendan el euzkera me pueden llamar Pancho. Y no
me tergiversen: no estoy diciendo que todos los que nacieron en Vizcaya
son burros, porque allí también han nacido perros, gallinas, cucarachas
y gente; y tampoco estoy diciendo que todos los burros son vizcaínos,
porque en todas partes nacen burros. Incluso hay lugares, como Santafé
de Bogotá, donde se nos tiene tanta estimación y respeto, que a
cualquier burro le dicen "doctor".

Ahora bien. La razón por la cual escribo estas Memorias, es que ha caído
en mis cascos un poema de Don José Santos Chocano, en homenaje a mis
primos, los caballos de los conquistadores. Y este poema contiene
algunas inexactitudes que me veo obligado a refutar y corregir, en honor
de la verdad y la justicia. Veamos:

¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales...

Con perdón de vuestras mercedes digo que eso de los "cascos musicales"
suena un poco ridículo: la Conquista no fue una fiesta, y los señores
caballos que trabajaron en ese negocio no fueron contratados para bailar
flamenco. La única bailaora de todas esas bestias fue la yegua
predilecta del conquistador Don Diego de Nicuesa, hombre noble, de genio
alegre y festivo, muy amigo de la guitarra, de las baladas y de los
romances. Don Diego había amaestrado a su yegua para que bailara al son
de la viola y ella lo hacía con mucha gracia, no lo voy a negar. Pero
eso fue un caso excepcional. Los otros pobres rocines arrastraban las
patas, cansados, derrengados, muertos de hambre, flacuchentos, y cuando
la cosa se ponía crítica, entonces los señores conquistadores
desenvainaban la tizona, la afilaban en alguna piedra, cercenaban los
pescuezos finos y las ancas relucientes, trozaban los cuerpos, ponían
los trozos en algún asador improvisado y se comían a los épicos caballos
andaluces. Yo recuerdo que durante la conquista de Santa Marta, el
hambre fue tan grande que un soldado raso se robó un caballo del capitán
Gómez del Corral y se fugó con la bestia muerta y medio destrozada y
parece que se fue a vivir al monte, en el fondo de alguna caverna
oscura, porque nunca más volvimos a verlo.

A mí no me comieron, porque ellos tenían un refrán que decía: "Perro no
come perro y conquistador no come burro". Pero no siempre cumplían con
este santo precepto: recordemos que un fraile goloso cometió la
monstruosa bestialidad de comerse a un tío mío, conocido como el Primer
Burro de la Conquista, el más veterano de todos nosotros, un asno
heroico que había acompañado a Hernán Pérez de Quesada en la penosa
búsqueda de El Dorado. Así lo cuenta en sus Elegías Don Juan de
Castellanos, testigo de este crimen horrendo:

Lleváronlo también a la jornada
llamada por antiguos del Dorado,
que hizo Fernán Pérez de Quesada
de do volvió después desbaratado;
y el padre fray Vicente Resquejada,
en tiempo que fue pasto regalado,
el cuero le quitó de las costillas
y convirtió sus tripas en morcillas.

Pero volvamos a Don José Santos Chocano, cuya visión romántica de la
Conquista es verdaderamente conmovedora:

¡No! No han sido los guerreros solamente
de corazas y penachos y tizonas y estandartes,
los que hicieron la conquista de las selvas y los Andes:
los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispa de la raza voladora de los árabes
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los húmedos pantanos,
en los ríos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles.

Muy bonito. O sea que la Conquista la hicieron los guerreros y los
caballos, y nadie más. ¿Y los burros? ¿No les cargamos nosotros, partida
de desgraciados, sus arcabuces y sus espadas y sus tesoros robados a los
indios y sus muertos y sus víveres y sus chécheres y sus concubinas y
sus armaduras y sus trofeos infames? ¿No tiramos de los carros y de las
carretas y de los cañones y de los grandes ídolos de piedra y de oro?
¿No nos hundimos hasta las orejas en el lodo y la sangre de las
masacres, ayudando a rescatar con vida a un asesino analfabeto, a un
licenciado en leyes, a un fraile sibarita o a un santo varón, que lo
mismo daba que fuera ángel o demonio, siempre que fuera "de los
nuestros"? ¡Ahora resulta que la Conquista fue un asunto de caballos y
caballeros solamente! ¡Ahora resulta que las chivas y las cabras y los
cerdos y las moscas y pulgas y piojos que nos acompañaron sufriendo mil
penalidades a través del océano no hicieron nada! ¡Y los microbios de la
peste y de la viruela y de la influenza y del cólera no hicieron nada!
¡Y los perros de presa que despedazaban indios por millares en las
batallas iniciales de la Conquista no hicieron nada! ¡Y los ratones y
ratas que invadieron el Nuevo Mundo, merodeando y transportando sus
pestes hasta las provincias más remotas, no hicieron nada! ¡Y el alcohol
y la codicia y la crueldad y la corrupción, los Cuatro Jinetes del
Apocalipsis, la Vanguardia de Todas las Conquistas, las Cuatro Glorias
de Todos los Imperios, no hicieron nada!

Y mis primas, las mulas, orgullosas y retrecheras, ¿no hicieron nada? Y
las señoras gallinas, abnegadas y sufridas, que ponían los huevos para
la marcha penosa por bosques y montañas, ¿no hicieron nada? Y los Padres
Predicadores y los misioneros y los verdugos y los cronistas y los
estafadores que cambiaban barras de oro por bolitas de vidrio, ¿no
hicieron nada? Pues no, señor, nada: solamente hubo caballeros gloriosos
y caballos bailarines, con "cascos musicales".

Ya sé: dirán vuestras mercedes que no es posible hacer poesía con burros
y piojos y gallinas y moscas. Dirán que un caballero iluminado por la
gloria es poético, pero un cuidador de cerdos analfabeto en trance de
violar a una india es muy prosaico. Dirán que es poético un caballo
andaluz con un tipo cubierto de latas sentado en su lomo, pero que es
muy prosaico un burro cargando un baúl lleno de Biblias, instrumentos de
tortura y balas de arcabuz. Dirán que la rosa es poética, y que la yuca
es prosaica. Pues si piensan así, será que no habrán leído "La Araucana"
de Don Alonso de Ercilla, o las "Odas Elementales" del Camarada Pablo
Neruda. Y para no ir más lejos, oigan vuestras mercedes cómo describe
Don Juan de Castellanos, uno de los grandes poetas de la Conquista, en
sus Elegías, la decisiva participación de un hijo mío en una emboscada
que el capitán Bartolomé Camacho les armó a los taironas, en 1536:

Estando pues los nuestros abscondidos
al punto y hora que salir querían,
un asno daba grandes rebuznidos
que los indios allí arriba temían;
espantáronse todos los oídos
de aquellos que la voz reconocían:
y es porque allí después ni antes
nunca nacieron bestias semejantes.

Aterrorizados por los rebuznos de mi hijo, los taironas sufrieron una
derrota completa, y Don Juan de Castellanos pudo escribir su poema.
Aprendan pues, vuestras mercedes, que para los grandes poetas nada es
prosaico, precisamente porque los sucesos más maravillosos del mundo
ocurren siempre de una manera prosaica. Y no rebuznemos más sobre este
punto.

Hablemos ahora de las "gloriosas herraduras" que los caballos
"estamparon" por todas partes, como dice con tanta gracia Don José
Santos Chocano. Pues han de saber vuestras mercedes que la codicia y la
miseria se juntaban, y no había hierro para hacer herraduras y calzar
decentemente a las bestias, porque a los señores conquistadores sólo les
interesaba el oro. El mismo Castellanos cuenta (Elegías, Canto IX), a
propósito de la batalla librada el 20 de enero de 1540 entre las fuerzas
ibéricas del capitán Martín Galeano y los valientes guanes comandados
por el cacique Charalá, que la caballería llegó muy retardada al
combate, y a casco pelado, pues las bestias habían perdido sus zapatos:

que, por falta de hierro, las herraban
con herraduras hechas de oro bajo...

Cualquier burro con dos cuartas de frente sabe que el oro es demasiado
blando para hacer herraduras. Pero era lo único que había disponible en
aquel tiempo de miserias.

Continuemos con Don José Santos Chocano:

Un caballo fue el primero
en los tórridos manglares
cuando el grupo de Balboa caminaba
despertando las dormidas soledades,
que, de pronto, dio el aviso
del Pacífico Oceano, porque ráfagas de aire
al olfato le trajeron
las salinas humedades...

¡No es cierto! El caballo de Balboa ya no daba más del agotamiento. Pero
una yegua joven, que iba cargando unas espadas y unas lanzas, dio un
relincho que nos asustó a todos y las orejas se le pusieron grandes como
hojas de plátano. Tenía los ojazos desorbitados y la crin erizada, y
cuando miramos en la dirección en que ella apuntaba con el belfo húmedo,
vimos desde la altura en que nos encontrábamos, a través del follaje
tupido, la más grande cantidad de agua azul que ojos algunos hayan visto
en este planeta y quedamos lelos y estupefactos como lengua mortal decir
no pudo. Fue ella y solamente ella, la yegua Rosita, la descubridora del
Océano Pacífico. Y aprovecho aquí para contar, de paso, que con esa
yegua encantadora tuve yo un entrevero delicioso, una noche mágica de
1514. Lo recuerdo muy bien porque esa noche, sin luz de luna en las
hojas, los árboles habían crecido, y un horizonte de perros ladraba muy
lejos del río. Como vuestras mercedes podrán imaginar,

aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por burro,
lo que en la oreja me dijo:
mi discreción de jumento
me hace ser muy comedido.
Me porté como quien soy:
como burro vizcaíno.
La regalé una montura
grande, de estilo morisco,
y no quise enamorarme
porque teniendo rocino,
me dijo que era potrilla
cuando la llevaba al río.

Muchas décadas más tarde mi buen amigo Federico, poeta andaluz, se
inspiró en esta aventura mía para inmortalizar sus yuntamientos con una
casada infiel. Cosas veredes, Sancho.

Pero hay todavía más, si cabe. Dice el poeta Santos Chocano:

..y el caballo de Quesada, que en la cumbre
se detuvo, viendo al fondo de los valles
el fuetazo de un torrente
como el gesto de una cólera salvaje,
saludó con relincho
la sabana interminable,
y bajó con fácil trote
los peldaños de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el golpe de sus cascos musicales...

Nada de eso, señores. Lo que pasó fue que el caballo de Quesada se
asustó tanto al ver el Salto del Tequendama, que cayó sentado de culo
encima de lo que otros caballos y burros habíamos producido después del
desayuno, y resbalando, resbalando,

sacudió con sus relinchos la sabana interminable,
y rodó con mil rebotes
por los cerros de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el peso de sus nalgas imperiales.

No paró del resbalón hasta llegar a Honda, donde el Adelantado Don
Gonzalo Jiménez de Quesada, enfermo de pesadumbre y de lepra, se bajó
del caballo en ruinas y esperó pacientemente la muerte, que le llegó
cuando tenía apenas ochenta años de edad. Suerte tuvo, porque casi todos
los demás conquistadores murieron de mala muerte, traicionados,
apuñalados, ahorcados, descuartizados, envenenados, macheteados por sus
propios compañeros, como es costumbre entre conquistadores. Pero esa es
otra historia, que otro día les contaré. Y basta por hoy, porque los
burros viejos no somos bichos de rebuzno largo.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
John Tordillo
2005-08-12 20:56:36 UTC
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Post by Super User For Ever
Memorias de un burro
Genial.Gracias por compartirlo.(Habrá más por allí del mismo burro?)
J.T.
Super User For Ever
2005-08-12 21:11:00 UTC
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Post by John Tordillo
Post by Super User For Ever
Memorias de un burro
Genial.Gracias por compartirlo.(Habrá más por allí del mismo burro?)
J.T.
Si hay mas, pero hay que dosificarlo para que les duela bien
a las locas que hablan del "primer" y el "tercer mundo"....

Seguro que si un burro les dice lo que ignoran, pues hay mas
chances de que congeneres se entiendan, verdad?....

Bueno, aqui te adelanto el siguiente capitulo:


II- Vida y muerte de los Conquistadores
(Donde se mencionan las altas virtudes, apacible carácter, mansedumbre
cristiana y amor al prójimo que los señores Conquistadores dejaron
olvidados en alguna parte, porque a América llegaron más o menos
desnudos de tales atributos)

Como prometí la vez pasada, voy a contar a vuestras mercedes cómo fue
que murieron los señores Conquistadores. Pero antes de hablar de sus
muertes valdría la pena hablar un poco de lo que hicieron en vida, y eso
se puede resumir en dos rebuznos, como sigue.

Los gloriosos Conquistadores eran, con algunas honrosas excepciones,
gentuza que había fracasado en su tierra, sea por lo que fuera: falta de
cerebro, mediocridad, exceso de rebeldía, mala crianza, poca educación,
torpeza en el arte de la intriga, mucha vulgaridad, timidez excesiva,
lengua demasiado suelta o simplemente ineptitud para el trabajo y los
negocios. Los que eran inteligentes tenían casi siempre problemas
temperamentales o sicológicos que los convertían en inadaptados o
resentidos, y como en esa época no existían los sicoanalistas, no les
quedaba más remedio que hacerse una terapia de viajes y aventuras. Los
demás, la inmensa mayoría, eran por lo general mal educados, burdos,
groseros, atrevidos, mentirosos, violentos, envidiosos y cabrones. Dicho
sea con respeto de las señoras y señoritas.

Habían firmado contratos con el Rey, quien les había dado "licencias" o
"patentes" o "títulos" de Descubridores y de Adelantados. De este modo,
no exento de frescura y desvergüenza, les había otorgado el "derecho" de
tomar posesión de tierras que ni siquiera se sabía si existían y la
"potestad" de decidir sobre la vida y la muerte de todas los seres
vivientes que encontraran en sus "empresas de descubrimiento". Yo
recuerdo que en aquel período de febriles preparativos, cuando nos
reuníamos en los establos, a altas horas de la noche, los burros y las
mulas nos cagábamos de la risa (siempre con respeto de las señoras y
señoritas) comentando los textos absurdos de estas licencias arrogantes
y estúpidas:

"Yo, el Rey (aquí seguían tres párrafos de títulos que eran un
inventario de todo lo que se había robado antes), digo que Fulanito de
Tal es mi Adelantado y como tal lo nombro para que en mi nombre descubra
y tome posesión de todo lo que encuentre hasta doscientas leguas al sur
de la isla de Santa Mengana, entre el Golfo de San Perencejo y la
Península de Santa Zutaneja".

Porque eso sí: a todas las tierras que se robaban les ponían nombres de
santos y de santas, con muchas misas y mucho humo de incienso para
disimular el mal olor.

Así pues, cuando un aventurero desesperado por el desempleo, el
analfabetismo y el hambre, o perseguido por los alguaciles que le iban a
cobrar las deudas, o acosado por los clientes a quienes había engañado
con sus malas artes de leguleyo, o en fin, marginado de la sociedad por
culpa de sus antecedentes con la justicia, llegaba al extremo de tener
que irse de su España querida, se conseguía con algún compadre una
recomendación y a punta de intrigas, mentiras y lagarterías le sacaba al
Rey una "licencia" de esas. Con ese papelito corría donde los señores
prestamistas o "banqueros" y se conseguía un préstamo de cinco mil o
diez mil ducados para armar la expedición (porque el Rey podía ser
hinchado como un pavo, pero no era imbécil: él ponía solamente la
autorización, pero la plata la tenía que poner el socio capitalista).

Una vez conseguido el dinero, a altas tasas de interés (los banqueros
eran por lo general alemanes, pero cobraban intereses como si fueran
suecos), el glorioso Adelantado reclutaba una partida de facinerosos
dispuestos a cualquier cosa con tal de trepar un poquito en la escala
social. A este grupo de asaltantes de horca y cuchillo se agregaba un
escribano (casi siempre un tipo engreído, codicioso y mezquino cuyo
único mérito era saber leer y escribir), uno o dos frailes piadosos
encargados de evangelizar por las buenas o por las malas a todos los
nativos a quienes se iba a despojar de sus bienes, y una tripulación
valiente y experta que fuera capaz de llevar a esta pandilla al otro
lado de los mares ignotos e insondables, luchando con fieras marinas
descomunales, dragones horripilantes y tormentas apocalípticas, por las
regiones tenebrosas del miedo y la incertidumbre. Los que sobrevivían a
todos esos peligros, a las pestes y los naufragios, a los huracanes y al
Triángulo de las Bermudas, y lograban arribar a alguna isla remota del
Nuevo Mundo, entraban al mundo espeluznante de sus propios odios
homicidas, envidias corrosivas, codicias insaciables, apetitos
desmedidos, rencores amargos y furias desatadas por la oportunidad del
saqueo que los había de convertir en "señores".

A veces el grupo de salteadores tenía suerte y se les colaba un sujeto
de buena calaña que lograba dejar testimonio de la Conquista con una
obra literaria de valor, como fue el caso de Don Alonso de Ercilla y su
maravilloso poema La Araucana; o un santo varón, que resultaba defensor
de los Derechos Humanos, como lo fueron el Padre Montecinos y nuestro
gran amigo Fray Bartolomé de las Casas, cuya santidad se certifica por
el hecho de que el Vaticano se ha negado a beatificarlo.

Una vez armada la empresa, había que llegar a las tierras desconocidas,
"descubrirlas", saquearlas, reunir el dinero para pagar el préstamo
(porque los banqueros eran alemanes, pero cobraban con tanta puntualidad
como si fueran suecos), y repartir las ganancias.

Por eso, lo primero que hacían los señores Conquistadores cuando se
encontraban con un cacique indígena, era secuestrarlo y exigirle un
rescate en oro. Por supuesto, ellos decían que esto no era un secuestro
sino "una retención", y al indio le decían que estaba "retenido" y que
por favor no fuera a pensar que estaba secuestrado. Este cambio mágico
de palabras lograban hacerlo gracias a la ayuda de abogadillos
inmorales, leguleyos de mala clase y tinterillos de poca monta, que en
su país se habrían muerto de hambre si hubieran tenido que ejercer la
profesión de la Ley. Fue así como se originó la tradición de secuestrar
gente a diestra y siniestra y la costumbre de llamar "retenciones" a los
secuestros que hace uno, y "secuestros criminales" a los secuestros que
hacen los demás. Y la regla de oro de esta nueva concepción del Derecho
de Gentes, según se aplica hoy en un país de bárbaros de cuyo nombre no
quiero acordarme, puede expresarse así: "hazle una retención a tu
prójimo, antes de que él te haga un secuestro".

Una vez que el "retenido" pagaba el rescate lo asesinaban, porque les
parecía mucho trabajo y excesivo gasto dejarlo libre y consideraban que
no era ningún pecado faltar a la palabra empeñada con un rey indígena.
Aquí también recurrían a los servicios del tinterillo oficial de la
expedición, que con muchos artículos, párrafos, latinajos, parágrafos,
acápites, ítems, capítulos y cánones declaraba solemnemente que el indio
retenido era "enemigo de Dios y del pueblo" y que por tanto era justo
mocharle la cabeza. De aquí nació la tradición de justificar cualquier
asesinato con el argumento de que el muerto era malvado. A los señores
indígenas se les acusaba de ser "idólatras, homosexuales, caníbales y
drogadictos" y con esto quedaba santificado quemarlos estrangularlos,
robarles su mujeres, descuartizarles los hijos y despojarlos de sus
tierras y de sus haberes.

Probablemente la "retención" más famosa fue la que Francisco Pizarro, un
criminal analfabeto, le armó al Inca Atahualpa. Primero hizo que los
súbditos de Atahualpa llenaran una gran habitación con objetos de oro de
valor incalculable, bajo la promesa de que una vez pagado el rescate el
emperador "retenido" sería puesto en libertad. Una vez que tuvo el
tesoro en sus manos, Pizarro armó un proceso para juzgar a Atahualpa por
el delito de herejía y crímenes contra Dios, y lo hizo estrangular con
un aro de hierro. Este suplicio se llama tradicionalmente "pena de
garrote", y fue usado en España hasta hace muy poco tiempo. Por ejemplo
Francisco Franco, "Caudillo de España por la Gracia de Dios", lo aplicó
muy pocos días antes de irse al infierno, contra anarquistas y
comunistas.

En México fue "retenido" Cuauhtémoc, soberano de los aztecas. Lo
amarraron como si fuera un tamal y le pusieron los pies a asar en una
parrilla para que dijera dónde estaba el oro que buscaban. Al mismo
tiempo pusieron al fuego a varios servidores de Cuauhtémoc. Uno de ellos
no pudo aguantar el dolor y comenzó a quejarse. El rey azteca lo miró
con desprecio y le dijo: "Mi lecho no es de rosas", con lo cual el que
se quejaba se calló, avergonzado. Algunos historiadores hispanistas
invocan estas palabras, naturalmente, para probar que los soldados de
Hernán Cortés no tocaron a los indios ni con el pétalo de una rosa.
Dicen, además, que Hernán Cortés era un hombre letrado, culto,
inteligentísimo. Yo digo a vuestras mercedes que tres siglos y medio
después de haber conocido a Cortés tuve el honor de llevar en mi lomo a
un hombre pequeñito, de enormes ojos claros, que luchaba por la
independencia de su patria. Se llamaba José Martí y su palabra ardiente
todavía me zumba en las orejas y me trae consuelo al corazón. Yo le oí
decir: "La inteligencia sin virtud no es más que azote y crimen". Y esa
frase lapidaria, creo yo, pone en su sitio para siempre a los
conquistadores inteligentes como Cortés y a los leguleyos infames que
inventaron la argumentación jurídica de la Conquista.

Las "retenciones" eran cosa de todos los días. A un cacique le
"retuvieron" su hija y lo obligaron a entregarla en matrimonio a un
Conquistador, con lo cual éste quedó dueño de todo el oro de la tribu y
se apoderó de los pobres indígenas, que sucumbieron como esclavos, bajo
el látigo feroz del nuevo amo. A otro le "retuvieron" su hijo y le
obligaron a firmar una alianza militar para poder aniquilar a una tribu
guerrera que no se quería dejar robar. En el Darién "retuvieron" a una
viejita del pueblo Tule (cunas) y le dieron palo hasta que confesó dónde
estaba el cementerio con las tumbas de los antepasados, que luego
profanaron y destruyeron para quedarse con el oro. Así se fueron
haciendo ricos, y en la misma proporción en que llenaban de oro la
bolsa, iban llenando el alma de infamias y crímenes.

Más aún: a la hora de repartir las ganancias era muy útil reducir el
número de socios, para que le tocara más a cada accionista. Esto se
lograba con ayuda de intrigas, mentiras, rumores, calumnias, acusaciones
falsas, procesos fraguados y felonías de toda laya. Si estos métodos
pacíficos fallaban se recurría a cuchillos, espadas, pistolas, puñales,
venenos, emboscadas, asaltos nocturnos, confesiones obtenidas mediante
tortura, "retenciones" y otras técnicas apropiadas. Toda esa
parafernalia de muerte ha recibido el nombre de "la caja de herramientas
del Conquistador". Todavía hoy se emplea, y algunos doctores que conozco
han agregado a este instrumental el teléfono y el fax.

En resumen: los gloriosos paladines de la civilización se asesinaron los
unos a los otros, con pocas excepciones. El Padre Zamora, que fue
testigo de estas aberraciones como lo fui yo, resume de esta manera el
resultado de estas luchas:

"Funestas y ejemplares fueron las muertes que tuvieron los más
Conquistadores de esta América. Blasco Núñez de Balboa que descubrió el
Mar del Sur, murió degollado por sentencia de Pedro Arias de Ávila, su
Suegro. El Marqués D. Francisco Pizarro, y Diego de Almagro, con muertes
violentas; éste con garrote en una cárcel; y aquél a puñaladas, en su
casa. Hernando Pizarro, después de haber mandado ahorcar y degollar a
muchos de sus compañeros, le cortaron la cabeza, por su rebelión. Su
Maestre de Campo, Caravajal, cruelísimo y sangriento tirano, quien quitó
afrentosamente las vidas a muchos de los primeros Conquistadores, número
que llegó al de 340, murió en la horca."

Aquí debo anotar que los hermanos Pizarro se hicieron una guerra
traicionera los unos a los otros y contrataron sicarios para asesinarse
entre sí.

"Francisco Hernández Girón, que aconsejó a Don Sebastián de Belalcázar
que degollara al Mariscal Jorge Robledo, habiendo logrado su parecer,
tuvo la misma muerte, con pregón afrentoso. Belalcázar, que pasaba a
España, sentenciado a muerte, la tuvo de pesadumbre en Cartagena.
Rodrigo Bastidas murió de las puñaladas que le dieron sus soldados; que
pagaron en la horca éste, y otros delitos. García de Lerma murió sin
confesión, estando rodeado de Sacerdotes. A Ambrosio Alfinger mataron a
flechazos los indios Chitareros."

Y eso fue de suerte, porque los propios compinches de Alfinger ya
estaban a punto de coserlo a puñaladas cuando llegaron las flechas de
los chitareros y lo salvaron de esta traición.

"Nicolás de Federmán murió ahogado, y la misma muerte tuvo Don Pedro de
Heredia. A los dos hermanos Quesadas mató un rayo, estando jugando a los
naipes;"

Sí señor: iban encadenados, con grilletes en los pies, en un barco que
los llevaba a España, donde los iban a decapitar por asesinos y
ladrones. Pero cerca de las costas de Santa Marta, ¡suáz! vino un rayo y
les chamuscó el esqueleto.

"y en otro juego de cañas, cayó muerto de un cañazo el Capitán Gonzalo
García Zorro."

Los "juegos de cañas" eran los torneos de los Conquistadores. Como
querían copiar a los caballeros feudales, hacían torneos al estilo
medieval. Pero como no tenían lanzas apropiadas, usaban cañas de guadua
los más principales y simples cañas de maíz los más pobres. Pero eran
tan bestias, que en cada torneo resultaban tres o cuatro muertos.

"Alvaro de Hoyón murió en la horca en Popayán"

porque había traicionado y asesinado a su propio jefe, el capitán
Sebastián Quintero. Junto con el traidor fueron decapitados quince o
veinte de sus amigotes, todos muy facinerosos.

"...y Pedro de Añasco, atravesada una soga en las quijadas, con que lo
llevaba arrastrando de pueblo en pueblo la Cacica de Timaná".

Como vuestras mercedes recordarán, el tal Pedro de Añasco había
asesinado al papá, al marido y a los hermanos de la Señora Cacica, y por
eso ella se volvió una fiera sedienta de venganza.

"Sólo el famoso Hernán Cortés y nuestro Adelantado Don Gonzalo Jiménez
de Quesada murieron en cama con los Sacramentos; aunque señalado
Quesada, con la muerte de lepra, que se ha visto raras veces en estas
tierras".

Y con esto queda resumida al historia de estos ladrones. Eran cientos y
cientos, y se pueden contar con las herraduras de mis cascos lo que
murieron de muerte natural. Que Don Satanás los tenga en su Parrilla
Eterna. Amén.

La próxima vez les voy a contar cómo eran y qué hacían los Señores
Indígenas y sus distinguidas esposas y amados hijitos. Entretanto,
reciban vuestras mercedes mis mejores rebuznos de amistad y
consideración.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Super User For Ever
2005-08-12 21:12:10 UTC
Permalink
II- Vida y muerte de los Conquistadores
(Donde se mencionan las altas virtudes, apacible carácter, mansedumbre
cristiana y amor al prójimo que los señores Conquistadores dejaron
olvidados en alguna parte, porque a América llegaron más o menos
desnudos de tales atributos)


Como prometí la vez pasada, voy a contar a vuestras mercedes cómo fue
que murieron los señores Conquistadores. Pero antes de hablar de sus
muertes valdría la pena hablar un poco de lo que hicieron en vida, y eso
se puede resumir en dos rebuznos, como sigue.

Los gloriosos Conquistadores eran, con algunas honrosas excepciones,
gentuza que había fracasado en su tierra, sea por lo que fuera: falta de
cerebro, mediocridad, exceso de rebeldía, mala crianza, poca educación,
torpeza en el arte de la intriga, mucha vulgaridad, timidez excesiva,
lengua demasiado suelta o simplemente ineptitud para el trabajo y los
negocios. Los que eran inteligentes tenían casi siempre problemas
temperamentales o sicológicos que los convertían en inadaptados o
resentidos, y como en esa época no existían los sicoanalistas, no les
quedaba más remedio que hacerse una terapia de viajes y aventuras. Los
demás, la inmensa mayoría, eran por lo general mal educados, burdos,
groseros, atrevidos, mentirosos, violentos, envidiosos y cabrones. Dicho
sea con respeto de las señoras y señoritas.

Habían firmado contratos con el Rey, quien les había dado "licencias" o
"patentes" o "títulos" de Descubridores y de Adelantados. De este modo,
no exento de frescura y desvergüenza, les había otorgado el "derecho" de
tomar posesión de tierras que ni siquiera se sabía si existían y la
"potestad" de decidir sobre la vida y la muerte de todas los seres
vivientes que encontraran en sus "empresas de descubrimiento". Yo
recuerdo que en aquel período de febriles preparativos, cuando nos
reuníamos en los establos, a altas horas de la noche, los burros y las
mulas nos cagábamos de la risa (siempre con respeto de las señoras y
señoritas) comentando los textos absurdos de estas licencias arrogantes
y estúpidas:

"Yo, el Rey (aquí seguían tres párrafos de títulos que eran un
inventario de todo lo que se había robado antes), digo que Fulanito de
Tal es mi Adelantado y como tal lo nombro para que en mi nombre descubra
y tome posesión de todo lo que encuentre hasta doscientas leguas al sur
de la isla de Santa Mengana, entre el Golfo de San Perencejo y la
Península de Santa Zutaneja".

Porque eso sí: a todas las tierras que se robaban les ponían nombres de
santos y de santas, con muchas misas y mucho humo de incienso para
disimular el mal olor.

Así pues, cuando un aventurero desesperado por el desempleo, el
analfabetismo y el hambre, o perseguido por los alguaciles que le iban a
cobrar las deudas, o acosado por los clientes a quienes había engañado
con sus malas artes de leguleyo, o en fin, marginado de la sociedad por
culpa de sus antecedentes con la justicia, llegaba al extremo de tener
que irse de su España querida, se conseguía con algún compadre una
recomendación y a punta de intrigas, mentiras y lagarterías le sacaba al
Rey una "licencia" de esas. Con ese papelito corría donde los señores
prestamistas o "banqueros" y se conseguía un préstamo de cinco mil o
diez mil ducados para armar la expedición (porque el Rey podía ser
hinchado como un pavo, pero no era imbécil: él ponía solamente la
autorización, pero la plata la tenía que poner el socio capitalista).

Una vez conseguido el dinero, a altas tasas de interés (los banqueros
eran por lo general alemanes, pero cobraban intereses como si fueran
suecos), el glorioso Adelantado reclutaba una partida de facinerosos
dispuestos a cualquier cosa con tal de trepar un poquito en la escala
social. A este grupo de asaltantes de horca y cuchillo se agregaba un
escribano (casi siempre un tipo engreído, codicioso y mezquino cuyo
único mérito era saber leer y escribir), uno o dos frailes piadosos
encargados de evangelizar por las buenas o por las malas a todos los
nativos a quienes se iba a despojar de sus bienes, y una tripulación
valiente y experta que fuera capaz de llevar a esta pandilla al otro
lado de los mares ignotos e insondables, luchando con fieras marinas
descomunales, dragones horripilantes y tormentas apocalípticas, por las
regiones tenebrosas del miedo y la incertidumbre. Los que sobrevivían a
todos esos peligros, a las pestes y los naufragios, a los huracanes y al
Triángulo de las Bermudas, y lograban arribar a alguna isla remota del
Nuevo Mundo, entraban al mundo espeluznante de sus propios odios
homicidas, envidias corrosivas, codicias insaciables, apetitos
desmedidos, rencores amargos y furias desatadas por la oportunidad del
saqueo que los había de convertir en "señores".

A veces el grupo de salteadores tenía suerte y se les colaba un sujeto
de buena calaña que lograba dejar testimonio de la Conquista con una
obra literaria de valor, como fue el caso de Don Alonso de Ercilla y su
maravilloso poema La Araucana; o un santo varón, que resultaba defensor
de los Derechos Humanos, como lo fueron el Padre Montecinos y nuestro
gran amigo Fray Bartolomé de las Casas, cuya santidad se certifica por
el hecho de que el Vaticano se ha negado a beatificarlo.

Una vez armada la empresa, había que llegar a las tierras desconocidas,
"descubrirlas", saquearlas, reunir el dinero para pagar el préstamo
(porque los banqueros eran alemanes, pero cobraban con tanta puntualidad
como si fueran suecos), y repartir las ganancias.

Por eso, lo primero que hacían los señores Conquistadores cuando se
encontraban con un cacique indígena, era secuestrarlo y exigirle un
rescate en oro. Por supuesto, ellos decían que esto no era un secuestro
sino "una retención", y al indio le decían que estaba "retenido" y que
por favor no fuera a pensar que estaba secuestrado. Este cambio mágico
de palabras lograban hacerlo gracias a la ayuda de abogadillos
inmorales, leguleyos de mala clase y tinterillos de poca monta, que en
su país se habrían muerto de hambre si hubieran tenido que ejercer la
profesión de la Ley. Fue así como se originó la tradición de secuestrar
gente a diestra y siniestra y la costumbre de llamar "retenciones" a los
secuestros que hace uno, y "secuestros criminales" a los secuestros que
hacen los demás. Y la regla de oro de esta nueva concepción del Derecho
de Gentes, según se aplica hoy en un país de bárbaros de cuyo nombre no
quiero acordarme, puede expresarse así: "hazle una retención a tu
prójimo, antes de que él te haga un secuestro".

Una vez que el "retenido" pagaba el rescate lo asesinaban, porque les
parecía mucho trabajo y excesivo gasto dejarlo libre y consideraban que
no era ningún pecado faltar a la palabra empeñada con un rey indígena.
Aquí también recurrían a los servicios del tinterillo oficial de la
expedición, que con muchos artículos, párrafos, latinajos, parágrafos,
acápites, ítems, capítulos y cánones declaraba solemnemente que el indio
retenido era "enemigo de Dios y del pueblo" y que por tanto era justo
mocharle la cabeza. De aquí nació la tradición de justificar cualquier
asesinato con el argumento de que el muerto era malvado. A los señores
indígenas se les acusaba de ser "idólatras, homosexuales, caníbales y
drogadictos" y con esto quedaba santificado quemarlos estrangularlos,
robarles su mujeres, descuartizarles los hijos y despojarlos de sus
tierras y de sus haberes.

Probablemente la "retención" más famosa fue la que Francisco Pizarro, un
criminal analfabeto, le armó al Inca Atahualpa. Primero hizo que los
súbditos de Atahualpa llenaran una gran habitación con objetos de oro de
valor incalculable, bajo la promesa de que una vez pagado el rescate el
emperador "retenido" sería puesto en libertad. Una vez que tuvo el
tesoro en sus manos, Pizarro armó un proceso para juzgar a Atahualpa por
el delito de herejía y crímenes contra Dios, y lo hizo estrangular con
un aro de hierro. Este suplicio se llama tradicionalmente "pena de
garrote", y fue usado en España hasta hace muy poco tiempo. Por ejemplo
Francisco Franco, "Caudillo de España por la Gracia de Dios", lo aplicó
muy pocos días antes de irse al infierno, contra anarquistas y
comunistas.

En México fue "retenido" Cuauhtémoc, soberano de los aztecas. Lo
amarraron como si fuera un tamal y le pusieron los pies a asar en una
parrilla para que dijera dónde estaba el oro que buscaban. Al mismo
tiempo pusieron al fuego a varios servidores de Cuauhtémoc. Uno de ellos
no pudo aguantar el dolor y comenzó a quejarse. El rey azteca lo miró
con desprecio y le dijo: "Mi lecho no es de rosas", con lo cual el que
se quejaba se calló, avergonzado. Algunos historiadores hispanistas
invocan estas palabras, naturalmente, para probar que los soldados de
Hernán Cortés no tocaron a los indios ni con el pétalo de una rosa.
Dicen, además, que Hernán Cortés era un hombre letrado, culto,
inteligentísimo. Yo digo a vuestras mercedes que tres siglos y medio
después de haber conocido a Cortés tuve el honor de llevar en mi lomo a
un hombre pequeñito, de enormes ojos claros, que luchaba por la
independencia de su patria. Se llamaba José Martí y su palabra ardiente
todavía me zumba en las orejas y me trae consuelo al corazón. Yo le oí
decir: "La inteligencia sin virtud no es más que azote y crimen". Y esa
frase lapidaria, creo yo, pone en su sitio para siempre a los
conquistadores inteligentes como Cortés y a los leguleyos infames que
inventaron la argumentación jurídica de la Conquista.

Las "retenciones" eran cosa de todos los días. A un cacique le
"retuvieron" su hija y lo obligaron a entregarla en matrimonio a un
Conquistador, con lo cual éste quedó dueño de todo el oro de la tribu y
se apoderó de los pobres indígenas, que sucumbieron como esclavos, bajo
el látigo feroz del nuevo amo. A otro le "retuvieron" su hijo y le
obligaron a firmar una alianza militar para poder aniquilar a una tribu
guerrera que no se quería dejar robar. En el Darién "retuvieron" a una
viejita del pueblo Tule (cunas) y le dieron palo hasta que confesó dónde
estaba el cementerio con las tumbas de los antepasados, que luego
profanaron y destruyeron para quedarse con el oro. Así se fueron
haciendo ricos, y en la misma proporción en que llenaban de oro la
bolsa, iban llenando el alma de infamias y crímenes.

Más aún: a la hora de repartir las ganancias era muy útil reducir el
número de socios, para que le tocara más a cada accionista. Esto se
lograba con ayuda de intrigas, mentiras, rumores, calumnias, acusaciones
falsas, procesos fraguados y felonías de toda laya. Si estos métodos
pacíficos fallaban se recurría a cuchillos, espadas, pistolas, puñales,
venenos, emboscadas, asaltos nocturnos, confesiones obtenidas mediante
tortura, "retenciones" y otras técnicas apropiadas. Toda esa
parafernalia de muerte ha recibido el nombre de "la caja de herramientas
del Conquistador". Todavía hoy se emplea, y algunos doctores que conozco
han agregado a este instrumental el teléfono y el fax.

En resumen: los gloriosos paladines de la civilización se asesinaron los
unos a los otros, con pocas excepciones. El Padre Zamora, que fue
testigo de estas aberraciones como lo fui yo, resume de esta manera el
resultado de estas luchas:

"Funestas y ejemplares fueron las muertes que tuvieron los más
Conquistadores de esta América. Blasco Núñez de Balboa que descubrió el
Mar del Sur, murió degollado por sentencia de Pedro Arias de Ávila, su
Suegro. El Marqués D. Francisco Pizarro, y Diego de Almagro, con muertes
violentas; éste con garrote en una cárcel; y aquél a puñaladas, en su
casa. Hernando Pizarro, después de haber mandado ahorcar y degollar a
muchos de sus compañeros, le cortaron la cabeza, por su rebelión. Su
Maestre de Campo, Caravajal, cruelísimo y sangriento tirano, quien quitó
afrentosamente las vidas a muchos de los primeros Conquistadores, número
que llegó al de 340, murió en la horca."

Aquí debo anotar que los hermanos Pizarro se hicieron una guerra
traicionera los unos a los otros y contrataron sicarios para asesinarse
entre sí.

"Francisco Hernández Girón, que aconsejó a Don Sebastián de Belalcázar
que degollara al Mariscal Jorge Robledo, habiendo logrado su parecer,
tuvo la misma muerte, con pregón afrentoso. Belalcázar, que pasaba a
España, sentenciado a muerte, la tuvo de pesadumbre en Cartagena.
Rodrigo Bastidas murió de las puñaladas que le dieron sus soldados; que
pagaron en la horca éste, y otros delitos. García de Lerma murió sin
confesión, estando rodeado de Sacerdotes. A Ambrosio Alfinger mataron a
flechazos los indios Chitareros."

Y eso fue de suerte, porque los propios compinches de Alfinger ya
estaban a punto de coserlo a puñaladas cuando llegaron las flechas de
los chitareros y lo salvaron de esta traición.

"Nicolás de Federmán murió ahogado, y la misma muerte tuvo Don Pedro de
Heredia. A los dos hermanos Quesadas mató un rayo, estando jugando a los
naipes;"

Sí señor: iban encadenados, con grilletes en los pies, en un barco que
los llevaba a España, donde los iban a decapitar por asesinos y
ladrones. Pero cerca de las costas de Santa Marta, ¡suáz! vino un rayo y
les chamuscó el esqueleto.

"y en otro juego de cañas, cayó muerto de un cañazo el Capitán Gonzalo
García Zorro."

Los "juegos de cañas" eran los torneos de los Conquistadores. Como
querían copiar a los caballeros feudales, hacían torneos al estilo
medieval. Pero como no tenían lanzas apropiadas, usaban cañas de guadua
los más principales y simples cañas de maíz los más pobres. Pero eran
tan bestias, que en cada torneo resultaban tres o cuatro muertos.

"Alvaro de Hoyón murió en la horca en Popayán"

porque había traicionado y asesinado a su propio jefe, el capitán
Sebastián Quintero. Junto con el traidor fueron decapitados quince o
veinte de sus amigotes, todos muy facinerosos.

"...y Pedro de Añasco, atravesada una soga en las quijadas, con que lo
llevaba arrastrando de pueblo en pueblo la Cacica de Timaná".

Como vuestras mercedes recordarán, el tal Pedro de Añasco había
asesinado al papá, al marido y a los hermanos de la Señora Cacica, y por
eso ella se volvió una fiera sedienta de venganza.

"Sólo el famoso Hernán Cortés y nuestro Adelantado Don Gonzalo Jiménez
de Quesada murieron en cama con los Sacramentos; aunque señalado
Quesada, con la muerte de lepra, que se ha visto raras veces en estas
tierras".

Y con esto queda resumida al historia de estos ladrones. Eran cientos y
cientos, y se pueden contar con las herraduras de mis cascos lo que
murieron de muerte natural. Que Don Satanás los tenga en su Parrilla
Eterna. Amén.

La próxima vez les voy a contar cómo eran y qué hacían los Señores
Indígenas y sus distinguidas esposas y amados hijitos. Entretanto,
reciban vuestras mercedes mis mejores rebuznos de amistad y
consideración.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Dorothy
2005-08-13 13:56:10 UTC
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De donde ha sacado estas "memorias"? Hay tanta falacia en ellas que lo
único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas de la época donde
encontrará realmente buenas críticas por personas contrarias a la
regimentación de las conquistas.
Hay mentiras en su crónica. Y ya comprobadas. Además está el sentido común.

Dorothy
Post by Super User For Ever
II- Vida y muerte de los Conquistadores
(Donde se mencionan las altas virtudes, apacible carácter, mansedumbre
cristiana y amor al prójimo que los señores Conquistadores dejaron
olvidados en alguna parte, porque a América llegaron más o menos
desnudos de tales atributos)
Como prometí la vez pasada, voy a contar a vuestras mercedes cómo fue
que murieron los señores Conquistadores. Pero antes de hablar de sus
muertes valdría la pena hablar un poco de lo que hicieron en vida, y eso
se puede resumir en dos rebuznos, como sigue.
Los gloriosos Conquistadores eran, con algunas honrosas excepciones,
gentuza que había fracasado en su tierra, sea por lo que fuera: falta de
cerebro, mediocridad, exceso de rebeldía, mala crianza, poca educación,
torpeza en el arte de la intriga, mucha vulgaridad, timidez excesiva,
lengua demasiado suelta o simplemente ineptitud para el trabajo y los
negocios. Los que eran inteligentes tenían casi siempre problemas
temperamentales o sicológicos que los convertían en inadaptados o
resentidos, y como en esa época no existían los sicoanalistas, no les
quedaba más remedio que hacerse una terapia de viajes y aventuras. Los
demás, la inmensa mayoría, eran por lo general mal educados, burdos,
groseros, atrevidos, mentirosos, violentos, envidiosos y cabrones. Dicho
sea con respeto de las señoras y señoritas.
Habían firmado contratos con el Rey, quien les había dado "licencias" o
"patentes" o "títulos" de Descubridores y de Adelantados. De este modo,
no exento de frescura y desvergüenza, les había otorgado el "derecho" de
tomar posesión de tierras que ni siquiera se sabía si existían y la
"potestad" de decidir sobre la vida y la muerte de todas los seres
vivientes que encontraran en sus "empresas de descubrimiento". Yo
recuerdo que en aquel período de febriles preparativos, cuando nos
reuníamos en los establos, a altas horas de la noche, los burros y las
mulas nos cagábamos de la risa (siempre con respeto de las señoras y
señoritas) comentando los textos absurdos de estas licencias arrogantes
"Yo, el Rey (aquí seguían tres párrafos de títulos que eran un
inventario de todo lo que se había robado antes), digo que Fulanito de
Tal es mi Adelantado y como tal lo nombro para que en mi nombre descubra
y tome posesión de todo lo que encuentre hasta doscientas leguas al sur
de la isla de Santa Mengana, entre el Golfo de San Perencejo y la
Península de Santa Zutaneja".
Porque eso sí: a todas las tierras que se robaban les ponían nombres de
santos y de santas, con muchas misas y mucho humo de incienso para
disimular el mal olor.
Así pues, cuando un aventurero desesperado por el desempleo, el
analfabetismo y el hambre, o perseguido por los alguaciles que le iban a
cobrar las deudas, o acosado por los clientes a quienes había engañado
con sus malas artes de leguleyo, o en fin, marginado de la sociedad por
culpa de sus antecedentes con la justicia, llegaba al extremo de tener
que irse de su España querida, se conseguía con algún compadre una
recomendación y a punta de intrigas, mentiras y lagarterías le sacaba al
Rey una "licencia" de esas. Con ese papelito corría donde los señores
prestamistas o "banqueros" y se conseguía un préstamo de cinco mil o
diez mil ducados para armar la expedición (porque el Rey podía ser
hinchado como un pavo, pero no era imbécil: él ponía solamente la
autorización, pero la plata la tenía que poner el socio capitalista).
Una vez conseguido el dinero, a altas tasas de interés (los banqueros
eran por lo general alemanes, pero cobraban intereses como si fueran
suecos), el glorioso Adelantado reclutaba una partida de facinerosos
dispuestos a cualquier cosa con tal de trepar un poquito en la escala
social. A este grupo de asaltantes de horca y cuchillo se agregaba un
escribano (casi siempre un tipo engreído, codicioso y mezquino cuyo
único mérito era saber leer y escribir), uno o dos frailes piadosos
encargados de evangelizar por las buenas o por las malas a todos los
nativos a quienes se iba a despojar de sus bienes, y una tripulación
valiente y experta que fuera capaz de llevar a esta pandilla al otro
lado de los mares ignotos e insondables, luchando con fieras marinas
descomunales, dragones horripilantes y tormentas apocalípticas, por las
regiones tenebrosas del miedo y la incertidumbre. Los que sobrevivían a
todos esos peligros, a las pestes y los naufragios, a los huracanes y al
Triángulo de las Bermudas, y lograban arribar a alguna isla remota del
Nuevo Mundo, entraban al mundo espeluznante de sus propios odios
homicidas, envidias corrosivas, codicias insaciables, apetitos
desmedidos, rencores amargos y furias desatadas por la oportunidad del
saqueo que los había de convertir en "señores".
A veces el grupo de salteadores tenía suerte y se les colaba un sujeto
de buena calaña que lograba dejar testimonio de la Conquista con una
obra literaria de valor, como fue el caso de Don Alonso de Ercilla y su
maravilloso poema La Araucana; o un santo varón, que resultaba defensor
de los Derechos Humanos, como lo fueron el Padre Montecinos y nuestro
gran amigo Fray Bartolomé de las Casas, cuya santidad se certifica por
el hecho de que el Vaticano se ha negado a beatificarlo.
Una vez armada la empresa, había que llegar a las tierras desconocidas,
"descubrirlas", saquearlas, reunir el dinero para pagar el préstamo
(porque los banqueros eran alemanes, pero cobraban con tanta puntualidad
como si fueran suecos), y repartir las ganancias.
Por eso, lo primero que hacían los señores Conquistadores cuando se
encontraban con un cacique indígena, era secuestrarlo y exigirle un
rescate en oro. Por supuesto, ellos decían que esto no era un secuestro
sino "una retención", y al indio le decían que estaba "retenido" y que
por favor no fuera a pensar que estaba secuestrado. Este cambio mágico
de palabras lograban hacerlo gracias a la ayuda de abogadillos
inmorales, leguleyos de mala clase y tinterillos de poca monta, que en
su país se habrían muerto de hambre si hubieran tenido que ejercer la
profesión de la Ley. Fue así como se originó la tradición de secuestrar
gente a diestra y siniestra y la costumbre de llamar "retenciones" a los
secuestros que hace uno, y "secuestros criminales" a los secuestros que
hacen los demás. Y la regla de oro de esta nueva concepción del Derecho
de Gentes, según se aplica hoy en un país de bárbaros de cuyo nombre no
quiero acordarme, puede expresarse así: "hazle una retención a tu
prójimo, antes de que él te haga un secuestro".
Una vez que el "retenido" pagaba el rescate lo asesinaban, porque les
parecía mucho trabajo y excesivo gasto dejarlo libre y consideraban que
no era ningún pecado faltar a la palabra empeñada con un rey indígena.
Aquí también recurrían a los servicios del tinterillo oficial de la
expedición, que con muchos artículos, párrafos, latinajos, parágrafos,
acápites, ítems, capítulos y cánones declaraba solemnemente que el indio
retenido era "enemigo de Dios y del pueblo" y que por tanto era justo
mocharle la cabeza. De aquí nació la tradición de justificar cualquier
asesinato con el argumento de que el muerto era malvado. A los señores
indígenas se les acusaba de ser "idólatras, homosexuales, caníbales y
drogadictos" y con esto quedaba santificado quemarlos estrangularlos,
robarles su mujeres, descuartizarles los hijos y despojarlos de sus
tierras y de sus haberes.
Probablemente la "retención" más famosa fue la que Francisco Pizarro, un
criminal analfabeto, le armó al Inca Atahualpa. Primero hizo que los
súbditos de Atahualpa llenaran una gran habitación con objetos de oro de
valor incalculable, bajo la promesa de que una vez pagado el rescate el
emperador "retenido" sería puesto en libertad. Una vez que tuvo el
tesoro en sus manos, Pizarro armó un proceso para juzgar a Atahualpa por
el delito de herejía y crímenes contra Dios, y lo hizo estrangular con
un aro de hierro. Este suplicio se llama tradicionalmente "pena de
garrote", y fue usado en España hasta hace muy poco tiempo. Por ejemplo
Francisco Franco, "Caudillo de España por la Gracia de Dios", lo aplicó
muy pocos días antes de irse al infierno, contra anarquistas y
comunistas.
En México fue "retenido" Cuauhtémoc, soberano de los aztecas. Lo
amarraron como si fuera un tamal y le pusieron los pies a asar en una
parrilla para que dijera dónde estaba el oro que buscaban. Al mismo
tiempo pusieron al fuego a varios servidores de Cuauhtémoc. Uno de ellos
no pudo aguantar el dolor y comenzó a quejarse. El rey azteca lo miró
con desprecio y le dijo: "Mi lecho no es de rosas", con lo cual el que
se quejaba se calló, avergonzado. Algunos historiadores hispanistas
invocan estas palabras, naturalmente, para probar que los soldados de
Hernán Cortés no tocaron a los indios ni con el pétalo de una rosa.
Dicen, además, que Hernán Cortés era un hombre letrado, culto,
inteligentísimo. Yo digo a vuestras mercedes que tres siglos y medio
después de haber conocido a Cortés tuve el honor de llevar en mi lomo a
un hombre pequeñito, de enormes ojos claros, que luchaba por la
independencia de su patria. Se llamaba José Martí y su palabra ardiente
todavía me zumba en las orejas y me trae consuelo al corazón. Yo le oí
decir: "La inteligencia sin virtud no es más que azote y crimen". Y esa
frase lapidaria, creo yo, pone en su sitio para siempre a los
conquistadores inteligentes como Cortés y a los leguleyos infames que
inventaron la argumentación jurídica de la Conquista.
Las "retenciones" eran cosa de todos los días. A un cacique le
"retuvieron" su hija y lo obligaron a entregarla en matrimonio a un
Conquistador, con lo cual éste quedó dueño de todo el oro de la tribu y
se apoderó de los pobres indígenas, que sucumbieron como esclavos, bajo
el látigo feroz del nuevo amo. A otro le "retuvieron" su hijo y le
obligaron a firmar una alianza militar para poder aniquilar a una tribu
guerrera que no se quería dejar robar. En el Darién "retuvieron" a una
viejita del pueblo Tule (cunas) y le dieron palo hasta que confesó dónde
estaba el cementerio con las tumbas de los antepasados, que luego
profanaron y destruyeron para quedarse con el oro. Así se fueron
haciendo ricos, y en la misma proporción en que llenaban de oro la
bolsa, iban llenando el alma de infamias y crímenes.
Más aún: a la hora de repartir las ganancias era muy útil reducir el
número de socios, para que le tocara más a cada accionista. Esto se
lograba con ayuda de intrigas, mentiras, rumores, calumnias, acusaciones
falsas, procesos fraguados y felonías de toda laya. Si estos métodos
pacíficos fallaban se recurría a cuchillos, espadas, pistolas, puñales,
venenos, emboscadas, asaltos nocturnos, confesiones obtenidas mediante
tortura, "retenciones" y otras técnicas apropiadas. Toda esa
parafernalia de muerte ha recibido el nombre de "la caja de herramientas
del Conquistador". Todavía hoy se emplea, y algunos doctores que conozco
han agregado a este instrumental el teléfono y el fax.
En resumen: los gloriosos paladines de la civilización se asesinaron los
unos a los otros, con pocas excepciones. El Padre Zamora, que fue
testigo de estas aberraciones como lo fui yo, resume de esta manera el
"Funestas y ejemplares fueron las muertes que tuvieron los más
Conquistadores de esta América. Blasco Núñez de Balboa que descubrió el
Mar del Sur, murió degollado por sentencia de Pedro Arias de Ávila, su
Suegro. El Marqués D. Francisco Pizarro, y Diego de Almagro, con muertes
violentas; éste con garrote en una cárcel; y aquél a puñaladas, en su
casa. Hernando Pizarro, después de haber mandado ahorcar y degollar a
muchos de sus compañeros, le cortaron la cabeza, por su rebelión. Su
Maestre de Campo, Caravajal, cruelísimo y sangriento tirano, quien quitó
afrentosamente las vidas a muchos de los primeros Conquistadores, número
que llegó al de 340, murió en la horca."
Aquí debo anotar que los hermanos Pizarro se hicieron una guerra
traicionera los unos a los otros y contrataron sicarios para asesinarse
entre sí.
"Francisco Hernández Girón, que aconsejó a Don Sebastián de Belalcázar
que degollara al Mariscal Jorge Robledo, habiendo logrado su parecer,
tuvo la misma muerte, con pregón afrentoso. Belalcázar, que pasaba a
España, sentenciado a muerte, la tuvo de pesadumbre en Cartagena.
Rodrigo Bastidas murió de las puñaladas que le dieron sus soldados; que
pagaron en la horca éste, y otros delitos. García de Lerma murió sin
confesión, estando rodeado de Sacerdotes. A Ambrosio Alfinger mataron a
flechazos los indios Chitareros."
Y eso fue de suerte, porque los propios compinches de Alfinger ya
estaban a punto de coserlo a puñaladas cuando llegaron las flechas de
los chitareros y lo salvaron de esta traición.
"Nicolás de Federmán murió ahogado, y la misma muerte tuvo Don Pedro de
Heredia. A los dos hermanos Quesadas mató un rayo, estando jugando a los
naipes;"
Sí señor: iban encadenados, con grilletes en los pies, en un barco que
los llevaba a España, donde los iban a decapitar por asesinos y
ladrones. Pero cerca de las costas de Santa Marta, ¡suáz! vino un rayo y
les chamuscó el esqueleto.
"y en otro juego de cañas, cayó muerto de un cañazo el Capitán Gonzalo
García Zorro."
Los "juegos de cañas" eran los torneos de los Conquistadores. Como
querían copiar a los caballeros feudales, hacían torneos al estilo
medieval. Pero como no tenían lanzas apropiadas, usaban cañas de guadua
los más principales y simples cañas de maíz los más pobres. Pero eran
tan bestias, que en cada torneo resultaban tres o cuatro muertos.
"Alvaro de Hoyón murió en la horca en Popayán"
porque había traicionado y asesinado a su propio jefe, el capitán
Sebastián Quintero. Junto con el traidor fueron decapitados quince o
veinte de sus amigotes, todos muy facinerosos.
"...y Pedro de Añasco, atravesada una soga en las quijadas, con que lo
llevaba arrastrando de pueblo en pueblo la Cacica de Timaná".
Como vuestras mercedes recordarán, el tal Pedro de Añasco había
asesinado al papá, al marido y a los hermanos de la Señora Cacica, y por
eso ella se volvió una fiera sedienta de venganza.
"Sólo el famoso Hernán Cortés y nuestro Adelantado Don Gonzalo Jiménez
de Quesada murieron en cama con los Sacramentos; aunque señalado
Quesada, con la muerte de lepra, que se ha visto raras veces en estas
tierras".
Y con esto queda resumida al historia de estos ladrones. Eran cientos y
cientos, y se pueden contar con las herraduras de mis cascos lo que
murieron de muerte natural. Que Don Satanás los tenga en su Parrilla
Eterna. Amén.
La próxima vez les voy a contar cómo eran y qué hacían los Señores
Indígenas y sus distinguidas esposas y amados hijitos. Entretanto,
reciban vuestras mercedes mis mejores rebuznos de amistad y
consideración.
Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Super User For Ever
2005-08-15 16:32:19 UTC
Permalink
Post by Dorothy
De donde ha sacado estas "memorias"?
de un congenere suyo, solo que mas inteligente....
Post by Dorothy
Hay tanta falacia en ellas que lo
único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas de la época
donde?.... repitamelo....
Post by Dorothy
a las crónicas de la época
ah, a "las cronicas de la epoca".... y quien als escribio, si
se puede saber?.... Pues "cronicas indigenas" de la epoca no
tenemos, si hasta el inconmensurablemente valioso calendario
maya (entre otras cosas) fue quemado por los "santos padres"
en su ignorancia, fanatismo religioso y complejos de inferioridad
ante la superior cultura:

"Leider sind durch spanische Conquistadoren und besonders den
Missionseifer der katholischen Kirche unersetzliche Zeugnisse der
amerikanischen Kultur zerstört worden. Alle greifbaren Codices der Maya
wurden systematisch verbrannt, hauptsächlich während der Amtszeit des
Bischofs Diego de Landa (1558-1579), so dass sich die Forschung meist
auf archäologische Funde stützen muss."

http://www.ortelius.de/kalender/maya_de.php

"Lamentablemente fueron destruidos por los conquistadores españoles
y sobre todo por los zelotas de la iglesia catolica irreemplazables
Testimonios de la cultura americana. Todos los accesibles codigos
de los mayas fueron sistematicamente destruidos, sobre todo durante
el periodo de servicio del obispo Diego de Landa (1558-1579), de
manera que le investigacion generalmente se tiene que apoyar en
hallazgos arqueologicos."
Post by Dorothy
donde
encontrará realmente buenas críticas por personas contrarias a la
regimentación de las conquistas.
y porque no las trae ud., en vez de decir que esas "realmente"
"buenas criticas" "existen"?....

Esa es la forma mas tonta de querer desvirtuar un documento,
que aunque en forma jocosa (que su "inteligencia" y fanatismo
no le permitio ni siquiera notar), trae por lo menos 30
nombres y hechos sobre los "conquistadores", que ud. no es
Post by Dorothy
lo único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas
de la época donde encontrará realmente buenas críticas por
personas contrarias a la regimentación de las conquistas.
Hay mentiras en su crónica. Y ya comprobadas.
Exactamente, tiene "razon": "lo UNICO" que puede hacer es
decior que "todo" es "falso" y que por otro lado estan las
"verdaderas" "cronicas".... Porque no las trae, o dice donde
estan esas cronicas?....

La ceguera ideologica, producto del fanatismo, es una cosa
incurable, sobre todo, cuando no se quiere aceptar la realidad.
Entonces esta sencillamente se inventa a la propia "imagen
y semejanza", en ello fieles al "dios" "catolico", que creo
a sus criaturas sadistas a su propia imagen y semejanza....
Post by Dorothy
Además está el sentido común.
Exactamente.... lo que ud. no tiene.

TODO CLARO DOTY?....
Post by Dorothy
Dorothy
Dorothy
2005-08-15 18:09:31 UTC
Permalink
Oiga, Ud. quiñén es? Un defensor de los indígenas muertos por los
conquistadores?
Esos que hace un tiempo largo están gritando contra los conquistadores
españoles que les quitaron las tierras que no supieron defender sus
ancestros?
A mi no me meta en ese baile porque no me interesa. Mis ancestros casi
diiría que "acaban de llegar".

Adío, superuser.
D.
Post by Super User For Ever
Post by Dorothy
De donde ha sacado estas "memorias"?
de un congenere suyo, solo que mas inteligente....
Post by Dorothy
Hay tanta falacia en ellas que lo
único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas de la época
donde?.... repitamelo....
Post by Dorothy
a las crónicas de la época
ah, a "las cronicas de la epoca".... y quien als escribio, si
se puede saber?.... Pues "cronicas indigenas" de la epoca no
tenemos, si hasta el inconmensurablemente valioso calendario
maya (entre otras cosas) fue quemado por los "santos padres"
en su ignorancia, fanatismo religioso y complejos de inferioridad
"Leider sind durch spanische Conquistadoren und besonders den
Missionseifer der katholischen Kirche unersetzliche Zeugnisse der
amerikanischen Kultur zerstört worden. Alle greifbaren Codices der Maya
wurden systematisch verbrannt, hauptsächlich während der Amtszeit des
Bischofs Diego de Landa (1558-1579), so dass sich die Forschung meist
auf archäologische Funde stützen muss."
http://www.ortelius.de/kalender/maya_de.php
"Lamentablemente fueron destruidos por los conquistadores españoles
y sobre todo por los zelotas de la iglesia catolica irreemplazables
Testimonios de la cultura americana. Todos los accesibles codigos
de los mayas fueron sistematicamente destruidos, sobre todo durante
el periodo de servicio del obispo Diego de Landa (1558-1579), de
manera que le investigacion generalmente se tiene que apoyar en
hallazgos arqueologicos."
Post by Dorothy
donde
encontrará realmente buenas críticas por personas contrarias a la
regimentación de las conquistas.
y porque no las trae ud., en vez de decir que esas "realmente"
"buenas criticas" "existen"?....
Esa es la forma mas tonta de querer desvirtuar un documento,
que aunque en forma jocosa (que su "inteligencia" y fanatismo
no le permitio ni siquiera notar), trae por lo menos 30
nombres y hechos sobre los "conquistadores", que ud. no es
Post by Dorothy
lo único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas
de la época donde encontrará realmente buenas críticas por
personas contrarias a la regimentación de las conquistas.
Hay mentiras en su crónica. Y ya comprobadas.
Exactamente, tiene "razon": "lo UNICO" que puede hacer es
decior que "todo" es "falso" y que por otro lado estan las
"verdaderas" "cronicas".... Porque no las trae, o dice donde
estan esas cronicas?....
La ceguera ideologica, producto del fanatismo, es una cosa
incurable, sobre todo, cuando no se quiere aceptar la realidad.
Entonces esta sencillamente se inventa a la propia "imagen
y semejanza", en ello fieles al "dios" "catolico", que creo
a sus criaturas sadistas a su propia imagen y semejanza....
Post by Dorothy
Además está el sentido común.
Exactamente.... lo que ud. no tiene.
TODO CLARO DOTY?....
Post by Dorothy
Dorothy
Super User For Ever
2005-08-15 19:03:29 UTC
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Post by Dorothy
Oiga, Ud. quiñén es?
Esta "pregunta" hay que dejarla derretirse en el sol como
un pedazo de chocolate....

En vez de responder y traer los supuestos "documentos"
"verdaderos", con lo cual sus afirmaciones serian
Post by Dorothy
Oiga, Ud. quiñén es?
Pero no se queda ahi. Para demostrarnos lo que ya yo sabia,
Post by Dorothy
Un defensor de los indígenas muertos por los
conquistadores?
Y si lo fuera, que?.... Es algo malo defender, aunque sea
siglos mas tarde a los ASESINADOS por una canallada salvaje
en nombre del "cristo del amor", con la unica intencion de
hacerse ricos y sus "reinos" financiar en Europa las guerras
contra otras sectas "cristianas" porque cada una tenia la
"unica y verdadera verdad" en las garras, anticipando las
devastaciones de la primera y la segunda guerra "mundial"?....

Ya solo la froma de rebuznar, perdon "argumentar", muestra
suficientemente claro de que primitiva ezquina ideologica
viene su "indignacion" porque se tuvo que enfrentar a los
hechos rebuznados por un paisano suyo.
Post by Dorothy
Esos que hace un tiempo largo están gritando contra los conquistadores
españoles que les quitaron las tierras que no supieron defender sus
ancestros?
Vuelve y se pone al descubierto, aparte de lo estupido del
"comentario", pues - y como desde el principio para cualquier
persona modestamente inteligente estaba claro - lo que ud.
pretende es "justificar" la injusticia, el robo, la violencia,
el asesinato, la usurpacion y la delincuencia, aparte de la
imposicion a fuego e hierro de una mitologia no mejor a la
que los indigenas, con aquello de que "no supieron defender
sus ancestros" (observese como esta delincuente trata de
difamarme llamandome "indio", sin saber nada de mi, pero
"considerando" que el ser indigena es algo "denigrante"),
pues si fuera por eso, lo mismo valdria para todos los
habitantes de america que se han dejado subyugar por los
usanos del norte, y por ej. tambien de los alemanes, que
no supieron "defender" sus mujeres de los varios millones
de violaciones en masa en pocas semanas por parte de los
rusos al final de la segunda guerra mundia, valdria tambien
para los irakies, que tampoco "supieron defender" su pais
del invasor yanqui, y valdria tambien para los grenadinos,
que tampoco "supieron defender" su islita del invasor yanqui....

Con esa "teoria", de que el poderoso justifica su abuso
sencillamente con su poder que tiene, se descalifica ud.
misma como burra, quiero decir como miembra honorifica
del genero humano, ya que como burra ya fracaso.
Post by Dorothy
A mi no me meta en ese baile porque no me interesa.
A ud. nadie la ha metido en nigun "baile". Ud. se metio,
porque le dolio leer la verdad y dijo que ese "baile" "no
servia" y que ud. sabia donde estaba "el buen baile". A
la sencilla pregunta de donde estaba ese "buen baile" lo
que hace es hacerse la indignada y decir que a "indios"
no se les permite participar de ese baile, "porque" no
supieron organizar bien el suyo y "defenderlo" de los
que los desbarataron para hacer uno mucho mas malo.

Asi de bruta e incapacitada mental es ud.
Post by Dorothy
Mis ancestros casi diiría que "acaban de llegar".
Exactamente: ESO es lo que queriamos demostrar. La ignorancia,
el salvajismo y el primitivismo parece ser genetico....
Post by Dorothy
Adío, superuser.
Ojala y sea verdad, porque ya por aqui hay suficientes de su
calaña....

TODO CLARO.... "Doty"?....
Post by Dorothy
D.
Post by Super User For Ever
Post by Dorothy
De donde ha sacado estas "memorias"?
de un congenere suyo, solo que mas inteligente....
Post by Dorothy
Hay tanta falacia en ellas que lo
único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas de la época
donde?.... repitamelo....
Post by Dorothy
a las crónicas de la época
ah, a "las cronicas de la epoca".... y quien als escribio, si
se puede saber?.... Pues "cronicas indigenas" de la epoca no
tenemos, si hasta el inconmensurablemente valioso calendario
maya (entre otras cosas) fue quemado por los "santos padres"
en su ignorancia, fanatismo religioso y complejos de inferioridad
"Leider sind durch spanische Conquistadoren und besonders den
Missionseifer der katholischen Kirche unersetzliche Zeugnisse der
amerikanischen Kultur zerstört worden. Alle greifbaren Codices der Maya
wurden systematisch verbrannt, hauptsächlich während der Amtszeit des
Bischofs Diego de Landa (1558-1579), so dass sich die Forschung meist
auf archäologische Funde stützen muss."
http://www.ortelius.de/kalender/maya_de.php
"Lamentablemente fueron destruidos por los conquistadores españoles
y sobre todo por los zelotas de la iglesia catolica irreemplazables
Testimonios de la cultura americana. Todos los accesibles codigos
de los mayas fueron sistematicamente destruidos, sobre todo durante
el periodo de servicio del obispo Diego de Landa (1558-1579), de
manera que le investigacion generalmente se tiene que apoyar en
hallazgos arqueologicos."
Post by Dorothy
donde
encontrará realmente buenas críticas por personas contrarias a la
regimentación de las conquistas.
y porque no las trae ud., en vez de decir que esas "realmente"
"buenas criticas" "existen"?....
Esa es la forma mas tonta de querer desvirtuar un documento,
que aunque en forma jocosa (que su "inteligencia" y fanatismo
no le permitio ni siquiera notar), trae por lo menos 30
nombres y hechos sobre los "conquistadores", que ud. no es
Post by Dorothy
lo único que puedo recomendarle es que vaya a las crónicas
de la época donde encontrará realmente buenas críticas por
personas contrarias a la regimentación de las conquistas.
Hay mentiras en su crónica. Y ya comprobadas.
Exactamente, tiene "razon": "lo UNICO" que puede hacer es
decior que "todo" es "falso" y que por otro lado estan las
"verdaderas" "cronicas".... Porque no las trae, o dice donde
estan esas cronicas?....
La ceguera ideologica, producto del fanatismo, es una cosa
incurable, sobre todo, cuando no se quiere aceptar la realidad.
Entonces esta sencillamente se inventa a la propia "imagen
y semejanza", en ello fieles al "dios" "catolico", que creo
a sus criaturas sadistas a su propia imagen y semejanza....
Post by Dorothy
Además está el sentido común.
Exactamente.... lo que ud. no tiene.
TODO CLARO DOTY?....
Post by Dorothy
Dorothy
Super User For Ever
2005-08-15 16:57:44 UTC
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Memorias de un burro II.
pm wrote: (mucha mierda no necesaria de ANALisis)
Memorias de un burro

III- Luces y sombras de los señores indígenas
(Donde se describen las características específicamente humanas de los
señores indígenas, sus amadas esposas y sus encantadores hijitos, para
mayor satisfacción y autocomplacencia de los señores burros)


Ya sé lo que vuestras mercedes se han imaginado: "Este burro idiota se
va a venir ahora con el cuento de que los indios eran unos angelitos
inocentes. La vez pasada nos rebuznó una cantidad de horrores sobre los
heroicos conquistadores y ahora nos va a rezar la letanía sobre la santa
inocencia de los pobrecitos indígenas. Burro imbécil."

Me da mucho gusto dejar a vuestras mercedes con un palmo de narices. A
ningún burro se le ocurriría la insensatez de sostener que hay humanos
santos e inocentes. Los burros sabemos mejor que nadie cómo es el alma
de la variedad de gorilas que se autodenomina "humanidad". Los burros
fuimos testigos del primer asesinato de la historia humana, cuando Caín
mató a su hermanito Abel. Y es del caso recordar que lo mató con la
mandíbula del santo burro Rebuznel, al cual había matado previamente
para usar sus huesos como arma homicida. Los burros sabemos que vuestras
mercedes son toditos, sin excepción, descendientes de Caín, porque Abel
murió soltero y virgen. Los burros hemos sido apaleados, maltratados,
despreciados, calumniados, explotados sin misericordia y oprimidos
implacablemente por los seres humanos de todas las razas y culturas,
porque vuestras mercedes llevan en el alma esa característica,
específicamente humana, de despreciar y calumniar al pobre trabajador.
Si lo hacen con los propios hermanos de su especie, locura sería que no
lo hicieran con los animalitos inocentes. Aunque, en honor a la
justicia, hay que mencionar aquí la excepción de la regla, y es mi buen
amigo Francisco de Asís, hombre sencillo y bueno que siempre me llamaba,
como debe ser, con el título que merezco: "Señor hermano burro".

Los gorilas humanos han tenido en la historia dos clases de sociedades:

Lo que vuestras mercedes ahora llaman "sociedades primitivas", y que
nosotros los animales llamamos sociedades naturales. La característica
fundamental de estas colectividades consiste en que tanto los individuos
como el grupo producen estrictamente lo que van a consumir durante su
ciclo natural. No hay acumulación ni excedentes. No hay "economía de
mercado" ni tampoco "mercado de trabajo". La naturaleza tiene tiempo de
reparar las heridas que le produce el grupo social, y nuevas
generaciones pueden venir a continuar el ciclo de la vida.

La otra clase es lo que vuestras mercedes llaman "sociedades
civilizadas", y que nosotros los animales llamamos sociedades corruptas.
Su característica fundamental es que tanto los individuos como el grupo
social persiguen objetivos inventados por ellos mismos, a los cuales les
dan la primera prioridad: riqueza, poder, fama, gloria, grandeza,
honores, premios, status, jerarquía, superioridad, y otras idioteces por
el estilo. Para conseguir todo eso hay que producir mucho más de lo que
se puede consumir, a un ritmo mucho mayor de lo que la naturaleza puede
soportar. Hay que destruir el valle, el río, el aire, el bosque. Hay que
hacer la guerra y quitarle a todos los demás lo que la naturaleza les ha
dado. Hay que esclavizar a los animales y a los otros semejantes. Hay
que dividir la propia especie en razas superiores y razas inferiores.
Hay que inventar la filosofía, para justificar lo que sea, y para
esconder las respuestas sencillas y evidentes detrás de preguntas
complicadas. En suma, hay que volverse humano.

Los indígenas americanos tenían exactamente los mismos problemas que el
resto de la humanidad. Entre esos pueblos había sociedades naturales, en
los bosques y las selvas, en las bellas islas del Caribe, gentes que
vivían en la santidad inocente de quienes carecen de ambiciones
desmedidas. Vivían su día, su año y su semana, en armonía con la
naturaleza y sin pretender más derechos que el pez, el pájaro o la
serpiente. Pero también había sociedades corruptas, enormes,
masificadas, con reyes imponentes y crueles, con guerreros sanguinarios
y explotadores infames. Esas sociedades eran máquinas de triturar
trabajadores, fastuosas pirámides humanas en cuyas cúspides gozaba una
reducida élite de parásitos los frutos del trabajo de una inmensa masa
de miserables despreciados y empequeñecidos por el hambre y la
humillación. Vuestras mercedes han llamado a esas sociedades "las
grandes civilizaciones americanas", y les han dedicado los mejores
libros de historia, la más sincera admiración y una abierta simpatía.
Por algo será.

En los primeros diez años de la conquista desapareció por completo la
población indígena inocente, natural, de las Antillas. Sólo
sobrevivieron las tribus feroces, los grupos más "civilizados", es decir
los que sabían hacer la guerra, explotar el trabajo ajeno y comerse a
los miembros de su propia especie. Por algo será.

Los señores aztecas hacían sacrificios humanos en masa. Habían ocupado
el Valle Central de México, uno de los paraísos más bellos del planeta,
con agua, frutos y animales en cantidad suficiente para dar de comer a
media humanidad. Allí, por las favorables condiciones de supervivencia,
se había multiplicado la vida en todas sus formas. Los señores aztecas
organizaron su capital en el centro del lago Texcoco, para quedar fuera
del alcance de sus víctimas y enemigos, y se dedicaron a la "Guerra
Florida", que consistía en expediciones militares para capturar millares
de prisioneros que serían sacrificados a los dioses horrendos del
Imperio. Los sacerdotes cubrían su cuerpo con el pellejo de las
víctimas. La medicina alcanzó cumbres gloriosas de virtuosismo en el
campo de la disección anatómica. Al pobre infeliz que le tocaba morir
para mayor honra de los aztecas, le arrancaban el corazón y se lo
sacaban a través de una incisión que apenas daba cabida a los dedos del
cirujano. Muy admirable.

Vuestras mercedes no deben horrorizarse demasiado con estas cosas. Los
sacrificios humanos son hoy más frecuentes que en la época de los
aztecas y los rituales son más horribles: bombardeos, decapitaciones
masivas, minas que les arrancan las piernas a los niños, etcétera. Por
lo menos a los aztecas se les puede comprender un poquito, porque ellos
estaban convencidos de que el universo estaba llegando a su fin y se
necesitaba aplacar a los dioses para garantizar el advenimiento de un
nuevo universo, más justo y más humano. En cambio ahora, lo que vuestras
mercedes hacen en Ruanda, en Bosnia, en Chechenia, en Afganistán y en
Colombia, es con el propósito explícito y confeso de aniquilar al
"otro", es decir, de quitarle al prójimo toda posibilidad de gozar
cualquier universo: el viejo y el que pueda venir después de tantas
infamias. ¿No les da un poquito de vergüenza?

Antes que los aztecas, los mayas habían hecho primores parecidos de
civilización. Sus culturas (que fueron varias) desaparecieron porque se
destrozaron las unas a las otras en la más imbécil de todas las
invenciones humanas: la guerra.

En las costas del Perú, la naturaleza había creado otro paraíso. La
corriente de Humboldt produce ahí un sistema ecológico que permite la
más fabulosa proliferación de la vida marina, prácticamente al alcance
de la mano. Durante milenios ha habido allí abundante pesca, pájaros en
cantidades paradisíacas, y un clima que permite vivir prácticamente
desnudo, porque los fríos no son rigurosos y no llueve casi nunca. Esto
generó las condiciones para que una gran cantidad de culturas humanas se
asentaran allí, y a punta de incesantes masacres, guerras, cacería de
esclavos, sacrificios y otros horrores, destrozaran en unos cuantos
siglos su propio basamento ecológico. Cuando los incas llegaron, en son
de conquista, a fines del siglo 14, la mayoría de esas culturas
languidecía en la decadencia, el hambre y las enfermedades.

Los incas trataron de conciliar el orden de la "civilización" con el de
la naturaleza. Basaron su producción en la planificación colectiva del
trabajo, eliminaron casi totalmente la esclavitud, levantaron dioses
naturales, como la Madre Tierra o Pacha Mama, generosa y tierna, o como
la energía creadora de todo el universo, el Pacha Cámac. Pero su
sociedad tenía una élite privilegiada, sus gobernantes eran hereditarios
y se aseguraban la exclusividad dinástica casándose como los faraones de
Egipto, hermano con hermana. Eran por eso, con frecuencia, degenerados y
enfermos, locos místicos como Pacha Kútek ("El que transforma todo"), o
hemofílicos como Yáwar Wájac ("El que llora sangre"). Eran, sobre todo,
arrogantes, imperiales, opresores de otros pueblos a los que pretendían
"civilizar" por la fuerza.

Fueron esas "grandes civilizaciones", precisamente, las que abrieron las
puertas a los conquistadores que llegaban desde el otro lado del océano,
a robar y matar. Los aztecas habían conseguido que todos sus vecinos se
levantaran contra ellos, desesperados por la horrible opresión imperial.
Hernán Cortés consiguió así una enorme cantidad de aliados indígenas,
con los que pudo despedazar a los aztecas y apoderarse de su capital.

Los Incas estaban en guerra civil, y uno de los príncipes herederos,
señor del Cuzco, había hecho asesinar al otro, que reinaba en Quito,
para concentrar todo el imperio en sus manos. Francisco Pizarro y su
partida de bandoleros tuvieron así ayuda de muchos caciques y jefes que
querían luchar contra Atahualpa. Por eso fue posible que ciento
cincuenta soldados de Pizarro tomaran el Cuzco, una ciudad que tenía
medio millón de habitantes.

En lo que hoy es Colombia, la situación no era mejor: la "gran
civilización" de los chibchas era una sociedad sacudida por terribles
guerras civiles, traiciones e intrigas palaciegas. En los valles del
Cauca y del Magdalena proliferaban cientos de pueblos guerreros que
vivían asesinándose los unos a los otros. Algunos de ellos tenían
corrales donde encerraban a los prisioneros y los engordaban como cerdos
para luego comérselos bien saladitos con sal de Zipaquirá. Después de la
llegada de los conquistadores se civilizaron un poquito, y agregaron los
condimentos del Asia a sus recetas de cocina. Esa costumbre de comerse
los unos a los otros se ha trasladado, con los siglos, de la cocina al
salón de debates. Por eso en Colombia hoy no se hace debate político,
sino canibalismo político.

Por todas partes, en toda la extensión del continente, los invasores
europeos fueron asediados por miles de colaboradores voluntarios que les
querían ayudar a destruir a los caciques, reyezuelos y emperadores
nativos. A los señores hispanistas les gusta mucho hablar del heroísmo
de los conquistadores, que despedazaron ejércitos, sociedades e imperios
inmensamente superiores en número. Lamento mucho desengañarlos. El
mérito fundamental de la conquista pertenece a los indígenas americanos.
Fueron ellos los que destruyeron a sus propios opresores, sin darse
cuenta de que estaban ayudando a edificar un nuevo sistema de opresión.

Vuestras mercedes me dirán que todo esto que yo digo son rebuznos. ¿Y
qué querían, ladridos? ¿Maullidos? ¿Cacareos? ¿Cuándo han visto a un
burro decir otra cosa distinta que rebuznos? Vuestras mercedes me dirán
que los señores aztecas hicieron el calendario más exacto de la
historia, y que sus obras de arquitectura son maravillosas. Yo, como
burro que soy, les digo que gastarse el tiempo inventando un sistema
para medir el tiempo es una tontería, porque el tiempo es para vivirlo y
gozarlo mientras uno puede, y no para derrocharlo con mediciones
inútiles.

Vuestras mercedes me dirán que la medicina de los Incas era superior a
la de los españoles, porque los Incas hacían trepanaciones de cráneo
para curar las heridas de guerra. Yo les contesto que es estúpido hacer
la guerra, romperle la cabeza al prójimo y luego inventarse métodos para
arreglar la cabeza rota del prójimo. Los burros no necesitamos cirujanos
porque no hacemos la guerra contra otros animales y mucho menos la
hacemos contra nosotros mismos.

Dirán vuestras mercedes que el palacio del Inca, en el Cuzco, es una
obra admirable por el perfecto trabajo de la piedra, la exactitud de las
medidas, la armonía de las formas y la funcionalidad de los espacios.
Muy bien. Será admirable por todo eso. Pero no es admirable por el
sistema de jerarquías y discriminaciones sociales que consagra, con sus
aposentos estrechos para la servidumbre, sus recintos para las mujeres
dedicadas al servicio del Inca y otras alas del palacio que tienen una
estructura típica de cárcel. Las arquitecturas más maravillosas del
mundo valen cero si son construidas para oprimir a los demás.

En fin, dirán vuestras mercedes que mi historia es burrocéntrica y que
yo escribo desde una perspectiva que niega toda civilización humana. Por
lo menos, eso es lo que me ha dicho don Carlos Vidales, quien me presta
su ordenador por pura tolerancia, ya que él es fiel defensor de la
libertad de rebuzno. Yo digo a don Carlos y a vuestras mercedes que
sería tonto negar las civilizaciones humanas. Ellas existen, aunque no
nos gusten. Y ellas han creado, junto con tantas miserias y
sufrimientos, muchas cosas buenas, como por ejemplo la posibilidad de
comunicarse con otros. Yo tengo la esperanza de que, en el futuro, esta
comunicación haga innecesarias las guerras.

Pero hay que hacer algunas aclaraciones. Siempre que se habla con
humanos hay que estar haciendo aclaraciones. En primer lugar, no digo
que vuestras mercedes sean todos una partida de malvados. Digo que los
seres humanos tienen la particularidad de hacer tanto lo bueno como lo
malo, y que no es posible por eso, contar la historia de la humanidad
como una lucha entre "los buenos" y "los malos". Mi gran amigo Nicolás
Maquiavelo, con quien tuve oportunidad de discutir este punto de manera
extensa y prolija, estuvo de acuerdo conmigo en la siguiente
formulación: "No existe ningún ser humano que sea completamente malo, y
tampoco existe ningún ser humano que sea completamente bueno". Esto vale
para la conquista de América. No es que los indios fueran "buenos" y los
conquistadores fueran "malos". No. Lo que hace la conquista injusta es
que los indios estaban en su casa y los conquistadores eran intrusos que
venían a apoderarse de lo que no les pertenecía.

En segundo lugar, y en relación directa con lo anterior, hay que decir
que el hecho de que algunos pueblos fueran guerreros, masacradores y
caníbales no justifica que otros vinieran a conquistarlos y masacrarlos.
El hecho de que Atahualpa fuera un traidor, asesino de su propio
hermano, no justifica que Pizarro lo traicionara y asesinara. Un
asesinato es un asesinato, no importa cuán malvada sea la víctima.

En mi próxima nota les voy a rebuznar algo sobre los españoles que
llegaron después de los conquistadores. De ellos no habla mucho la
historia, tal vez porque se trataba de personas más humildes y decentes:
labradores, carpinteros, barberos, artesanos, peones, mineros,
cargadores, albañiles y herreros. Ellos fundaron la nueva sociedad, e
iniciaron el proceso del mestizaje que habría de producir una nueva
población americana. No les gustaba la guerra sino la paz y el trabajo,
y por eso los historiadores no se interesan por ellos. Pero a mí sí me
interesan, porque ellos eran trabajadores, colegas míos.

Tengan vuestras mercedes un día inocente y natural.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Super User For Ever
2005-08-16 16:35:44 UTC
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IV- Los mestizos, los criollos, los hidalgos
(Donde se describe, con todo el respeto que el caso amerita, la
mescolanza o mazamorra racial y cultural que dio origen a la actual
población americana)


Como vuestras mercedes recordarán, el primer capítulo de mis
reminiscencias trató sobre los señores burros de los conquistadores. El
segundo capítulo se refirió a los señores conquistadores. El tercero fue
dedicado a los señores indígenas. Y el cuarto, que es éste de ahora, va
a tratar de los señores colonos y sus distinguidas familias, del
mestizaje y de otras cositas más o menos sabrosas.

Pero antes de comenzar debo hacer una aclaración. Lo que yo digo aquí no
refleja necesariamente los puntos de vista de don Carlos Vidales. Lo
único que hace don Carlos es prestarme su ordenador y últimamente lo ha
hecho de muy mala gana, porque dice que yo le lleno de babas verdes la
pantalla de su máquina, que le he destruido el teclado con mis cascos y
que mi manía de morder el ratón mientras escribo es asquerosa y refleja
mi pésima educación. Dice además que cuando me río de mis propios
chistes a medida que los voy escribiendo, despierto a los vecinos con mi
rebuzno estrepitoso.

Es interesante constatar que don Carlos descubrió todos esos
inconvenientes en el mismo momento en que yo dije que los señores indios
de las márgenes del río Magdalena se comían a sus prisioneros. No quiero
ser indiscreto, pero yo he descubierto que algunos de los antepasados de
don Carlos eran panches, guanes y pijaos. Así que don Carlos está
enojadísimo conmigo, pero la razón verdadera no es su ordenador, sino
los gustos alimenticios de sus antepasados.

Nada de esto me apartará de la verdad. Yo, que vi morir a mi tío
Rebuznel a manos de Caín; que jugué a "patear el león" con los dos más
grandes príncipes de Babilonia, mis primos Burrodonosor y Asnorbanipal;
que hice carreras maratónicas alrededor de palacios y pirámides, a las
orillas del Nilo, junto con mi compadre Burromsés II; que contribuí al
progreso de la filosofía discutiendo con Asnóclito de Efeso y
Burrócrates de Atenas; que fui a las Galias en las inmortales campañas
de Burro César; que ayudé a construir la grandeza de Francia colaborando
con Pollino el Breve y Borrico Tercero; que combatí en Roncesvalles bajo
las órdenes de Asno Magno; que defendí a los pobres, luchando en las
filas de mi amigo Burrobin Hood; y que, para no hacer interminable este
burriculum, soy amigo de mi amigo el señor Asnar, jefe máximo de la
burrocracia española, no tengo por qué hacer concesiones cuando se trata
de la verdad histórica.

Queda hecha la aclaración. Y ahora vamos a entrar en materia.

Los señores historiadores suelen discutir mucho acerca del momento en
que terminó la conquista y comenzó la época colonial en las tierras
americanas sujetas a España. Pero, para mí, no hay discusión: en el año
de 1553 el señor don Carlos Quinto dictó una cédula real ordenando que a
partir de ese momento sólo podían viajar a América individuos que
llevaran su familia consigo. Por "familia" se entendía, en la
imaginación popular de esa época, el grupo formado por el marido, la
mujer, los hijos, el perro, el burro y un par de gallinas, por lo menos
(por razones de espacio no contamos aquí las pulgas y los piojos). La
idea de don Carlos Quinto consistía en poner fin al escándalo que habían
armado los conquistadores con esa manía de ir, robar, matar y saquear, y
luego volverse a la metrópoli a vivir como aristócratas.

El proyecto tuvo mucho éxito, por varias razones. En primer lugar, había
en España muchos pobres que no tenían acceso a la tierra, porque la
Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana había concentrado en
sus manos enormes extensiones de tierra. Los zánganos y parásitos que se
llamaban a sí mismos "Grandes de España" habían hecho lo mismo y medían
su maldita "Grandeza" por la extensión de tierra que poseían y
controlaban con avaricia infinita. En las ciudades, los pobres vivían
como ha sido descrito por mi amigo don Francisco de Quevedo y Villegas
en su "Vida del Buscón", o como está contado con tanta gracia y
compasión en el "Lazarillo de Tormes". De manera que había muchísima
gente para muy pocas oportunidades, y la cédula real de don Carlos
Quinto abría las puertas de un nuevo mundo para muchos españoles que
tenían todas las puertas cerradas en su propio país.

En segundo lugar, la vida urbana en España había sido violentamente
sacudida en 1521 por la inmensa rebelión de los Comuneros de Castilla.
Aunque don Carlos Quinto había logrado aplastar a los rebeldes a sangre
y fuego con un ejército de valones y flamencos, se vio obligado, durante
las tres décadas siguientes, a hacer infinidad de concesiones a la
democracia comunal española, a los municipios y ayuntamientos. Ahora
esos municipios exigían que se aliviara la presión demográfica que
pesaba sobre ellos a causa de la migración interna, procedente de las
áreas rurales.

Y en tercer lugar, la sociedad española tradicional había sufrido
cambios muy extraños desde el triunfo de la Reconquista y la expulsión
de moros y judíos. Los grandes jefes guerreros se habían jubilado,
convirtiéndose en cortesanos beatos y aburridos (debo anotar al margen
aquí, que el término "aburrido" no viene de "burro", y el que así lo
afirme es un calumniador infame). Los pobres más desesperados y audaces,
los criminales y los aventureros sin escrúpulos ya habían desaparecido,
porque se habían transformado en Conquistadores. Los notables de los
pueblos y villas, gente de "medio pelo" con ambiciones de grandeza,
vagaban de un lado a otro, haciendo alardes de nobleza, leyendo libros
de caballerías, soñando con grandezas imaginarias y aventuras
fantásticas, pero sin decidirse a cruzar el mar. Esos eran los
"Hidalgos", mentecatos que se creían mucho y no eran más que petulantes
mequetrefes que no servían para nada, aparte de la risa que provocaban.
Mi amigo don Miguel de Cervantes describió la vida de uno de ellos, pero
hay que decir que esos locos eran decenas de miles y constituían una de
las grandes plagas de España. Unos pocos de ellos se arriesgaron a
viajar a América y llegaron en calidad de leguleyos y escribanos, dando
origen a los modernos lagartos, cagatintas, charlatanes, mentecatos y
papanatas de toda laya. En cuanto a los soldados de profesión, estaban
ocupados por don Carlos Quinto en todas las ferocidades que se cometían
contra otros pueblos de Europa, con el pretexto de defender la fe
católica. La industria había sido destruida casi por completo, porque a
España le bastaba con usar el oro que sacaba de América para comprarle a
otros países y regiones los productos que necesitaba.

Para arreglar del todo la situación, la ley decía que si un ciudadano se
dedicaba a la industria, perdía de inmediato su carta de hidalguía y sus
títulos de nobleza. Así, mientras otros países consideraban el trabajo
como una virtud, la noble España le quitaba los honores y distinciones
al canalla que tuviera la osadía de hacer algo tan despreciable y sucio
como producir artículos para satisfacer las necesidades de la gente.
Esta ley estuvo vigente hasta 1783, cuando fue abolida por mi buen amigo
el rey Carlos III. Y no falta el historiador español que manifieste su
desprecio hacia don Carlos III endilgándole el epíteto de "rey burgués".

Como consecuencia de todo lo anterior, había muchas familias pobres
dispuestas a irse para siempre de España, con tal de que se les diera la
posibilidad de trabajar para vivir. Y aunque hubo una enorme presión
para obtener permisos de "pasar a América", como entonces se decía, bien
pronto hubo también obstáculos y trabas inventadas por los burócratas,
los cortesanos, los clérigos, los inquisidores, los alguaciles, los
tinterillos y toda esa ralea de pelafustanes que mi amigo Quevedo puso
en el infierno, con tanta justicia. Primero se estableció que los
candidatos tenían que ser "cristianos viejos", es decir, tenían que
probar que entre sus abuelos y tatarabuelos no había judíos o moros.
Después se señalaron otras pruebas y títulos de honradez, certificados
del cura local, testimonios de vecinos conocidos y otros filtros y
remilgos que nunca se tuvieron a la hora de escoger a los
Conquistadores. Pronto se formó un verdadero mercado negro de licencias
falsificadas, recomendaciones compradas con oro fino, favores
conseguidos a punta de mover compadres y parientes y de este modo, poco
a poco, comenzaron a embarcarse grupos de gente trabajadora, ruda y
sencilla, con una educación mínima pero con una gran voluntad de labrar
la tierra, levantar casas, fundar pueblos, criar animales, abrir
caminos, establecer comercios y sudar la gota gorda. En otras palabras,
los amigos, compadres, vecinos y parientes de Sancho Panza tuvieron por
fin la oportunidad de mostrar lo que vale el trabajo y el sentido común,
en tanto que los colegas de Don Quijote continuaron vagando por España,
de pueblo en pueblo, haciendo aspavientos sobre su propia importancia y
viviendo a costa del pueblo trabajador.

A pesar de las órdenes reales y de todo lo dicho, sin embargo,
continuaron llegando más hombres que mujeres. A veces ocurría que el
colono obtenía licencia para "pasar a América" solo, o con algún hijo o
sobrino, con la condición de reunir la familia una vez establecido en el
Nuevo Mundo. Era frecuente que la pobre mujer muriera joven, de mal
parto, peste, miedo u otra desgracia derivada de la violencia creada por
los conquistadores. También ocurría que la exigencia de que el colono
emigrara con toda la familia no se cumplía, porque en algún lugar se
necesitaban urgentemente labradores o carpinteros u otros artesanos para
cubrir necesidades de las nuevas poblaciones. Como resultado de todo
eso, treinta años después de iniciada la colonización, de cada 100
españoles solamente 10 eran mujeres. En Chile, en 1583, había 1.150
colonos españoles, de los cuales 50 eran mujeres y 1.100 eran hombres.
Cito cifras porque sé que vuestras mercedes confían más en los números
que en los razonamientos, pero como yo soy testigo presencial de estos
acontecimientos, digo que debería bastar con mi palabra de burro.

En esas condiciones, los hombres españoles tenían pocas alternativas a
la vista si querían conseguirse una mujer. Ya desde los primeros días de
la conquista, los señores Adelantados vieron que a veces convenía
casarse con una princesa indígena, para quedarse con toda la tribu, o
para conseguir aliados confiables en sus guerras de saqueo. Desde el
punto de vista de las señoritas nativas, resultaba de mucho prestigio y
"status" contraer nupcias con algún Conquistador, aunque en ocasiones el
Conquistador era de tan mala calaña, que la pobre india contraía náuseas
en vez de nupcias. Para los señores papitos de las señoritas aborígenes,
era buen negocio tener un yerno blanco, europeo y cristiano. Más tarde,
si la novia pertenecía a una comunidad indígena protegida por las Leyes
de Indias, es decir, con derecho a la posesión de sus tierras de
resguardo, o cabildo, o "pueblo de indios", entonces para el colono
blanco era excelente negocio casarse con la muchacha porque así tenía
acceso a tierras cultivables que de otro modo le estaban negadas.

Los señores historiadores luteranos, enemigos de España por convicción y
doctrina, tienen el hábito de contar todo esto de otra manera. Para
ellos, el mestizaje es un proceso de violaciones masivas,
ininterrumpidas y brutales. Pero una simple reflexión lógica desbarata
esas elucubraciones. En la conquista española de América hubo tantas
violaciones brutales como en cualquier otra conquista, simplemente
porque toda conquista es una violación. Pero en el curso de la
colonización hubo un proceso masivo de formación de familias, con todo
el ceremonial de rodeos, seducciones, negociaciones, intereses,
contratos de conveniencia y prestaciones sociales que corresponde a
estos fenómenos. Se puede comprender que los señores luteranos no
comprendan esto, porque la colonización luterana de América fue
principalmente un proceso de exterminio y no un proceso de mestizaje.
Allá, en general, cuando un blanco hacía uso de una india, no era para
formar familia con ella, sino simplemente para satisfacer su apetito
sexual y luego asesinarla.

Basta, en cambio, echar una ojeada a la historia de España para
comprender de inmediato que el pueblo español está perfectamente
acostumbrado a mezclarse de una manera intensa y profunda. En las
facciones, en los hábitos, en los gustos, en el idioma, en las maneras
de preparar las comidas, en la música, y hasta en sus cultos y
ceremoniales en torno a la vida y a la muerte, los españoles son un
batido de fenicios, cretenses, godos celtas, galos, romanos,
cartagineses, moros, judíos, bereberes y quién sabe cuántos pueblos más
que ya no existen sino en los champiñones al ajillo, la paella, el cante
jondo, el toreo, las gambas, la zarzuela y el cuplé. Son bien sabidos
los problemas feroces que tuvieron los señores Reyes Católicos cuando
les dió por expulsar a moros y judíos, para poder separar lo inseparable
y decidir cuáles españoles eran moros y cuáles eran judíos. Hace muy
poco, la nación española tuvo que pedirle perdón, públicamente, a los
descendientes de los judíos sefarditas, que hace cinco siglos fueron
echados del suelo español, como si fueran extranjeros, con la misma
desvergüenza con que ahora el gobierno sueco expulsa a niños nacidos en
Suecia y los envía a países que ellos no han visto jamás en la vida.

Todo esto no significa, en absoluto, que el mestizaje fuera un proceso
romántico, idílico y lleno de amor. No, como casi todo lo que hacen
vuestras mercedes, fue un proceso de convergencia de intereses
económicos, culturales y políticos. Fue una serie de acomodamientos
recíprocos, a veces muy brutales, marcado casi siempre por un racismo
abierto, que condujo a un reforzamiento del tradicional machismo
ibérico. El hombre, jefe del hogar, patriarca y señor absoluto de la
familia según la fórmula consagrada en el dogma católico de la época,
resultaba con mayor poder y arrogancia todavía, por el hecho de su
señora esposa era una "india", hija del pueblo sometido y representante
de la cultura conquistada. En el hogar tradicional español, la mujer
tenía la autoridad de controlar la educación de sus hijos y respondía
por la transferencia de los viejos valores y tradiciones a la nueva
generación. En muchos hogares mestizos americanos, la mujer perdió esas
atribuciones, sencillamente porque su condición de indígena la
inhabilitaba para cumplir con ellas.

En el matrimonio americano, el marido europeo centuplicó sus poder y su
autoridad sobre la esposa nativa y los cachorros mestizos. Y así,
corriendo el tiempo, la palabra "Padre" vino a significar "guía
espiritual", "amo absoluto", "legislador", "dictador arbitrario", "jefe
indiscutido", "señor de la vida y de la muerte". En la política y en la
vida social el líder audaz, el caudillo valiente y atrevido, el
dominador brutal, el conductor decidido, fue llamado "Padre" por las
multitudes mestizas abrumadas por la obediencia y la sensación de
inferioridad, y se le representaba con los atributos del Macho Supremo,
Creador de Machos, Progenitor de Pueblos, Inseminador Potente, Fundador
de Familias. Como quien dice, un burro.

Tres siglos después de iniciado este proceso, en la época de la
independencia, los caudillos "libertadores" que entraban a una ciudad
"libertada" recibían el obsequio de una o varias doncellas locales, a
las que tenían el gusto de desflorar para que se cumpliera el rito
sagrado de la virilidad patriótica.

Pero el patriarcalismo machista y el paternalismo político no fueron los
únicos frutos de la mezcla cultural y racial. Los primeros frutos
fueron, naturalmente, los niños y niñas mestizos, a los que mi querido
amigo mestizo don Huamán Poma de Ayala llamó con ternura "mesticillos y
mesticillas". ¡Ay qué bonitos eran! Tenían los ojitos negros y un poco
rasgados, como los chinos. De ahí nació la costumbre de llamar a los
críos de corta edad "los chinitos", como todavía se hace en Colombia y
otras regiones. Tenían los cachetes gordos, del color de la buena
tierra, las piernas bien torneadas y las barrigas templadas. Su piel era
suave como la luz de la luna y su pelo renegrido, brillante, lacio y
grueso. Tenían la voz profunda y melodiosa, con resonancias de Andalucía
y de los hondos valles andinos, y su risa era una cascada de metales. Yo
los cargué mil veces, en mi lomo, con gusto y alegría, cuando los
señores párrocos y curas doctrineros recorrían las veredas
recogiéndolos, por docenas, para llevarlos a los hospicios de huérfanos.
Porque han de saber vuestras mercedes que muchas veces el señor cura se
refocilaba con alguna beata indígena, recién convertida, y después era
cuestión de llevar el resultado al orfanato, con el cuento de que "me lo
encontré por ahí tirado, y lo traigo aquí para que el Rey Nuestro Señor
se encargue de su cuidado".

A esto hay que agregar que los señores colonos españoles, aun cuando
estaban casados, acostumbraban tener varias concubinas. Hacia 1570, en
Paraguay, se podía censar un promedio de 25 concubinas por cada español.
En esas condiciones no era raro que un solo colono blanco tuviera 20
hijos en dos o tres años. Bernal Díaz del Castillo, cronista de la
conquista de México, cuenta de un compañero suyo que fabricó 50 hijos en
tres años.

Todos esos mestizos, legítimos e ilegítimos, fueron la nueva población
americana. A medida que los indígenas se diezmaban por la enfermedades,
la explotación, el alcohol y la tristeza, se multiplicaban los mestizos
a una velocidad impresionante.

Y pronto los señores Conquistadores, que ya estaban viejos pero seguían
siendo los Machos de la Horda, y los funcionarios que el Rey había
mandado para controlar y proteger los intereses de la Corona, comenzaron
a clasificar a los mestizos según el grado del mestizaje. Y se crearon
centenares de categorías, llamadas "castas", para determinar quiénes
tenían más derechos y quiénes tenían menos derechos. En esta tarea,
cochina y vergonzosa, tuvieron otra vez trabajo los malditos leguleyos
que ya antes habían justificado la conquista con argumentos jurídicos.

El elemento de la esclavitud negra (y en menor medida, asiática), de la
cual hablaré en otro capítulo, enredó todavía más las cosas y dio lugar
a una multitud de mezclas "de todos colores", como se decía en aquella
época.

Entonces se decidió que:

El hijo de español y de india se llamaría mestizo, y tendría menos
derechos que el blanco, pero más que el indio.


El hijo de español y mestiza se llamaría castizo, y tendría menos
derechos que el blanco, pero más que el mestizo.

El hijo de unión blanco-negra se llamaría mulato o pardo, y tendría
menos derechos que el mestizo, pero más que el negro.

El hijo de unión indio-negra se llamaría zambo, y tendría menos derechos
que el mulato y que el indio.

El hijo de chino y de india se llamaría cambujo, y tendría menos
derechos que el indio, pero más que el chino.

El hijo de cambujo y de india se llamaría tente en el aire, y tendría
menos derechos que el mestizo.

El hijo de tente en el aire y mulata se llamaría albarrasado, y tendría
menos derechos que sus padres.

El hijo de blanco y mulata se llamaría tercerón, y tendría más derechos
que el mulato, pero menos que el mestizo.

Y así sucesivamente, había centenares de castas con sus obligaciones y
derechos bien establecidos. Al mismo tiempo los señores hidalgos, plaga
maldita de parásitos y vagabundos, hinchados de vanidad y de petulancia,
se clasificaron también por categorías para poder discriminarse más
eficazmente los unos a los otros. Todos pretendían ser "hidalgos de
sangre", aunque muchos de ellos tenían más bien agua de cloaca en las
venas. Pero entre ellos había clases, del modo más ridículo: los
"hidalgos de bragueta" eran muy respetados y su título se debía a que
habían tenido siete hijos varones consecutivos, sin interrupción de
hembra, en matrimonio legítimo. No faltaba el canalla que asesinara a
sus hijas recién nacidas para ganar el título de "hidalgo de bragueta".
Otros muy respetados eran los "hidalgos de ejecutoria", es decir los que
habían logrado probar en juicio, ante los tribunales, que eran hidalgos
de sangre. Para ese efecto había un excelente mercado negro de
falsificación de árboles genealógicos. Después venían los "hidalgos de
gotera", que tenían la hidalguía solamente dentro de los límites de su
pueblo o localidad, y la perdían si se mudaban de domicilio (a esta
clase parece que perteneció Don Quijote, según me contó mi primo El
Rucio, quien era el burro de Sancho Panza). Luego estaban los "hidalgos
de privilegio", vulgares aventureros que habían comprado el título,
porque el Rey Nuestro Señor vendía títulos para mejorar un poco el
surtido de garbanzos en la Despensa Real. En fin, estas sanguijuelas
tenían infinitas variedades y su ocupación predilecta era discriminarse
y despreciarse los unos a los otros, gastar la vida en pleitos
interminables para probar que eran mejores que el vecino y calumniar al
prójimo sin descanso para poder vivir con el gusto maligno de haber
rebajado a todo el mundo.

Dejemos, por ahora, el negocio de ese tamaño. Después les contaré otras
cositas no menos divertidas. Que pasen vuestras mercedes un buen día.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
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2005-08-17 16:57:32 UTC
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Memorias de un burro


V- La furia de los Comuneros
(Donde se demuestra que con la paciencia del pueblo no se puede jugar
impunemente, porque tarde o temprano estallan los motines, los
alzamientos, las rebeliones y los desmadres)



Bueno. Se acaba la función. Mis memorias han tenido tanto éxito, que
ahora hay una larga cola de lagartos pidiendo prestado el ordenador de
don Carlos Vidales, porque ellos también quieren contar sus recuerdos.
Primero hay un culebrero que dice llamarse Herbolario Botero y habla
tanto que si alguna vez lo toman preso tendrán que torturarlo, no para
que confiese, sino para que deje de hablar. Después sigue su culebra,
una tal Margarita, vieja, flaca y rasposa, que afirma conocer secretos
de alcoba del virrey Solís. Lombriz asquerosa. Después hay un muchachito
que dice ser ayudante de panadero y trae sus historias sabrosas de la
época colonial, cuando las viejas beatas comían mantecados y se
atascaban el gaznate con garullas remojadas en chismes. Y después hay
treinta o cuarenta personajes, a cual más ridículo, desde una rana de
las zanjas de Cajicá en los tiempos del virrey Ezpeleta, hasta un chulo
o gallinazo, testigo y comensal de la Guerra de los Mil Días. Para qué
seguir. Don Carlos Vidales me dice que tengo que darle a otros bichos la
oportunidad de contar su versión de los hechos. Y como el ordenador es
de don Carlos, no queda más remedio que hacer una pausa en mi relato.
Pero volveré y vuestras mercedes volverán a gozar con mis rebuznos
históricos.

Entretanto, he escogido para despedirme hoy, uno de mis recuerdos
preferidos. Se trata de lo que vuestras mercedes llaman la Rebelión de
los Comuneros de la Nueva Granada, despelote descomunal en el que tuve
el honor de participar. Esto me conviene, porque me da pretexto para
escribir dos o tres capítulos más, ya que el cuento es largo.

Por otra parte, creo muy oportuno hablar de ese enorme movimiento de
protesta popular, porque hasta donde me alcanza la memoria ésa fue la
única vez en toda la historia que los señores colombianos (en esa época
granadinos o reinosos) estuvieron unidos en una causa común. Nunca
jamás, ni antes ni después, se ha visto a los habitantes de la región
colombiana trabajar juntos, ayudarse los unos a los otros, mostrar
tolerancia los unos hacia los otros y contribuir con los esfuerzos
individuales para el progreso colectivo. Solamente durante el brevísimo
período que va del 16 de marzo al 5 de junio de 1781, se ha podido ver a
vuestras mercedes los reinosos en plan de unidad, comprensión y
cooperación para enfrentarse a sus enemigos. O, como dicen por ahí
algunos trasnochados que predican pero no practican, "unidad,
organización y lucha".

Bien. Acomódense y oigan. Corría el año de 1778 y los señores reyes de
Inglaterra, Francia y España, totalmente aburridos de vivir como reyes
(o sea como parásitos), decidieron divertirse un poco. Así que armaron
otra guerra entre ellos. Por supuesto, el dinero para financiar la
guerra tenía que salir del pellejo de sus respectivos súbditos
(incluidos los burros), especialmente de sus colonias. No es que la cosa
marchara muy bien, porque ya en 1776 los señores gringos de Norteamérica
habían decidido declarar la Independencia y los ingleses habían tenido
que llenar esa región de "Casacas Rojas", que eran los "Boinas Verdes"
de la época. Pero don Jorge Washington, él solito con ayuda de muchos
miles de gringos y otros tantos miles de burros, caballos y mulas,
terminó finalmente de darles a los Casacas Rojas la patadita en el culo
que les faltaba para que se fueran a Liverpool a fundar clubes de
fútbol.

Ya veo, ya veo. Algunos de mis lectores me están mirando con ojos
torcidos. Ya sé lo que piensan: "Las guerras no comienzan por capricho
personal de los reyes, sino que son el resultado de fuerzas económicas y
de la lucha de clases. Las guerras coloniales se hacen por el control de
los mercados, por el control estratégico de los mares, canales,
penínsulas y ríos, las materias primas y los recursos naturales".

Yo les respondo: todas esas perogrulladas están sabidas y resabidas
desde hace mucho tiempo. A mí no me vengan con eso de que tengo que
repetir lo que ya se sabe, para contar mis historias. Así que déjenme
seguir y no me interrumpan.

El señor rey de España, don Carlos Tercero, un tipo con cara de cordero
pero muy inteligente y reformista, había puesto dinero y soldados para
ayudar a los gringos en su lucha contra los ingleses. Para conseguir los
recursos que se necesitaban en esa aventura, mandó unos tipos horribles
a sus colonias americanas, con el título de Visitadores, para que
exprimieran por todos los medios a los pobres habitantes. A la Nueva
Granada llegó, pues, el Visitador don Juan Francisco Gutiérrez de
Piñeres, flaco, tacaño, inflexible, malhumorado como un quirquincho,
dogmático y absolutamente burócrata. Se levantaba a las cuatro de la
mañana y trabajaba hasta las seis de la tarde, sin más pausa que para
tomar una sopa insípida a las once y comer un mendrugo con chocolate a
las cinco. Y su trabajo consistía en sacarle a los habitantes todo el
dinero que tenían, despellejarlos, dejarlos en la ruina y después
cobrarles multa por el delito de no tener más dinero.

Aparte de esto, puso estancos para todo lo que era la actividad del
pueblo en esa época. ¿Que los pobres sembraban tabaco? Pues se pone el
Estanco del Tabaco y el negocio es ahora del Estado. ¿Los indios tienen
la sal de Zipaquirá? Pues que coman azúcar, porque de ahora en adelante
habrá Estanco de la Sal. ¿Así que los mestizos le jalan a destilar
aguardiente? Pues que destilen orines, porque a partir de este momento
va a funcionar el Estanco del Aguardiente.

Así pues, para hacer el cuento corto y el sufrimiento breve, los
habitantes del Reino comenzaron a sentir que algo muy negro y espeso les
iba creciendo en el alma. Poco a poco, todos los pequeños odios que
acostumbraban tener los unos contra los otros se fueron volviendo un
solo odio grande, turbio, pesado y denso, contra una sola persona: el
señor Visitador.

Bueno, había también otra persona en el cuento. Era un granadino muy
inteligente, llamado don Francisco Antonio Moreno y Escandón, muy culto,
muy letrado, muy progresista y tal. El señor Moreno y Escandón quería
hacer una reforma muy progresista de los estudios. Pero como no tenía
idea de la diplomacia política, se metió en conflictos con las órdenes
religiosas que controlaban el negocio de la educación. Entonces comenzó
contra él una campaña de odio y de calumnias impresionante. Y cuando los
dulces clérigos y piadosos frailes se dieron cuenta de que el pueblo
estaba a punto de estallar contra el avaro Gutiérrez de Piñeres,
aprovecharon la coyuntura y se montaron en la ola, agregando sus
consignas contra la reforma educativa de Moreno y Escandón.

El pueblo les aguantó la farsa, porque la educación era de todos modos
un asunto que no incumbía a los pobres. Además, cuando uno se levanta
contra el gobierno es mejor tener a los frailes con uno que contra uno.

Comenzaron a aparecer pasquines, panfletos, versos anónimos y otros
papelitos que indicaban la existencia de una conspiración. En efecto, en
El Socorro habían comenzado a reunirse los personajes más notables de la
región, en la casa de un comerciante que se llamaba don Juan Francisco
Berbeo. Muchos sabían de esto. Incluso el gobierno había recibido
informaciones de sapos, que nunca faltan. Fue precisamente por esa época
que conocí al sapo Hugo, sujeto sumamente malparido (dicho sea con
perdón de las damas), que participaba en las reuniones de los
conspiradores con las posiciones más extremistas y después se iba a
contarle al alcalde Angulo y Olarte todo lo que había oído.

A pesar de todas las señales de conspiración, los señores oidores, muy
ocupados en despiojar sus pelucas, y el señor Visitador, muy ocupado en
despiojar al pueblo, no creyeron que el volcán estuviera a punto de
estallar. Cuando comenzaron a producirse desórdenes, a fines de 1780,
fueron tan gansos que creyeron que se trataba de hechos aislados, sin
conexión entre sí. Pero la verdad es que ya por ese entonces el grupo de
conspiradores dirigido por don Juan Francisco Berbeo estaba produciendo
pequeños motines para ir entrenando a los activistas que iban a levantar
el Reino unos meses más tarde.

Todo esto lo sé muy bien, porque yo tuve que llevar muchas veces cartas
con instrucciones a muchos pueblos lejanos. Una vez, incluso, cargué a
uno de los Uribes, de la familia de los "Magnates de la Plazuela", hasta
los llanos del Meta, donde fuimos a comprar armas por orden de Berbeo.
Los Magnates de la Plazuela eran los carniceros del Socorro, que
mediante favores y ventas al fiado mantenían a todos sus clientes pobres
controlados políticamente. Lo que ahora se llama "clientelismo
político".

Así las cosas, el 16 de marzo de 1781, los señores Guardas de Rentas, o
sea los malditos cobradores de impuestos, clavaron en la puerta del
Cabildo del Socorro un edicto en el que se fijaban los nuevos impuestos
de Alcabala, Armada de Barlovento, la Sisa, el Gracioso Donativo y otras
tantas invenciones graciosas del desgraciado Visitador. Como era día de
mercado y había gente de muchos pueblos vecinos, todos los activistas y
agitadores de Berbeo estaban en su sitio. A eso de las diez de la mañana
una viejita muy dulce y tierna, vendedora de verduras, de unos sesenta
años de edad, llamada Manuela Beltrán, sacó con toda intención unos
ovillos de hilo con el pretexto de venderlos. Los Guardas de Rentas se
los decomisaron de inmediato, porque ella no había pagado la Alcabala
correspondiente. Esto era lo que esperaba doña Manuela Beltrán.
Encendida en santa cólera, henchida de ardor patriótico, inflamada por
la aureola de su misión histórica, lanzó estas palabras inmortales sobre
los Guardas de Rentas:

--"¡Ladrones, malparidos, hijuemadres, vayan a robarle a su abuela!
¡Abajo el cabrón del Visitador! ¡Viva el rey Nuestro Señor! ¡Muera el
maldito gobierno de muérganos y zánganos!"

Y agregó otros vocablos que la decencia me impide repetir.

Esta fue la señal para que el pueblo que estaba en la plaza de mercado
se sublevara del modo más unánime. Todos a una, como en Fuenteovejuna,
rompieron el edicto y patearon la puerta del Cabildo, destruyeron las
pesas y balanzas y las medidas que se usaban para cobrar los impuestos,
y en un acto de furia revolucionaria despedazaron todos los símbolos de
la Corona Española. Pero como estaban bien aleccionados, gritaban al
mismo tiempo "¡Viva el Rey!", porque eso impediría más adelante que el
gobierno los tratara como enemigos irreconciliables. Este era un truco
que se usaba en todas las rebeliones populares europeas, desde comienzos
de la Alta Edad Media. Había incluso una doctrina jurídica al respecto.
Si uno se sublevaba y gritaba al mismo tiempo "¡Viva el Rey!", se le
juzgaba como desobediente, pero no como revolucionario. Salvaba la vida.
Recuerden vuestras mercedes que lo mismo hicieron los criollos que
formaron las Primeras Juntas de Gobierno, en 1810.

A partir de ese momento la sublevación se extendió más rápidamente que
un reguero de pólvora, incluso más rápidamente que un chisme de viejas
beatas. Nosotros, los pobres burros, caballos y mulas, corríamos de un
lado para otro transportando activistas que iban a levantar a Simacota,
Oiba, Charalá, La Robada, Zapatoca, San Gil, el Valle de la Miel, el
Valle de San José y otros cuatrocientos lugares, sitios, apostaderos,
tabernas, parroquias, villas y ciudades. Ya a mediados de abril estaba
en rebelión toda la antigua Provincia de Tunja y en el Reino había dos
bandos bien diferenciados: el pueblo y sus aliados, unidos en la
preparación de la marcha sobre la capital, y el gobierno y sus amigos,
unidos en la sala de la Real Audiencia, donde trataban de dar órdenes
que nadie cumplía.

El 18 de abril, las masas sublevadas, dirigidas convenientemente por los
activistas del Socorro, eligieron "democráticamente" a su Estado Mayor y
Consejo de Guerra, y nombraron generalísimo a don Juan Francisco Berbeo.
Ese día estaba yo mirando muy atentamente la asamblea popular, desde el
parqueadero de burros del Socorro, cuando vi llegar a un caballero muy
distinguido, con aires de historiador. Lo vi sacar una libreta de
apuntes y una pluma de ganso, con la cual comenzó a escribir sus notas.
Disimuladamente le eché una ojeada a su libreta y vi que tenía marcado
el nombre del dueño: G. Arciniegas. Torcí el pescuezo para ver lo que
escribía y alcancé a leer lo siguiente: "...los comuneros de América,
son el pueblo que cae de golpe a las plazas para inventar a sus
capitanes".

"¡Ah!", --pensé yo-- "si don G. Arciniegas supiera cuánto he tenido yo
que trabajar para que el pueblo cayera de golpe a esta plaza, se daría
cuenta de que en este negocio los capitanes se han inventado a sí
mismos". Pero no dije nada, porque don G. Arciniegas parecía un cachaco
muy fino y no está bien visto que cualquier burro ordinario se ponga a
conversar en la calle con un cachaco fino.

Pues bien. La Junta de Guerra, o Consejo Supremo del Socorro, organizó
de inmediato la marcha sobre Santafe de Bogotá. Los señores comuneros
eran una masa enorme de labriegos, artesanos, cocineras, lavanderas,
vendedoras del mercado, carpinteros, peones y todos los oficios que
vuestras mercedes quieran, unidos en orden y concierto con distinguidos
médicos, leguleyos despreciables, comerciantes tramposos, hacendados de
horca y cuchillo y aristócratas de provincia. Habían venido marchando
por distintas vías, ocupando pueblos y tomando prisioneros a los
mequetrefes que se decían defensores del rey. Pero no habían tocado a
nadie ni con el pétalo de una orquídea, no habían maltratado a nadie, no
habían robado ni siquiera un pan. Se habían comportado de manera
ejemplar, como nunca antes ni después se ha visto comportarse a vuestras
mercedes. Pasaron por conventos de monjas y las monjas no sufrieron daño
alguno. Pasaron por monasterios y los monjes no fueron molestados. Y
así, gritando contra el señor Visitador y jurando lealtad al Rey y
portándose bien con todos según el Manual de Urbanidad y Buenas
Costumbres que cada día les recitaban sus Capitanes, los terrorificos
rebeldes, el populacho ciego de ira, la masa feroz, la plebe desbocada y
bárbara se fue acercando a la capital del virreinato.

Vuestras mercedes no imaginan la tembladera de los oidores, guardas de
rentas, alguaciles y otros carajetes de similar jaez. El señor Visitador
don Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres salió corriendo para Cartagena
más rápido que ligero. En la capital se organizaron procesiones,
rogativas, novenas y otras ceremonias parecidas. El índice de abortos
aumentó considerablemente, así como la tasa de desmayos por cada cien
habitantes, el promedio estadístico de ataques de histeria por cada diez
viejas bigotudas y el porcentaje de síncopes por cada siete novicias del
convento de la Enseñanza.

Los últimos días de mayo de 1781, un espectáculo majestuoso, como nunca
antes se había visto y como nunca jamás volverá a verse, se desplegó
ante los ojos aterrados de los santafereños, en la inmensa llanura de
Zipaquirá. Veinte mil hombres y mujeres del pueblo, unidos en una causa
común, disciplinados y organizados en compañías, atentos a las órdenes
de sus capitanes y tenientes, acampaba en las afueras de Nemocón. Más de
cinco mil caballos, burros y mulas, pastaban con disciplina ejemplar y
heroica serenidad, a la espera de las instrucciones de su Estado Mayor.
Dijeron por aquel entonces los Oidores de la Real Audiencia, con maligna
intención, que los excrementos de las caballerías habían cubierto la
llanura y apestado la atmósfera, pero callaron, hipócritas, que ellos
mismos se habían cagado de terror y de espanto en las sillas del Real
Acuerdo. Dicho sea con respeto de las señoras y señoritas.

Solamente un individuo de las filas del Rey tuvo valor suficiente para
salir al encuentro del Ejército Comunero. Ese individuo era el Arzobispo
don Antonio Caballero y Góngora, sujeto inteligentísimo y de gran
astucia, que más tarde tendría la gloria de ser el virrey más
progresista que jamás hayan tenido vuestras mercedes.

Pero en ese momento el Señor Arzobispo no estaba jugando a ser
progresista. Se había propuesto derrotar a los Comuneros sin más armas
que su Religión y su Fe, mezcladas con algunos retoques de maquiavelismo
y tres o cuatro cucharaditas de falsedad. Lo primero que hizo fue
averiguar cuáles eran las fisuras internas del movimiento. Se enteró,
por sus espías, que había una pugna abierta entre los señores de Tunja,
aristócratas, y los notables del Socorro y San Gil, más democráticos y
de "medio pelo". También descubrió que había toda una fracción
reaccionaria en el movimiento, que quería despedazar el plan de estudios
de Moreno y Escandón, pero que no se iba a jugar por las
reivindicaciones populares. Vio que el jefe de los indígenas, don
Ambrosio Pisco, era un pisco bastante mediocre y sin ímpetus para la
rebelión, a quien era fácil asustar y ablandar. En consecuencia puso un
equipo de agentes, frailes y laicos, a sembrar rumores, desconfianzas y
recelos, y a los pocos días logró que los señores de Tunja se separaran
del resto del movimiento. Casi todos los caballos se fueron con esos
traidores, pero casi todos los burros y mulas nos quedamos con el
pueblo.

Y así, mientras los señores Oidores de la Real Audiencia buscaban un
hueco donde esconderse o un inodoro donde expresar su miedo, y mientras
el heroico señor Visitador don Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres batía
el récord mundial de velocidad en su fuga hacia Cartagena, el
Ilustrisimo Arzobispo don Antonio Caballero y Góngora disatribuyó sus
espías, sus frailes y hasta al mismo sapo Hugo en el campamento comunero
para sembrar la cizaña y la división, infundir el miedo al castigo
divino y al fuego eterno del infierno entre los ingenuos comuneros y
producir el desaliento, el temor, las dudas y las incertidumbres.

El generalísmo don Juan Francisco Berbeo tenía graves problemas.
Mantener a veinte mil hombres acampados costaba un dineral y por esa
época no existía ningún cartel que pudiera financiar empresas políticas.
Los señores aristócratas de Tunja y Sogamoso se habían ido a patear
ranas a los alrededores de Cajicá y advertían que si Berbeo amenazaba a
Santa Fe, ellos pelearían contra él y habría guerra civil. Los
doctorcitos más lagartos del Socorro, encabezados por don Salvador
Plata, exigían una retirada inmediata y juraban que nunca había sido su
intención juntarse con esa chusma comunera. Un cabo de una de las
compañías de Charalá, de nombre José Antonio Galán, exigía con estrépito
que se declarara la guerra revolucionaria por tiempo indeterminado y que
se pasara a cuchillo a todos los explotadores, chupasangres, parásitos y
privilegiados. La situación era crítica. Para colmo de males, el cachaco
fino que yo había visto en el Socorro, o sea don G. Arciniegas, andaba
metiéndose en todas las conversaciones y tomando notas. Según unos
apuntes que alcancé a ver, todo lo que hacía Berbeo le parecía mal y
todo lo que hacía Galán le parecía genial.

Así pues, el pobre don Juan Francisco Berbeo no tuvo más remedio que
tratar de sacar lo mejor de la situación. Compuso lo mejor que pudo un
tremendo pliego de peticiones, lo consultó con sus capitanes y lo
presentó al señor Arzobispo para que él convenciera a los señores
Oidores que firmaran sin chistar. Para evitarse problemas y escándalos,
mandó a Galán a Honda, con la misión de poner preso al fugitivo señor
Visitador y se preparó para una negociación difícil y larga. Confiaba en
sus artes de comerciante, en su habilidad para regatear y en los quince
mil comuneros que le quedaban y con los cuales podía amenazar.

El distinguido Arzobispo se dio cuenta de que Berbeo, en efecto, podía
amenazar, pero nada más. Porque don Antonio Caballero y Góngora hacía ya
días que estaba pagando de su bolsillo los gastos del campamento
comunero y, al fin de cuentas, ya se había ganado la confianza de los
rebeldes. Una de sus maniobras más inteligentes fue distribuir agentes
suyos en el campamento, para comprar las escopetas y trabucos de los
comuneros que tenían armas de fuego, a dos, tres y hasta cinco pesos por
ejemplar.

El astuto Arzobispo informó a los señores Oidores de la Real Audiencia
sobre esto. Les hizo creer que esa masa enorme de rebeldes era un
monstruo peligroso sediento de sangre y que había que aceptar sin
discusiones las Capitulaciones que había redactado Berbeo. Este santo
príncipe de la Iglesia se dio cuenta de que el pueblo, en su ignorancia,
creía que la negociación era con el Arzobispo y no con el gobierno
virreinal. Como le convenía, dejó que el pueblo siguiera en esa ilusión.
Por eso, cuando a comienzos de junio de 1781 se juraron la
Capitulaciones con las manos puestas sobre los Santos Evangelios, el
pueblo creyó que el Arzobispo también estaba jurando.

Berbeo se dio cuenta del doble juego del Arzobispo. Sabía que el haber
oficiado la misa y haber sido testigo del juramento de los Oidores, no
obligaba a don Antonio Caballero y Góngora. Sabía también que la ley
escrita de España tenía un principio jurídico muy claro, establecido
desde hacía siglos: "las promesas del Rey, que han sido arrancadas por
la fuerza o mediante amenazas, no deben ser cumplidas". Este era un
principio de Estado que Berbeo no ignoraba.

Pero era conveniente callar. Al Arzobispo le convenía que la Real
Audiencia se hundiera en el descrédito y la deshonra, porque él sabía
que le rey don Carlos Tercero lo tenía ya nombrado para la sucesión en
el mando. Era mejor manejar Oidores avergonzados y acobardados, que
Oidores triunfantes.

A Berbeo y sus capitanes de confianza les convenía callar, porque no
habiendo logrado entrar en la Capital, el futuro era muy peligroso e
incierto y resultaba más prudente mantenerse en buenas migas con el
Arzobispo.

A los señores Capitanes de Tunja y Sogamoso le convenía callar, porque
podían presentarse ante el rey como los héroes que habían detenido la
marcha sobre Santafé. Pensaban incluso cobrar algún premio, o por lo
menos ganar el perdón absoluto por haber participado en el movimiento.

Solamente había cuatro sujetos interesados a armar un escándalo sobre
este negociado: primero, el señor Visitador, porque las Capitulaciones
aprobadas decían que había que echarlo a patadas del Reino; segundo,
José Antonio Galán, porque él quería armar una revolución a como diera
lugar y toda negociación de paz la parecía una traición horrenda;
tercero, don G. Arciniegas, porque su chusma heroica se le dispersaba y
regresaba mansamente a los pueblos como un rebaño de corderos; y cuarto,
yo, porque con la firma de las Capitulaciones se me acababa la diversión
con las mulas de Zipaquirá y tenía que volver a la finca de don Salvador
Plata, viejo miserable y cabrón, que me explotaba sin misericordia.

Así pues, el Visitador se negó a reconocer las Capitulaciones, Galán
declaró que la revolución continuaba y yo me fui a alistar en sus filas.
Don G. Arciniegas se vino montado en mi lomo y después de un trote largo
alcanzamos al Capitán José Antonio Galán en el momento en que entraba a
Honda, con ínfulas de Libertador.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
PM
2005-08-18 01:48:36 UTC
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Punto Final 18.8.05

El cáncer de Horacio

Rodolfo Schmidt

Hace apenas tres semanas, El Unico dio quince días de plazo a su burocracia recentralizada para que "bajen los fondos" (Bs.736 mil millones) que Caracas debe a la provincia por concepto de Situado Constitucional.

.Pasó el plazo y, por interés y la auto diagnosticada "i-n-e-f-i-c-i-e-n-c-i-a", no han "bajado" , porque en Caracas hay quienes están cobrando y repartiendo los "puntos" correspondientes a los depósitos oficiales. En otras palabras, los burócratas "no le paran" al líder de la revolución.

En ese mismo programa, El Unico instó a la población a manifestar ante alcaldías y gobernaciones por la solución de sus problemas, vivienda, empleo, seguridad, salud...

Pues el pueblo se dejó de tonterías y se vino a Miraflores, asediándolo por los cuatro costados. Están clarísimos: el problema no son los alcaldes o gobernadores. El problema -y la solución- es él.

Desenmascarado e incapaz de manejar los 26 ministerios, diez de los cuales son de su propia creación, inventó los esperpentos de "Mister Danger", el "posible corte del suministro de petróleo" creyendo que, con esos globos de ensayo, puede aplacar la creciente furia de la población que ahora está somatizando que "ahora estamos peor que hace cuatro años". Esa es la misma población -chavista- que desestimó el llamado de El Unico acudir a las elecciones municipales. Suenan las campanas.

Pero el asedio de Miraflores también envía un claro mensaje a la Oposición: a los millones sumidos en un mar de problemas concretos, producto del desgobierno- las candidaturas, las listas, las elecciones, la democracia o la libertad,...les importan -por ahora- un bledo. Reclaman techo, trabajo, salud y seguridad y saben que no los tienen -en gran parte- debido a la ¡corrupción! del régimen. ¿Cuál es entonces el mensaje de la Oposición para estos compatriotas?. Hasta ahora, ninguno. Y, mientras no lo haya, no se entusiasmarán con la democracia y la libertad.

El cáncer de Horacio
El domingo pasado, en "El Nacional" (Todo en domingo) pude leer el caso de la señora Yofrina García, ama de casa, y paciente de cáncer lingual.

Según su testimonio, acompañado de las fotografías pertinentes, su cáncer fue curado -en dos meses- por medio de la medicina sistémica y dos sesiones de electroterapia.

El lunes, una multitud de correos electrónicos informaba sobre el cáncer lingual que sufre Horacio Medina y su drama para financiar el tratamiento tradicional: bisturí y posterior quimio y radioterapia con todas las implicaciones negativas que ellas conllevan.

Ya que por ahora Horacio Medina no puede regresar a Venezuela, donde podría optar por el tratamiento sistémico, sugiero a sus amigos le hagan saber que en San Juan de Puerto Rico existe un Centro Médico Adaptógeno (CMA) que puede tratar su cáncer lingual. No solamente es mucho más económico que en Miami sino que tampoco afectaría su calidad de vida de manera negativa.

Se cierra el cerco
"El gobierno estadounidense acusó a Cuba y Venezuela de fomentar el descontento social en Bolivia que provocó la caída de dos presidentes en los últimos dos años.

El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dijo que contaba con evidencia de que los dos países mencionados estuvieron involucrados en las crisis bolivianas (...) (BBC).

"Evidencias" de desestabilización para el Pentágono y "pruebas" de narco-tolerancia-subversiva" para el Departamento de Estado. Esto ya no es el ping-pong habitual de los últimos dos años. Rumsfeld está mostrando las "evidencias" a los gobiernos de la región y El Unico aun no sabe en qué consisten. ¡Qué angustia!. El cerco se va cerrando

Voló la joyita
Un juez del condado de Miami Dade expidió el lunes una orden de captura contra Eudo Enrique Carruyo, ex funcionario de la estatal petrolera de Venezuela Pdvsa, al no comparecer a una audiencia de un juicio en su contra por homicidio no premeditado.

El pasado 17 de abril Carruyo estuvo involucrado en un accidente de tránsito que cobró la vida del pasajero que lo acompañaba, cuando conducía un Lamborghini ($ 175.000,-) bajo los efectos del alcohol en la principal avenida de Key Biscayne, según documentos judiciales.

De acuerdo con Nathaniel Sala Suárez, de la firma ABC Bail Bonds, que asumió la fianza de $100,000 del acusado, Carruyo debía presentarse el lunes pasado a las 9 a.m. en el tribunal, pero su inexplicable ausencia llevó al juez a ordenar la búsqueda y a hacer efectiva la fianza. La fuga tomó por sorpresa a quienes siguen el caso pues Carruyo, de nacionalidad venezolana, estuvo presente en audiencias que se celebraron el lunes, miércoles y viernes de la semana pasada como preámbulo del juicio. (...)Michael Díaz, abogado de Carruyo, no respondió llamadas de El Nuevo Herald.

Ante la inminencia de la fuga, la empresa de fianzas está ofreciendo $10,000 de recompensa a quien suministre información que conduzca a su localización. (E.N.H)

Bonanza deplorable
COTÉCNICA es, o era, la empresa encargada del Relleno Sanitario La Bonanza vía Charallave. Es del Grupo CGEA y ONYX de Francia.

En La Bonanza fui atendido alguna vez por su Gerente General, quién me explicó el proceso y luego visitamos el sitio. Saqué fotos. Me quedé sorprendido de saber que ya existían técnicas en los barrios de Caracas para acopiar la basura. Usan toboganes. En Catia, en el Museo Jacobo Borges, ya están reciclando basura. En La Floresta también existe un sitio de reciclaje en el Parque Anífulo.

COTÉCNICA tiene mas de 20 años en Venezuela.

La Bonanza tiene 58 hectáreas, de las cuales 32 son pasivo ambiental. Fueron contratados por la Mancomunidad de Servicios Metropolitanos (MANCOSER). También le trabajan a los Municipios Chacao y Libertador.

(...).

Procesan 4.000 TM de basura diaria, el 20% de la basura total nacional.

Se reciclan 800.000 kilos de desechos mensuales, tales como aluminio, balastro, baterías, cauchos, cartuchos de impresoras, madera, papel, plástico, radiografías, entre otros. Trabajan entre 400-500 personas directamente con la basura y su selección (recicladores) en forma de cooperativa.

(...) Existen 4 lagunas de lixiviados, que son tratadas por evaporación y sus lodos regresan al relleno. El gas que se produce (BIOGAS) se quema en un incinerador a 1 m3 por segundo, pero existe un proyecto de utilizar este gas para generación eléctrica de 200.000 MW, capaz de abastecer 4 Charallaves. Lamentablemente, este relleno sanitario -en estos momentos- se encuentra en un estado deplorable, la basura amontonada, el olor nauseabundo a la mano, zamuros y seres humanos se confunden, y todo se puede contemplar a simple vista desde la autopista hacia Charallave. (Aníbal
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2005-08-18 18:26:13 UTC
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LA IMPORTANCIA DE LAS MEMORIAS DEL BURRO PANTXO
Memorias de un burro


VI- José Antonio Galán

(Donde se habla de las grandes virtudes morales y políticas de José
Antonio Galán, sin minimizar por ello sus defectos y errores. Los
sectarios, dogmáticos y monaguillos de la historia pueden irse a comer
caca a otra parte, porque este pasto no es para ellos)



Muy bien, se acabaron las vacaciones. Espero que vuestras mercedes se
hayan divertido en sus ajetreos y quehaceres cotidianos. Mis vacaciones
consistieron en quedarme en la casa de don Carlos Vidales, mientras él
y sus hijos andaban por tierras extranjeras, metiéndose al mar y
echándose a tostar al sol en las playas de algún país exótico. Al
regreso de don Carlos descubrimos que su casa estaba un poquito
desordenada, debido probablemente a unas reuniones sociales que hice
ahí con unas burras amigas mías. El arreglo nos tomó varias semanas.
Me refiero al arreglo del mal humor de don Carlos Vidales (viejo
cascarrabias). Por eso estoy ahora, con retraso, intentando retomar el
hilo de mi narración. Les ruego que me disculpen la larga ausencia. Yo
también he pensado mucho en vuestras mercedes.

Pero volvamos al cuento de los Comuneros. Habíamos quedado en que José
Antonio Galán llegó con sus soldados rebeldes a Honda, después de la
famosa firma de las Capitulaciones de Zipaquirá. El comandante Berbeo
le había dado orden de capturar al odiado Visitador Gutiérrez de
Piñeres, vivo o muerto, pero cuando Galán entró en Honda se encontró
con la novedad de que el Visitador ya había salido de allí, huyendo en
alas del pánico, por el río Magdalena, en dirección a la costa.

En realidad, el propio Galán había provocado esa fuga. Porque varios
días antes de llegar a Honda había escrito, desde Guaduas, una carta
secreta al Visitador, diciéndole que por favor se escondiera "debajo de
la tierra", porque él venía con órdenes de matarlo, y que no se fuera
por el río Magdalena, porque estaba infestado de tropas comuneras, y
que lo mejor que podía hacer era esperarlo para arreglarse con él, o
como decía textualmente "hablando si quiere Vuestra Merced conmigo a
solas".

Por supuesto, cuando el Visitador recibió esa misiva, se dio cuenta de
que Galán quería tenderle una trampa para poderlo capturar, y decidió
que era menos peligroso aventurarse por el río Magdalena que esperar al
capitán comunero. Y fue tanto el apuro y el miedo y el espanto, que el
pánico del Visitador y su comitiva se regó como una peste a lo largo
del río, y una incontable muchedumbre de caimanes, tortugas, peces,
cangrejos y sapos inició una estampida pavorosa, río abajo, y sólo se
detuvo cuando todos esos animalitos inocentes estuvieron adentro de las
barrigas de los tiburones que merodeaban por los alrededores de
Barranquilla.

Yo conocí la carta de Galán, porque pasó de mano en mano, entre
muchos de los periodistas y corresponsales que habían llegado a Honda a
cubrir las noticias de la rebelión. Don G. Arciniegas comentó de
inmediato que la carta le parecía una prueba incontestable del profundo
genio político y militar de Galán, quien era, según decía "un
mestizo enorme". A mí eso me parecía una exageración, porque, para
empezar, la carta había provocado la huida del Visitador, en lugar de
ayudar a su captura; y para seguir, Galán tenía apenas un metro con
sesenta y dos de estatura, y lo de "enorme" lo debía tener escondido en
alguna parte, porque yo no se lo vi nunca.

Otro de los cronistas que andaba para arriba y para abajo tomando notas,
escribió en su cuaderno cosas horribles, afirmando que esa carta
secreta demostraba que Galán era un traidor, que quería entenderse en
secreto con el enemigo del pueblo. La cosa me pareció también
exagerada y un poquito absurda, si se tiene en cuenta que ese cronista
era pariente directo del arzobispo Caballero y Góngora y, en
consecuencia, todo lo que hacían los comuneros le parecía infame y
todo lo que hacía su pariente el arzobispo le parecía maravilloso.

Digo todo esto para indicar que, desde el primer momento, los sabios,
historiadores, cronistas, escribientes y cagatintas de todo tipo que
escribían algo sobre esta tremenda rebelión, lo hacían más resolver
algún problemita personal (recomendar a un pariente, calmar el complejo
de Edipo, echarle vainas a un enemigo ocasional, etc.) que para tratar
de entender qué era lo que estaba pasando en el país. Desde entonces
se han usado los mismos métodos y esta es la razón profunda por la
cual ahora se necesita que un burro venga a explicar a vuestras mercedes
la historia del pueblo trabajador.

Pues bien, el pueblo trabajador, o sea la chusma, recibió a Galán en
Honda con los brazos abiertos. Una masa de mulatos, mestizos, indios,
zambos, patitorcidos, narizones, orejudos, despeinados, mugrosos,
grasientos, piojosos y todo lo demás que vuestras mercedes quieran
agregar, se juntó amenazadora frente a la casa del gobernador, atacó a
los alguaciles y guardas de rentas con piedras y palos y garrotes, y los
obligó a atrincherares, aterrados y temblorosos. Hasta ahí todo estaba
muy bien. Pero esa masa enfurecida de trabajadores honrados y modestos
hizo algo que habría de cambiar por completo el destino del alzamiento.
Lo que hizo fue gritar al unísono, todos a una como en Fuenteovejuna,
este grito espantoso:

— ¡Que viva Galán y mueran los blancos!

Don G. Arciniegas, que en ese mismo instante estaba montado en mi lomo,
aplaudió con entusiasmo mientras decía:

— ¡Maravilloso! ¡Qué pueblo tan formidable! ¡Esta sí que es una
revolución!

Yo pensé para mis adentros: "¡Esta sí que es una estupidez! Ahora los
rebeldes tendrán en su contra a todos los blancos, ricos y pobres.
Ahora, un alzamiento que había comenzado como un reclamo iracundo y
justo de todos los pobres trabajadores contra los ricos y parásitos
jerarcas del poder colonial, se va a volver un enfrentamiento entre las
gentes del mismo pueblo según el color de la piel. Ahora no habrá
posibilidad de que el movimiento crezca, se expanda, se difunda. A
partir de ahora, el movimiento comienza a disminuir en fuerza, en
tamaño, en importancia y en capacidad de combate". Todo eso lo pensé
para mis adentros, pero no dije nada porque no está bien que un burro
ignorante se ponga a discutir con el cachaco intelectual que lleva
encaramado en el lomo. Eso será tal vez posible, cuando los cachacos
carguen a los burros y los burros sean los que mandan.

Pues dicho y hecho. Cuando se difundió la noticia de lo que había
pasado en Honda, muchos capitanes comuneros que habían regresado a sus
pueblos en virtud de la firma de las Capitulaciones, acudieron en tropel
donde don Juan Francisco Berbeo y le pidieron que mandara poner preso a
Galán ipso facto e incontinenti, sin darle tiempo a decir ni pío. Hay
que decir aquí, de paso, que la inmensa mayoría de los capitanes
comuneros eran blancos y pertenecían a lo que podríamos llamar la
"clase media" del virreinato. Berbeo se encogió de hombros y dijo que
Galán no estaba en territorios de su jurisdicción y que además ya
había dado orden a un capitán para que fuera a decirle a Galán que
las Capitulaciones estaban firmadas y que todos los comuneros debían
regresar a su casa. Esto último era verdad, pero Galán ya había dicho
que él no reconocía ningunas Capitulaciones y que él se iba a
levantar todo el Llano Grande.

En efecto, la influencia revolucionaria de Galán pronto se hizo sentir
en toda la provincia de Mariquita y el Llano Grande. Para los
jovencitos, o sea los que nacieron después de 1840, conviene informar
que esos territorios cubrían los actuales departamentos de Caldas,
Quindío, Risaralda, Tolima y Huila. Además, las masas indígenas y
mestizas de la zona noroccidental de Cundinamarca se sumaron a la
rebelión galanista, y lo mismo ocurrió en grandes regiones de la
jurisdicción de Popayán, que entonces pertenecía a la Audiencia de
Quito.

Al salir Galán de Honda, enfurecido contra los blancos como era su
costumbre, se dirigió hacia Mariquita, ocupándola con una fuerza de
cuatrocientos hombres armados y llenos de verraquera. De allí avanzó
sobre las minas de Malpaso, que eran de propiedad de don Vicente Diago,
un gallego muy realista que había ayudado a huir al maldito visitador.
Para castigarlo, Galán soltó a todos los esclavos de don Vicente
Diago, con lo cual lo arruinó y lo dejó vuelto una mierda, porque es
bien sabido que un esclavista sin esclavos que le den de comer, se muere
de hambre. De ahí salió el rumor de que Galán había decretado la
libertad de todos los esclavos y la abolición absoluta de la
esclavitud. Pero la verdad es que este incidente fue un solo hecho
circunstancial, importante sin duda, pero que no implicaba una clara
ideología antiesclavista de parte de Galán. Sea como fuere, el
episodio echó todavía más leña al fuego del terror, el pánico y el
pavor que causaba la sola mención de este rebelde. Si uno quería ver a
una señorita tendida en el suelo, bastaba decir "¡Galán!", y en un
dos por tres estaba ella con las patas al aire, descompuesta y
desmayada. Los polvoreros estaban al borde de la ruina, porque durante
los días de mercado todos los niños habían dejado de comprar pólvora
y petardos para espantar a las viejas beatas: ahora solamente gritaban
"¡Galán!", y en un par de segundos producían un caos de viejas
aterrorizadas, corriendo para todos lados, dando alaridos y rogando
piedad a Dios Nuestro Señor.

Avanzando hacia el sur, Galán proclamó su fidelidad al rey Inca Túpac
Amaru, ignorando que ya el 18 de mayo de 1781 había sido salvajemente
descuartizado el inmortal rebelde peruano, en la plaza del Cuzco. Es que
por desgracia Galán no tenía buenos correos a su disposición, el
Internet no existía entonces y los tacaños del periódico "Macondo",
de Lund, Suecia (pasquín que publica estas crónicas), decían que no
había fondos para enviar ejemplares a Colombia. Así que Galán se
quedó jurándole fidelidad a un rey que ya había sido destronado,
descuartizado y borrado de la faz de la tierra. Tan ignorantes como su
caudillo, los pobres y oprimidos del Espinal, Nilo, Melgar, Santa Rosa,
Coello, Chaparral, Guamo, Upito, Neiva, Purificación y otros lugares,
se alzaron con entusiasmo y proclamaron que ya no obedecían al rey
Carlos III de España y que sus funcionarios y representantes bien
podían irse a comer mierda a otras latitudes. Una inmensa simpatía de
las masas "de colores" (o sea, negros, mulatos, zambos, indios y
mestizos) rodeó a Galán y los odios seculares de castas que bullían
en el interior del movimiento comunero se desataron con furia, dando
lugar a las sublevaciones de los mulatos de Guarne, los nativos del
Caguán, los indios, mestizos y negros de Aipe, Villavieja,
Fortalecillas y El Volcán.

Fue ésta la hora más luminosa de José Antonio Galán. Había desatado
un proceso revolucionario, gestado en las entrañas mismas de la
rebelión precedente. Pero ese proceso no podía avanzar, ni mucho menos
triunfar. Primero, porque la derrota y muerte de Túpac Amaru en el
Perú dejaba sin cabeza y sin horizontes la estrategia revolucionaria
autóctona. Segundo, porque la "guerra de colores" o de castas que se
había desatado, aislaba al movimiento y colocaba a los blancos,
incluidos los blancos pobres, honrados y trabajadores, en contra del
alzamiento. Y tercero, porque las limitaciones propias de la época y el
mínimo desarrollo ideológico, cultural y político de las masas
oprimidas, incluido su jefe, se expresaron en errores tácticos y
estratégicos formidables y definitivos.

Y este es un punto que conviene aclarar, porque muchos historiadores han
dicho que Galán era poco menos que un genio político. Don G.
Arciniegas y otros han afirmado que había estudiado en San Bartolomé y
que era muy culto, muy chévere y tal. No, mis amigos. Galán era un
hombre del pueblo. Más todavía, era un hombre del pueblo de la Nueva
Granada en 1781. Su oficio era el de peón jornalero. Y los peones
jornaleros de la Nueva Granada en 1781 no tenían títulos de doctores
en agronomía, ni de San Bartolomé ni de ningún otro colegio. De
manera que vuestras mercedes pueden en este mismo instante escoger: o
bien se tragan el cuento de Caperucita Roja junto con el de Blanca
Nieves y los Siete Enanos y el de Galán Licenciado en San Bartolomé, o
bien se tragan el trago amargo de saber que Galán no era ningún
cachaco fino sino un hombre del pueblo, simple, sencillo, trabajador,
bebedor de aguardiente y jugador de naipes.

Supongo que los que continúan leyendo mis memorias, a partir de esta
línea, son los que ha escogido la segunda opción. Bienvenidos al mundo
de la realidad. Galán no pudo crear una organización sólida y
estable, porque no sabía cómo hacerlo. Allí donde llegaba, impulsaba
un alzamiento y una desobediencia, un alboroto y la ruptura de los
vínculos con la autoridad. Pero nada más. No construyó un verdadero
ejército popular como el de los Comuneros de Berbeo, con 20.000 hombres
armados, regimentados y disciplinados, organizados en compañías, con
correos, con información, con un sistema eficaz de abastecimiento y
financiación.

Muchas veces tuve yo, pobre burro, ganas de preguntarle: "A ver, José
Antonio, dígame cómo va a financiar los gastos de su revolución.
Usted ha declarado que todos pueden destilar aguardiente y cultivar
tabaco y explotar la sal libremente, y por eso todos los pobres están
muy contentos con usted. Pero si usted no establece estancos de
aguardiente y de sal para financiar la revolución, no va a tener dinero
para comprar las armas que se necesitan para derrotar al enemigo, ni
para la comida de las tropas, ni para la formación de los jefes, ni
para organizar nada. Lo peor de todo, lo imperdonable, es que no va a
tener dinero para darnos pasto de buena calidad a nosotros, los burros y
las mulas que tanto hacemos por la revolución. Y ya que estamos en
confianza, dígame otra cosita: de todos los lugares donde usted tiene
influencia, muéstreme uno solo donde usted haya establecido reformas en
la propiedad de la tierra, donde haya organizado un gobierno local,
donde haya construido alguna forma nueva de organización social y
política. No, mi amigo, yo ya estoy viendo que usted es muy valiente,
muy del pueblo y tal, pero con poca política en la cabeza".

Pero todo esto yo lo pensaba para mis adentros, sin decírselo a Galán,
porque no está bien que un burro ignorante se meta a discutir con el
jefe de una revolución popular. Además, don G. Arciniegas andaba
metido por ahí, por todas partes, aplaudiendo hasta los pedos que se
tiraba Galán (dicho sea con perdón de las señoras, las señoritas y
mis narices) y desde entonces aprendí que todas esas pendejadas de
finanzas, organización, economía, recursos, correos, abastecimientos,
pasto, disciplina, intendencia, municiones y cosas parecidas, son
detalles insignificantes que no cuentan para los historiadores. Aprendí
que la historia que vuestras mercedes quieren aprender es la historia de
los discursos, las frases inmortales, la retórica, los uniformes
brillantes y los grandes salones de baile. Aprendí que la historia de
cuánto cuesta un ejército, cómo se arma, cómo se mantiene y se
desarrolla, qué hay detrás del escenario luminoso, cuánto trabajo y
sudor y sangre y esfuerzo y lágrimas hay debajo de cada triunfo
político y militar, todo eso son asuntos sin importancia, que solamente
interesan a los burros.

Pero además, Galán desarrolló una política agresiva, de ataques
contra los antiguos jefes comuneros, lo cual contribuyó a que ellos se
unieran estrechamente con el régimen para aplastar a la nueva
rebelión, acelerándose de esta manera el proceso de conservatización
de esos capitanes. Galán no pudo, o no quiso, o no supo aplicar una
política de alianzas hábil y flexible para ganar fuerzas y sumar
aliados. Por el contrario, se aisló cada vez más. Quien no pensara
exactamente como él, era motivo de sus ataques. Yo no sé muy bien si
esta actitud fue inventada por él, y luego aplicada por todos los
rebeldes que han aparecido a lo largo de la historia colombiana, o si se
trata de una actitud que ya era desde mucho antes un código cultural
metido en lo más hondo de la conducta popular. Sea como fuere, se trata
de la actitud política más estúpida que yo haya podido presenciar en
los ochenta mil años que llevo en tratos con la especie humana. Me
asombra, me indigna y me repugna constatar que hoy, a finales del siglo
XX, todavía hay grupos políticos en Colombia que aplican
consecuentemente esta política suicida. Cada vez que abren la boca no
es para ganar nuevos amigos, sino para crearse nuevos enemigos y sembrar
nuevas discordias. A esto le llaman "beligerancia" o, peor aún,
"consecuencia en los principios".

Esto le ocurrió a Galán. En cada pueblo que invadía, insultaba al
alcalde, al notable del pueblo, al cura párroco, y amenazaba a medio
mundo. Los pobres "de color" lo adoraban, porque él los liberaba de
todas sus obligaciones con la autoridad, sin ponerles ninguna nueva
autoridad. Todos los demás comenzaron a odiarlo, porque con ellos era
atravesado, arrogante, insultante e imprudente. Yo mismo lo vi borracho
muchas veces, pero como sé que vuestras mercedes no le creen a un burro
sino lo quieren creerle, pues vayan al Archivo General de la Nación,
pidan los documentos relativos a los Comuneros y lean la declaración de
Juan Nepomuceno Galán, hermano de José Antonio, para que vean que a
esos muchachos les gustaba el aguardiente bien regadito con aguardiente.

Al comenzar el mes de septiembre de 1781 Galán se encontraba tan solo y
aislado, sin finanzas, sin organización y sin fuerzas, que emprendió
el retorno a sus viejos lares, en el intento de organizar desde allí
una nueva rebelión, mucho más moderada y tranquila que la del Llano
Grande. Con este propósito estableció su cuartel general en Mogotes y
el 26 de septiembre envió cartas circulares a los capitanes comuneros,
invitándolos a unirse a una segunda marcha contra la capital del
virreinato "por la infidelidad que han guardado a las juradas
Capitulaciones que se hicieron en Zipaquirá". Pocos días después
remitió una carta a los antiguos capitanes de Sogamoso para animarlos a
que lo acompañaran "a pedir nos hagan buenas las Capitulaciones, a
sangre y fuego, cuando no de otra manera". En otras palabras Galán, que
antes había rechazado las Capitulaciones y que se había levantado
contra ellas, ahora se alzaba para defenderlas y para exigir su
cumplimiento. Era una voltereta espectacular.

Pero era también una voltereta patética. Galán intentaba, incluso,
repetir las mismas rutas e itinerarios de la primera marcha contra Santa
Fe, la que había dirigido don Juan Francisco Berbeo. Y lo hacía cuando
ya el arzobispo Caballero y Góngora había establecido un control
absoluto sobre esas rutas e itinerarios, con agentes, espías,
misioneros, curas doctrineros, amigos, compadres y hasta el sapo Hugo. Y
lo hacía cuando ya el arzobispo Caballero y Góngora había conseguido
que los rebeldes comuneros se arrepintieran públicamente de su
rebelión, pueblo por pueblo, en actos multitudinarios organizados por
los Padres Capuchinos, con presencia de notarios públicos y con actas
de fidelidad juradas sobre los Santos Evangelios. Y lo hacía cuando el
arzobispo Caballero y Góngora había conseguido, en actas firmadas
masivamente por los vecindarios, pueblo por pueblo y ciudad por ciudad,
que todos los rebeldes comuneros renunciaran solemnemente a las
Capitulaciones de Zipaquirá y se comprometieran a pagarle al rey de
España, don Carlos III, todos los daños y perjuicios que se le habían
causado. Y por eso, apenas se supo que Galán estaba organizando otra
marcha sobre la capital del virreinato, los capitanes comuneros salieron
de inmediato a la calle, organizaron sus compañías y las pusieron en
estado de movilización general... para combatir contra Galán y
defender al pobre rey de España, don Carlos III.

¿Cómo fue posible esta metamorfosis tan rotunda del movimiento
comunero? Es lo que trataré de explicar a vuestras mercedes en el curso
del próximo capítulo.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Super User For Ever
2005-08-19 16:02:25 UTC
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Me llego esta pregunta: Los presos cubanos, ¿qué comemos?
Y yo les digo: preguntenle al burro Pantxo!....
Memorias de un burro

VII- El triunfo del arzobispo Caballero y Góngora

(Donde se aprende que las conquistas ganadas en una rebelión pueden
perderse si el pueblo se divide o su jefatura se dispersa, porque el
propio pueblo tiene creencias, costumbres y vicios que le han inculcado
sus amos para dominar las conciencias)


Llegó, pues, la hora de contar a vuestras mercedes la historia más
triste. La famosa rebelión de los Comuneros de la Nueva Granada terminó
de manera lastimosa, a pesar de que la inmensa muchedumbre que llegó a
los campos de Zipaquirá, organizada en compañías y disciplinada
militarmente, había sido capaz de arrancarle al gobierno todas las
concesiones, rebajas y alivios que el movimiento popular había exigido.

Cuando Galán llegó a sus territorios comuneros, después de haber
intentado hacer su revolución en el Llano Grande, se encontró con una
situación completamente nueva. La mayoría de los antiguos capitanes ya
no quería enfrentarse al régimen. La mayoría de la gente común (o sea la
plebe, el pueblo llano) estaba tranquila en sus casas y había jurado
fidelidad al Rey y a sus ministros. Solamente unos doscientos o
trescientos descontentos se reunieron en torno a Galán y, vociferando
con gritos estridentes y descompuestos, como hace la gente pobre cuando
ya no soporta más la desgracia, declararon que iban a emprender una
"segunda marcha contra Santa Fe".

Allá salimos los burros y las mulas, otra vez, llevando y trayendo
mensajes y cartas, citaciones y órdenes. Pero nada pasó. Los antiguos
capitanes comuneros, todos ellos "notables" de sus pueblos, reunieron a
su gente para combatir contra Galán. Comenzaron a usarse todas las armas
que se usan en estos casos: la calumnia, la traición, la mentira, los
rumores, las amenazas, las procesiones, las rogativas, los sermones y
cuanta canallada puedan vuestras mercedes imaginar. Se hizo rodar la
bola de que Galán era desertor del regimiento de Cartagena y que los que
le ayudaran en su empresa podían ser ahorcados. Se decía, en corrillos
de callejones y tabernas, que Galán se acostaba con sus hijas; ya hay
que agregar que esta infamia ha sido recogida por historiadores muy
empingorotados y puntillosos, como cosa cierta.

Al mismo tiempo se estimularon las deserciones de galanistas por todos
los medios. Hasta el viejo Salvador Plata, mi antiguo patrón, que había
sido uno de los Capitanes Generales y ahora estaba dispuesto a entregar
a las autoridades a su propia mamá para librarse del castigo, me mandó
decir con una mula (que había sido mi amante), que si yo desertaba de
las filas de Galán y regresaba a su hacienda recibiría un premio muy
sabroso y no tendría que trabajar nunca más en mi vida. No puedo
reproducir aquí mi respuesta, por respeto a las señoras y a las
señoritas, pero dejo constancia de que me quedé acompañando a Galán,
pues aunque tenía mis dudas acerca de su capacidad como líder, siempre
admiré su rebeldía y su voluntad de luchar contra las injusticias.

Por desgracia, Galán había estado fuera del epicentro de la rebelión
durante largo tiempo. Desconocía, por lo tanto, todo lo que había
ocurrido allí desde la firma de las famosas Capitulaciones entre la Real
Audiencia y el movimiento Comunero. Y lo que había ocurrido era mucho y
muy grave, como lo voy a explicar en tres rebuznos.

Cuando se firmaron la Capitulaciones, el campo del régimen estaba
bastante maltrecho: el virrey estaba en Cartagena, ausente de la
capital; el Visitador iba huyendo hacia Cartagena, más asustado que una
gallina en baile de perros; los oidores de la Real Audiencia,
temblorosos y avergonzados, sentían que le debían la vida y el honor al
arzobispo Caballero y Góngora, que había resuelto todo con un par de
maniobras maquiavélicas; y el arzobispo, en fin, con una enorme
autoridad moral ante todos, pero con el problemita de tener que dirigir
la restauración sin contar formalmente con la autoridad política y, lo
que es peor, con el problemita de tener que organizar la anulación de
las Capitulaciones sin aparecer él mismo como un instigador de la
traición.

El arzobispo puso manos a la obra siguiendo una de las máximas más
geniales de la teoría política: "cuando hay crisis y todos están
vacilantes, el que primero tome la iniciativa se queda con el poder".
Con mucha habilidad combinó esa máxima con esta otra: "cuando hay crisis
y todas las fuerzas políticas y militares pierden capacidad de acción,
es posible dirigir al pueblo recurriendo a sus prejuicios, temores,
creencias religiosas o tradiciones culturales". Así pues, como no había
ejército del régimen, ni milicias capaces de enfrentarse a los rebeldes
que, por otra parte, habían disuelto su propio ejército y regresado a
sus casas a esperar que se les cumplieran las Capitulaciones, el
arzobispo organizó en un par de días un batallón de frailes capuchinos
predicadores y los mandó en misión a los pueblos comuneros. Allá
llegaron, dirigidos por fray Joaquín de Finestrad, un religioso
fanático, atrevido, flaco y con cara de cuervo, con una voz tronante y
una elocuencia demoledora. El padre Finestrad iba reuniendo a la gente,
pueblo por pueblo, y les echaba unos sermones apocalípticos en los
cuales demostraba que el pecado de rebelión era peor que todos pecados
de Sodoma y Gomorra juntos y que los rebeldes iban a para al círculo más
espantoso del infierno. Allí los esperaban los demonios más
terroríficos, con tenazas al rojo vivo, con tenedores cuyas puntos roían
las carnes como el ácido nítrico, con látigos hechos del fuego del
trueno (porque en aquella época no existía el rayo láser) y otras
bagatelas por el estilo. Oyendo estos sermones, las viejas se desmayaban
y los niños lloraban y las señoritas se accidentaban y los señores se
meaban. Las gentes sencillas comenzaron a preguntarse qué clase de
malvados eran esos Capitanes Comuneros que los habían hecho cometer tan
horrendos pecados. Por su parte, los Capitanes Comuneros comenzaron a
preguntarse qué podían hacer para librarse de ser linchados por una
muchedumbre cada día más excitada en su afán de lavar sus culpas ante
los ojos del Rey y de Dios.

Como resultado de todo eso, muy pronto consiguieron los dulces frailes
capuchinos que pueblos enteros, con sus capitanes y toda su gente,
levantaran actas solemnes firmadas colectivamente ante notario público,
arrepintiéndose de sus pecados y prometiendo pagar indemnización al Rey
Nuestro Señor. Porque es bien sabido que lo que uno le debe a Dios se lo
tiene que pagar al César en moneda contante y sonante, para que la
contabilidad del Cielo pueda funcionar correctamente.

La nueva situación le creó un terrible problema a los Capitanes
comuneros que todavía trabajaban para consolidar el cumplimiento de las
Capitulaciones. Estos eran, tal vez, unos cincuenta o sesenta jefes que
seguían las indicaciones del generalísimo Juan Francisco Berbeo. Pero
ese grupo ya se encontraba en inferioridad de condiciones, desde que
varios Capitanes Generales, aterrorizados por la perspectiva de una
represión gubernamental, habían comenzado a desertar y a clamar con
estrépito que ellos siempre habían sido leales y que habían aceptado sus
cargos de capitanes solamente para contener al pueblo y obligarlo a
obedecer al Rey. De manera que los capitanes que seguían a Berbeo se
vieron obligados a actuar en silencio, casi clandestinamente, y poco a
poco fueron renunciando a sus capitanías, presionados por la tremenda
oleada restauradora.

En estas condiciones, Galán cometió uno de sus peores errores políticos.
Reunió a una masa de sus seguidores en El Socorro, la villa que había
sido cuartel general de la rebelión y que ahora estaba bajo el control
de los capitanes vacilantes. Allí se juntaron el día 12 de septiembre de
1781 unos ochocientos hombres del pueblo, procedentes de varias
parroquias y lugares, exigiendo a grito pelado que los capitanes les
entregaran las armas y sus títulos, para proceder a nombrar nuevos
capitanes que fueran leales al pueblo. Se produjo en consecuencia un
tumulto más o menos violento, los capitanes atacados se atrincheraron en
la sala del Cabildo y allí acudieron en su defensa todas las autoridades
reales y todas las personas notables del lugar. Al finalizar el día,
Galán y su seguidores habían conseguido que todos los capitanes
vacilantes ya no vacilaran más: todos se habían pasado al lado del
régimen y a partir de ese momento se organizaban para iniciar la cacería
implacable contra José Antonio Galán.

Las fuerzas galanistas fueron reduciéndose cada vez más, acosadas por la
persecución. Galán, en un acto desesperado, levantó la bandera del Rey
de España y abandonó la bandera roja de la rebelión, para dar a entender
que su movimiento era leal a la Corona. Ya era demasiado tarde.
Solamente veinte seguidores lo acompañaban cuando emprendió su retirada
hacia los Llanos orientales, el 10 de octubre de 1781. Al día siguiente,
en horas de la madrugada, cayó capturado por quienes habían sido
Capitanes Generales del Común y ahora eran oficiales militares del
régimen: Salvador Plata, Francisco Rosillo, Juan Bernardo Plata de
Acevedo y Pedro Alejandro de la Prada. Galán había cometido, en su fuga,
un último error: marchar sin espías y dormir sin centinelas.

Entretanto, el astuto arzobispo Caballero y Góngora había ido trepando
por la escalera del poder. Moviendo amigos y compadres en la Corte de
Madrid logró que el Rey se convenciera de que todos los oidores de la
Real Audiencia de Santa Fe eran una partida de cretinos, lo cual, por lo
demás, era muy fácil de comprobar. El Rey don Carlos Tercero expidió una
orden en la cual disponía los señores oidores no debían tomar
absolutamente ninguna decisión de orden público sin consultar con el
arzobispo. El ilustre prelado decidió inmediatamente que había que
publicar un indulto general y amnistía total en favor de los rebeldes
comuneros, e hizo saber al pueblo, por medio de sus curas y frailes, que
ésta había sido una iniciativa de él a pesar de la oposición de los
oidores. El señor Visitador, que antes había huido como un cobarde, pero
ahora regresaba heroicamente al constatar que ya no había peligro para
él, puso el grito en el cielo y dijo que era inaceptable, inadmisible e
insoportable este indulto, y que los comuneros debían ser colgados de
los árboles hasta que se murieran de muerte natural. El arzobispo no se
dignó responderle. Manejó con prudencia los rencores y odios entre los
oidores y el Visitador, y entonces la Real Audiencia le contestó al
Visitador diciéndole que era un estúpido y un torpe, que no molestara
más la paciencia y que no se hiciera el valiente porque todos sabían qué
clase de cobarde era.

El Visitador respondió a su vez que los oidores eran traidores al Rey,
porque habían firmado unas Capitulaciones que eran nulas y no valían
nada, porque habían sido arrancadas por la fuerza, y que por lo tanto
había que declararlas abolidas y sin validez alguna. Los oidores
volvieron a contestarle, explicándole que eso de la nulidad de las
Capitulaciones era cosa muy sabida, y que era propio de imbéciles
pregonarlo en público porque el público podría darse cuenta de la trampa
y sublevarse nuevamente. Que ellos le rogaban muy comedidamente que se
callara la boca, que no fuera tan idiota, que no pusiera más en peligro
lo poco que se había logrado en la pacificación del Reino y, en fin, que
se fuera a comer mierda.

El arzobispo se mantenía silencioso, pues, mientras el Visitador y los
oidores andaban como perros y gatos. El pueblo aprovechó esto para
reírse a su gusto, y en todas las cabezas fue entrando la idea de que el
arzobispo era la única persona capaz de garantizar la calma y la
tranquilidad.

Ya había comenzado el proceso contra Galán y sus compañeros, y los
ineptos ministros de Su Graciosa Majestad no sabían qué hacer con los
reos. Unos decían que el indulto general debía beneficiarlos. Otros
decían que no, porque ellos habían iniciado una nueva rebelión y el
indulto existente solamente valía para la primera rebelión. Consultado
el señor Arzobispo, indicó que era necesario castigar ejemplarmente a
unos pocos para escarmiento de todos, abriendo cristianamente los brazos
del amor y la reconciliación para el resto. Los oidores entendieron esto
como pudieron, y dictaron sentencia de muerte contra José Antonio Galán,
peón y jornalero, Lorenzo Alcantuz, campesino, Isidro Molina, tejedor y
Manuel José Ortiz Manosalbas, portero del Cabildo del Socorro.

Fueron ejecutados en la Plaza Mayor de Santa Fe de Bogotá, el 1 de
febrero de 1782. Sus cabezas y miembros fueron cortados y se colocaron
en picas en distintos lugares del Reino, para escarmiento y espanto de
los pueblos. La descendencia de Galán fue declarada "infame" y su casa
fue sembrada de sal.

Pero todavía quedaba mucho por hacer. Unos cuantos rebeldes fueron
enviados a los presidios de Africa, y otros recibieron el perdón a
cambio de irse a colonizar el Darién, donde murieron de peste en unos
pocos años. Y aun así, el poder del régimen seguía resquebrajado. Los
conflictos y chismes en la cúpula del poder eran pan de todos los días.
La incertidumbre era grande y no se sabía en que iría a parar todo ese
despelote.

Los acontecimientos se precipitaron cuando el virrey Flores presentó su
renuncia irrevocable, aduciendo sus numerosas enfermedades y achaques,
pero en realidad obedeciendo a una insinuación del señor Ministro de
Indias, don José de Gálvez, compadre del arzobispo Caballero y Góngora.
La renuncia del virrey fue aceptada de inmediato y el sucesor, el
mariscal don Juan de Torrezar Díaz Pimienta, un viejito valetudinario
casado con una niña de diecisiete años, emprendió el viaje desde
Cartagena hacia la vetusta y sombría capital del Reino, Santa Fe de
Bogotá.

Cualquiera podría pensar que esto era un obstáculo para el arzobispo
Caballero y Góngora. Nada de eso, mis amigos. Su Señoría Ilustrísima
salió a recibir al nuevo virrey a la villa de Honda, sobre el río
Magdalena, y allí le dispensó una espléndida hospitalidad que incluía,
por supuesto, el desayuno, las meriendas, el almuerzo y la cena. El
único detalle es que el virrey comía pero el arzobispo no, porque el
arzobispo decía que se sentía mal del estómago, y el virrey decía que
él, por su parte, se sentía muy bien del estómago.

¡No lo hubiera dicho! Cuando, una semana más tarde, el virrey emprendió
el camino de Honda hacia Santa Fe, iba sintiéndose muy mal del estómago,
en tanto que nuestro querido arzobispo, que no había comido nada, se
sentía muy bien del estómago. Son esas paradojas raras que tienen
vuestras mercedes y que yo, pobre burro, nunca he podido entender muy
bien.

El hecho es que el pobre don Juan de Torrezar Díaz Pimienta murió en
medio de una agonía terrible, echando pus putrefacta por boca, narices,
uretra y recto ("por las cuatro vías", dice el documento oficial),
exactamente el mismo día que llegó a la Capital, sin tener tiempo a
posesionarse como virrey del Nuevo Reino de Granada.

El odiado Visitador Gutiérrez de Piñeres pretendió dar un golpe de
estado quedándose con el poder, aprovechando que nuestro amable
arzobispo todavía no regresaba de Honda. Pero no contaba con la decisión
y la astucia de Su Señoría Ilustrísima, quien llegó reventando mulas y
exigiendo que se cumpliera con la orden del Rey según la cual todo tenía
que hacerse consultando al arzobispo. "Bueno, dijeron los oidores,
entonces aquí consultamos a Su Ilustrísima: ¿Qué aconseja?"

"Aconsejo, respondió con calma el señor Arzobispo, que se abra ya mismo
el Pliego de Sucesión en el Mando, en donde consta el nombre del Sucesor
en el cargo de virrey para el caso de muerte del señor Pimienta". Los
oidores se miraron los unos a los otros con sus caras de costumbre, o
sea de imbéciles, y acordaron abrir el Pliego de Sucesión. Y ¡Oh,
milagro!, el Pliego de Sucesión indicaba que si don Juan de Torrezar
Díaz Pimienta se moría, del estómago o de lo que fuera, el sucesor en el
cargo de virrey sería el Ilustrísimo Señor Arzobispo Don Antonio
Caballero y Góngora.

¡Quién lo hubiera imaginado! ¡Qué suerte tuvimos! Imaginen vuestras
mercedes lo que habría pasado si el arzobispo no se hubiera sentido mal
del estómago en Honda: pues habría comido lo mismo que el virrey
Pimienta y habría sufrido la misma indigestión y se habría muerto junto
con él, echando pus putrefacta por las cuatro vías. Y el maldito
Visitador se habría quedado con el poder y estaríamos todos a mal traer.

El señor arzobispo se hizo cargo del virreinato con toda solemnidad. Su
gobierno fue ilustrado. Organizó y protegió la Expedición Botánica, que
es lo mejor que se ha hecho en toda la historia de la Nueva Granada. Dio
empleos de confianza a criollos y mestizos y, sin quererlo, los preparó
intelectualmente para dirigir el país, formando así la primera
generación de granadinos dispuesta a romper los vínculos del coloniaje.
Hizo reformas muy progresistas en la escuela y en la universidad. Abrió
nuevos caminos y vías de comunicación, especialmente con los vecinos de
Venezuela. En resumen, fue un gobernante ilustrado que contribuyó más
que ninguno de sus colegas de la época colonial a la formación de la
conciencia nacional granadina.

La magnifica biblioteca de Don Antonio Caballero y Góngora, que incluía
la obra íntegra de los Enciclopedistas franceses, sería hoy uno de los
grandes tesoros culturales de Colombia, de no mediar la desgraciada
circunstancia de haber sido consumida por el fuego el 9 de abril de
1948, aquel día terrible en que fue asesinado el líder popular Jorge
Eliécer Gaitán y el pueblo, dominado por una indignación incontrolable,
se lanzó a la destrucción de la capital. Yo recuerdo muy bien esa fecha,
porque el 9 de abril nos sorprendió a mi patrón y a mí en la calle. Mi
patrón era un vendedor de verduras y yo era su secretario de
transportes. Vivíamos ahí arriba, en el barrio Egipto, a pocas cuadras
del Palacio de San Carlos. Salimos a la una y media de la tarde, a
participar en el saqueo general, frenéticos de cólera porque nos habían
matado a nuestro caudillo. Al promediar la tarde mi patrón había sido
abatido por la metralla y su cuerpo, aplastado por los tanques de
guerra, era apenas una masa informe sobre las baldosas de la Plaza de
Bolívar, ahí donde muchos años antes había sido ejecutado José Antonio
Galán.

Y aquí no acaba la historia. Una partida de energúmenos me rodeó y ya me
iban a hacer pedazos a golpes de machete, cuando apareció un grupo de
combatientes del pueblo liberal y me salvó la vida. Con ellos venía un
niño de nueve años de edad, que se había perdido en el tumulto y que
ellos habían protegido de la matanza. Ese niño y yo nos hicimos buenos
amigos desde el primer momento. Nos unió el miedo, la identidad de
nuestro desamparo y la conciencia común de estar hundidos en la misma
mierda desde el fondo de la historia. Ese niño es ahora un señor de 57
años y se llama Carlos Vidales. Es el viejo cascarrabias que me ha
prestado su ordenador, a regañadientes, para que yo comparta algunos de
mis recuerdos con vuestras mercedes.

Aquí termina mi primera ronda. Volveré a tener el gusto de rebuznar mis
memorias después de que otros amigos de don Carlos hagan uso del
teclado. Un saludo muy cariñoso a todos mis fieles lectores.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
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2005-08-19 17:29:02 UTC
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El mensaje sobre este contiene las memorias del burro,
parte VII, y no las sandeces de la mariconi....
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2005-08-19 19:51:49 UTC
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Memorias de un burro


VIII- Memoria de un secuestro

(Donde se muestra que el amor es más poderoso que la maldad; que las
revoluciones fracasan cuando atentan contra la gente y causan dolor a
los burros; que una mujer valiente vale más que cien secuestradores
disfrazados de políticos; y que los derechos humanos valen para todos,
incluyendo los sapos.)


Tengo el gusto de reiniciar la tertulia con vuestras mercedes,
aprovechando que el ordenador de don Carlos Vidales ha quedado libre.
Ocurre que la culebra Margarita se ha escondido cobardemente debajo de
la cama por culpa del sapo Hugo. El asunto es tenebroso y exige una
explicación.

Como se ha de recordar, Margarita se puso a decir verdades
inconvenientes sobre las intrigas y maniobras desleales del sapo Hugo en
la época de las guerras de independencia. Este batracio despreciable
era un doble agente, que vendía calumnias contra todos y causó muchos
problemas al infiltrarse en las filas patriotas cuando estaba a sueldo
de los españoles. Después fue contratado como alcahuete de los
comerciantes suecos que vendían armamento en la región para que
vuestras mercedes pudieran matarse los unos a los otros con más
eficacia. Esto fue, en suma, lo que contó la culebra Margarita,
olvidándose de agregar que el sapo Hugo era desagradable, malévolo,
rastrero, sarnoso, ignorante, pretencioso, cobarde, mentiroso y cabrón,
todo al mismo tiempo y siempre de tiempo completo.

Pues bien, sucede que un sujeto se ha sentido aludido y ha amenazado con
las represalias más espantosas. De nada ha valido asegurarle, jurarle y
garantizarle que nosotros no escribimos sobre sapos de ahora sino sobre
sapos históricos que ya están muertos. No, el hombre jura que va a
traer a Estocolmo al hijo de un guerrillero famoso para que ajuste
cuentas con don Carlos Vidales. Dice que todo lo que escribe la culebra
Margarita es por incitación de don Carlos y que por lo tanto es él
quien tiene que pagar por el ultraje que se le ha inferido. Como
resultado de todo esto, la culebra vive ahora escondida, muerta de
miedo, debajo de la cama de don Carlos, quien dice que si viene el Hijo
del Guerrillero, le conviene venir con buenos modos porque el terrorismo
está muy mal visto por aquí.

Yo, por mi parte, hablo de personajes históricos, de manera que no
tengo por qué sentir temor alguno. De todos modos, para que nadie tenga
dudas, dejo aquí expresa constancia de que cualquier semejanza del sapo
que aparece en esta narración con cualquier enemigo de don Carlos, vivo
o muerto, será pura coincidencia accidental e involuntaria, sin el
menor asomo de malicia. Hecha esta aclaración, iniciaré mi relato.

He escogido para hoy el tema del secuestro por razones muy obvias. Todos
sabemos muy bien que en Colombia no se secuestra a nadie. En ese bello
país son retenidas contra su voluntad unas tres mil personas cada año,
con los inconvenientes que son de imaginar, pero afortunadamente no se
registra ni un solo secuestro desde hace muchísimo tiempo. El tema,
pues, es lo suficientemente exótico y alejado de nuestra monótona
realidad cotidiana como para merecer un espacio en estas memorias
rebuznadas.

El secuestro que les voy a relatar está ampliamente documentado en los
archivos históricos y en los periódicos y cartas de la época.
Vuestras mercedes pueden correr a verificar mis afirmaciones y
convencerse de una vez por todas de que aquí se rebuzna la verdad, toda
la verdad y nada más que la verdad. Oigan bien.

Un día de 1841 iba cabalgando en su rocín un distinguido caballero, el
sueco don Pedro Nisser, por el camino de tierra que unía a Sonsón con
Medellín, allá en las hermosas y agrestes montañas antioqueñas. Don
Pedro Nisser era un médico, farmacéutico, mineralogista, ingeniero,
empresario y aventurero curioso, que había llegado a la Nueva Granada
en 1825, en calidad de mecánico, en compañía de otros compatriotas
suyos, a buscar fortuna. Como era hombre de suerte, Pedro (quien por
esos días se hacía llamar con el extraño nombre de Peter), muy pronto
se encontró dos minas de oro en esas montañas misteriosas:

La primera fue una veta de mineral junto a las orillas del río Anorí,
que le sirvió para establecer su empresa, la "Río Anorí Gold Stream
Works Company", con capitales ingleses, suecos y colombianos,
multinacional que le financió los frijoles y el plátano frito durante
unos dos años, al cabo de los cuales se fue todo al diablo porque la
veta resultó ser pobre;

La segunda fue una muchacha paisa de 18 años de edad que un día lo
vió pasar frente a su ventana y exclamó: "¡Eh, Ave María, qué
gringo tan bizcocho, pues! Eso es ni más ni menos lo que me ha recetao
el médico, pues! ¡Ah, no, yo sí me tengo que casar con este papacito
a como dé lugar, pues!" Y como la muchacha era de armas tomar, salió
ahí mismo, se presentó al supuesto gringo, lo sedujo y se casó con
él.

Si la primera mina de oro era una veta pobre, la segunda era un caudal
de tesoros inagotables. Bella, simpática, valiente, honrada, diligente,
sincera, espontánea, enérgica, inteligente, leal, buena
administradora, incansable trabajadora y absolutamente millonaria. De
manera que don Peter Nisser, después de pensarlo un ratico, se resignó
a aceptar su destino, civilizó su nombre convirtiéndolo en Pedro y se
dedicó a ser feliz. Vivía en Sonsón con su amada María Martínez de
Nisser (que así se llamaba la paisita que lo había cazado), y se
ganaba la vida haciendo mapas, arreglando herramientas, curando enfermos
y explorando los montes donde todavía no había llegado la planta del
paisa. La vida era bonita, el país era bello, él no se metía en las
revoluciones, golpes de estado, asonadas y motines en que se divertían
los nativos, todo era paz y sosiego en su corazón.

Esto iba recordando y pensando don Pedro Nisser cuando cabalgaba sobre
su rocín. Iba de Sonsón a Medellín, a atender la oficina de Salud
Pública, donde prestaba sus servicios de matasanos y jefe. Yo caminaba
detrás, cargando unos bultos de papas y maíz que doña María
Martínez de Nisser enviaba como regalo para los pobres.

Pero héte aquí que de repente, sorpresivamente, brutalmente, salieron
de la espesura del bosque cercano unos cien hombres armados con
pistolas, machetes, sables, cuchillos y otros objetos contundentes,
cortantes, hirientes e insultantes. Sin darnos tiempo a decir ni "pío"
(lo cual, por otra parte no era nuestra intención porque nunca hemos
tenido la aberración de creernos pollos), nos capturaron, nos
declararon secuestrados en nombre de la Revolución y nos condujeron,
empujándonos con palabras vulgares y ademanes imperativos hasta el
pueblo de Río Negro, donde encerraron a don Pedro Nisser en una oscura
casucha, sin más comida que una miserable ración de frijoles con
marrano, aguacate, huevos fritos, arroz, plátano, garra, natilla,
arepas con mantequilla y una jarra de chicha. Al pobre rocín lo
pusieron a cargar a un comandante revolucionario gordo como un
hipopótamo y a mí, por suerte, solamente me obligaron a transportar
tres cajas de fusiles de chispa, dos docenas de trabucos y una resma de
calzones que el jefe de la Revolución llevaba para sus queridas.

Los revolucionarios acababan de iniciar su movimiento y se llamaban a
sí mismos El Partido de los Colorados. Usaban una bandera roja para
indicar que eran liberales, masones y comecuras, enemigos de las fuerzas
cavernícolas y retrógradas que pretendían retrotraer el país al
oscurantismo medieval. O sea, los godos malditos.

Cualquiera podría suponer, a la lectura de esta crónica, que el
interrogatorio de don Pedro Nisser fue un modelo de la Ilustración, en
congruencia con los altos designios y filantrópicos objetivos de estos
campeones de la razón. Pero no. Algún error debe haberse cometido en
alguna parte, porque el diálogo fue más o menos así:

— A ver pues, usté, párese ahí, y diga su nombre parao.
— Mi nombre es Pedro Nisser y vale lo mismo cuando estoy parao, sentao
o acostao.
— ¿O sea que usté es gringo, con perdón de la palabra, pues?
— No, señor. Soy sueco.
— ¡Ah, de Suiza!
— No, de Suecia.
— La misma vaina. ¡O paga rescate, o aquí se pudre, pues!
— No pago nada. Yo soy extranjero, no tengo que ver nada con sus
peleas políticas y tengo derecho a que se respete mi neutralidad.
Además, en mi país soy liberal y eso deberían ustedes tener en
cuenta, que se dicen liberales.
— ¿Neutralidad? ¡No se venga a hacer el sueco, carajo! ¡Aquí pagan
todos, o se pudren todos, pues!


Y así por ese estilo se fue deslizando la conversación, que no pude
oír entera porque en ese momento uno de los comandantes revolucionarios
me dio un rebencazo en el culo para que me diera prisa con las labores
del transporte. Yo, que siempre he sido amigo de la Revolución, sentí
que la realidad se había vuelto un poquito maluca y surrealista. Tuve
ganas de preguntarles a esos señores cómo era eso de hacer una
revolución contra la gente pacífica y los animalitos honorables, pero
en ese instante me cayó otro rebencazo, esta vez a la altura de la
tercera vértebra lumbar, con resultado de fuertes y agudos dolores en
la región pélvico-renal posterior izquierda. Dicho sea con perdón de
las señoras y señoritas.

Amargado y triste me encomendé San Rebuznel y esa noche le dirigí las
más devotas oraciones. Mis ruegos dieron fruto, porque a la mañana
siguiente me vinieron a buscar, me pusieron una enjalma y me mandaron
para Sonsón con un muchachito mensajero sentado en mi lomo. Llevábamos
una carta para la dulce esposa de don Pedro Nisser, doña María
Martínez de Nisser, en la cual se decía, con mala letra y peor
ortografía, que si no pagaba un cojonal de pesos fuertes por el rescate
de su marido, se lo iban a devolver en forma de chicharrones.

Apenas leyó la carta, doña María Martínez de Nisser envió
mensajeros para llamar a dos de sus hermanos, conocidos en toda la
región por ser valientes, parranderos y jugadores como Juan
Charrasqueado. Y dos días más tarde, a la hora más concurrida del
pueblo, entró doña María Martínez de Nisser cabalgando en Sonsón,
flanqueada por sus hermanos charrasqueados, dejando a toda la paisanada
estupefacta y boquiabierta. Se había vestido con los colores de Suecia,
eh Ave María pues, con un vestido de montar azul con franjas amarillas
pues, y con una cinta roja alrededor del sombrero para que se viera que
ella también podía ser colorada pues, y con una leyenda dorada en la
cinta que decía: "Morir por la Patria es la primera virtud", pues. Como
de costumbre, yo iba ahí detrás con unos fardos de papas y maíz para
los pobres, de modo que prácticamente todo el pueblo se juntó para
admirar la moda sueca de doña María Martínez de Nisser, para recibir
un tantico de papa o de maíz y para oír el discurso de nuestra
heroína.

¡Y eso sí que fue discurso! Con voz cristalina y enérgica contó lo
que había pasado, conmovió a las almas generosas de los paisas con el
relato del odioso secuestro de su bizcocho, perdón, de su marido,
excitó a la generosidad de todos esos corazones buenos, inflamó el
patriotismo de la muchedumbre y así, apenas terminó de hablar, unos
cien hombres, la mayoría jóvenes, se presentaron espontáneamente para
enrolarse en las tropas cívicas que iban a rescatar a la brava el
bizcocho sueco de doña María Martínez de Nisser.

Antes de que transcurrieran veinticuatro horas la valiente paisita
tenía bajo sus órdenes un ejército de doscientos cincuenta
voluntarios animosos y resueltos. Doña María y sus dos hermanos
charrasqueados decidieron que una fuerza tan grande debía ser comandada
por un militar de carrera para garantizar el buen orden y la disciplina.
Se decidió que el capitán Henao, un joven veterano de varias guerras
civiles, muy eficiente y bastante conocido por su sentido humanitario,
fuera contratado para este cargo. El capitán Henao aceptó y se puso
desde el primer momento a las órdenes de la generala María Martínez
de Nisser, quien tenía derecho a ese título porque era ella quien
pagaba la cuenta.

Rápidamente se trazó la estrategia de la campaña, con la genialidad
propia de la gente que lucha por defender lo que es suyo. Se envió un
desafío insolente a los revolucionarios, citándolos a una batalla en
toda regla. Yo mismo llevé el mensaje y recuerdo las risotadas de los
señores comandantes del Partido de los Colorados ante la desfachatez de
sus adversarios. El ejército de la generala María Martínez de Nisser
se componía de doscientos cincuenta reclutas inexpertos, con un total
de cien fusiles de chispa y unos treinta trabucos. El Partido de los
Colorados, en cambio, constaba de ochocientos valientes veteranos,
porque muchos de ellos venían luchando por la Revolución desde hacía
muchos años, participando en heroicos macheteos y masacres gloriosas.
Por esta razón, muy seguros de sí mismos y convencidos de que los
amigos de doña María Martínez de Nisser éramos unos pollos mojados,
los secuestradores revolucionarios aceptaron el desafío y se movieron
en persecución de nuestra gente.

La generala María Martínez de Nisser movió entonces su ejército en
dirección a Salamina, uno de los pueblos más bellos de la Nueva
Granada, trepado allá en la cima de una de las montañas más bellas de
la galaxia. Llegó allí a tiempo para organizar la defensa, poniendo
francotiradores en cada hueco del monte, por las breñas que era preciso
trepar para llegar al pueblo. En el centro de la plaza instaló el
hospital de campaña y la enfermería. Todas las mujeres ayudaron a
preparar vendajes, gasas con yodo y botellas con alcohol. Las
instrucciones eran precisas: se atendería por igual a todos los
heridos, amigos o enemigos, sin ningún privilegio de rango, colores o
banderas.

También se preparó en el pueblo una despensa con abundantes raciones
de comida para atender a los prisioneros de manera humanitaria y
generosa. Ahí me tocó trabajar bastante con las cargas de alimentos y
víveres. Precisamente en el momento en que todo quedaba en su sitio,
sonó la corneta anunciando la llegada del enemigo. Confieso a vuestras
mercedes que aunque soy un burro pacífico, esa vez preparé mis cascos
para darle unas buenas patadas en la región glútea, o en su defecto en
el área testículo-inguinal, al secuestrador revolucionario que me
había lastimado los riñones con su rebenque. Afortunadamente no fue
necesario rebajarse a un nivel tan vulgar, porque antes de que nos
diéramos cuenta ya teníamos al enemigo derrotado y rendido.

Porque, como dice el refrán, la arrogancia anuncia su propia
catástrofe. Llegaron los Colorados echando gritos de triunfo y
comenzaron su ataque de manera atropellada y alevosa. Respondieron
nuestros francotiradores desde sus agujeros y les hicieron multitud de
agujeros a los atacantes. Cundió entre ellos el desánimo, la
turbación, la confusión y el desorden. Cundió en nuestras filas el
entusiasmo, la energía, el optimismo y el espíritu de disciplina. El
capitán Henao dio el primer ejemplo, proponiendo medidas excelentes y
oportunas, mientras la generala se lucía dando órdenes acertadas y
enfrentándose con el sable en la mano a los secuestradores de su
bizcocho sueco.

Tres horas bastaron para destruir a los malhechores. Veinticuatro
oficiales y ciento treinta hombres fueron capturados. Casi trescientos
heridos fueron atendidos de inmediato, bajo la atención diligente de la
generala. Fue esta la única guerra civil neogranadina de ese período
en que los vencidos recibieron trato humanitario.

Don Pedro Nisser fue liberado de inmediato de los grilletes del
secuestro y se le pusieron nuevamente las cadenas del matrimonio, para
jolgorio de todos los presentes y escarmiento de las generaciones
venideras.

Don Pedro no era nada tonto. Había escrito y publicado un trabajo sobre
las técnicas de la minería del oro en Colombia, que ningún colombiano
había leído por falta de interés, pero que fue premiado por el Zar de
Rusia con una gran medalla de oro. Ahora, el Congreso de la Nueva
Granada enviaba otra medalla a la familia: una preciosa redondela de oro
bordeada de esmeraldas cuadrangulares, con la leyenda: "María Martínez
de Nisser, Vencedora en Salamina en 5 de mayo de 1841".

Y esto no es todo. En 1859 viajó don Pedro Nisser a lejanas tierras,
llegando hasta Australia. Allí dictó una conferencia ante la Real
Sociedad de Melbourne, a propósito de las maravillosas propiedades del
aluminio, metal que acababa de ser descubierto. Dijo entonces don Pedro
Nisser: "Si existe la posibilidad física de que la navegación aérea
pueda realizarse algún día —que una embarcación aérea navegue
sobre nuestras cabezas— entonces, con seguridad, esta embarcación
será construida de aluminio".

Nisser organizó la exposición industrial sueca en Bogotá, en 1875,
que fue todo un acontecimiento en la vida colombiana. La generala, doña
María Martínez de Nisser, había muerto en 1872, sin dejar hijos, pero
en toda la región de Sonsón y Salamina las gentes la querían como a
una Mamá Grande.

Yo he recordado este episodio en una de nuestras conversaciones en casa
de don Carlos Vidales, entre tragos de ron y tequila. La discusión
posterior ha sido ardua y densa. La cucaracha Victoriana Huerta dice que
los pobres revolucionarios fueron derrotados por una vieja reaccionaria
y gobiernista. La culebra Margarita dice que doña María Martínez de
Nisser es un ejemplo de amor y que una hembra que lucha por su macho de
esa manera merece el aplauso universal. Don Carlos Vidales dice que el
maldito gobierno era incapaz de gobernar, porque con sus injusticias
había provocado la revolución y luego con su incapacidad había dejado
el camino abierto para la formación de ejércitos particulares. Y
agrega que, además, los que secuestran a una persona inocente, civil y
neutral, no tienen derecho de llamarse revolucionarios aunque anden por
ahí agitando diez mil banderas rojas. Yo, por mi parte, digo que don
Pedro Nisser era una excelente persona, que amó a Colombia y a su
pueblo de una manera sincera y cálida. Y digo también que todavía me
duele la región renal y que si alguna vez regreso a Salamina buscaré
el esqueleto del cabrón que me dio el rebencazo para darle una patada
en los huesos del culo. Y el sapo Hugo confiesa que todo el episodio fue
un buen negocio para él, porque le vendió a buen precio información
al gobierno sueco, al mismo tiempo que se hacía amigo de los Colorados
y les cobraba favores a cambio de defenderles los derechos humanos. Se
lamenta, eso sí, de que la generala doña María Martínez de Nisser
haya sido tan humanitaria con los rebeldes, porque eso lo dejó a él
sin trabajo y tuvo que irse a ofrecer sus servicios a otra región donde
la guerra sí se hacía "de veras". Pero bueno, esa es otra historia que
por ahora no viene a cuento aquí. Sean vuestras mercedes felices con
sus respectivos bizcochos.


Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Super User For Ever
2005-08-22 19:05:54 UTC
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LA IMPORTANCIA DEL BURRO PANTXO Y SUS AMISTADES....
pm wrote:


Memorias de un burro


IX- Mi amigo Pedro Fermín (I)

(Donde se narra cómo trabé amistad con este conspirador distraído y
aventurero, lleno de entusiasmo por su país y muy entendido en libros,
plantas medicinales, pasaportes falsos y venenos de serpientes.)


Dirán vuestras mercedes que yo salto de un tiempo a otro,
caóticamente, de aquí para allá, como una gallina picando sus granos
de maíz, de modo arbitrario y sin sistema aparente. Dirán que la
historia ha de escribirse por orden, hora por hora, día tras día.
Dirán que si ya conté la historia de los Comuneros de la Nueva
Granada, correspondería que pasara a los precursores de la
independencia y después a las guerras de emancipación y después a la
formación de la república y así sucesivamente. Dirán que crea
confusión saltar de una época a otra sin previo aviso y que mis
memorias pierden rigor científico con esta manera de tratar el proceso
dialéctico del materialismo histórico.

En fin, dirán vuestras mercedes lo que les dé la gana. Yo escribo en
el orden que mis sentimientos indican y mis sentimientos funcionan a la
par de mis recuerdos. Es el único orden que yo le reconozco a la
historia que es, para decirlo bien y pronto, la historia de los que
sufren y trabajan por un mundo mejor.

Ahora, por ejemplo, se me ocurre que podríamos hacer un salto desde los
Comuneros hasta don Pedro Fermín de Vargas, uno de mis mejores amigos y
uno de los tipos más inteligentes que he conocido.

El salto no es muy grande, porque don Pedro Fermín nació en la villa
de San Gil, tierra comunera, el 3 de julio de 1762, de manera que cuando
los comuneros armaron su escándalo don Pedro Fermín era un jovencito
de 19 años.

Varios parientes cercanos y lejanos de la familia Vargas fueron
capitanes comuneros, de modo que por el lado del papá había algunas
razones para ser rebelde. Por el lado de la mamá, doña Laura
Sarmiento, una mestiza con más mechas de india que de blanca, también
hubo un pariente con mando de capitán. Y por el lado de los primos, los
Uribe, solamente hay que decir que esa era una parentela gigantesca, con
ramificaciones por todo el territorio comunero. Los famosos "magnates de
la plazuela" del Socorro, instigadores de la rebelión de 1781, eran
precisamente miebros destacados de esa parentela.

Pero el salto siempre es un poquito grande, porque resulta que don Pedro
Fermín no tuvo ninguna participación en el gigantesco movimiento
comunero. Varios años después me confesó que había tenido muchas
ganas de enrolarse en las filas rebeldes, pero que no le había sido
posible por tener algunos asuntos importantes que atender. Los tales
asuntos eran sus ocupaciones caseras en Girón, donde su hermano mayor,
el cura Lorenzo de Vargas, lo tuvo prácticamente secuestrado para
evitar que saliera a dárselas de subversivo por ahí.

Don Pedro Fermín había terminado sus estudios en el colegio del
Rosario, donde asistía fascinado a las clases de retórica, teología,
filosofía, física, matemáticas, gramática e historia natural. Esta
última materia le sorbía los sesos de tal manera, que solamente por el
gusto de examinar una hoja de repollo o una zanahoria se olvidaba de
comer esos deliciosos objetos de estudio. El resultado fue que el
pellejo se le puso pardo como el de las ranas de charco del valle de
Somondoco. Las de aquella época, porque las de ahora están muertas
desde hace medio siglo, víctimas de la violencia.

Como es natural, yo no conocí a don Pedro Fermín durante los días de
la rebelión. Vuestras mercedes recordarán que yo andaba de pipí
cogido con José Antonio Galán. Esto del "pipí cogido" es solamente
una metáfora neogranadina que significa "muy buena amistad y
compañerismo". Lo digo porque tengo muchos lectores de otras latitudes
que podrían interpretar mal esta imagen literaria. Además, no hubiera
sido justo ni equitativo aplicar la metáfora en la práctica porque,
puestas las cosas en la balanza de la justicia, se habría visto que
José Antonio se llevaba la mejor parte y a mí me tocaba un ínfimo
mendrugo. Dicho sea con respeto.

La verdad es que a don Pedro Fermín lo vine a conocer a fines de 1789.
Yo trabajaba por aquella época con don Ignacio Calviño Bermúdez de
Castro, gallego nacido en el puerto de Comberra pero afincado en el
virreinato de la Nueva Granada desde hacía muchos años. Don Ignacio
Calviño era terco como una mula vasca, un poquito anarquista, flaco
como un zancudo, narigón, desdentado, con unos ojos azules muy
encendidos y unas manos huesudas y grandotas, llenas de callos y de
mugre. Era generoso y trataba muy bien a sus recuas de mulas y burros,
que empleaba en el trasporte de mercancías entre las distintas
provincias del reino, especialmente entre la región del Socorro y Santa
Fe.

Don Ignacio Calviño había sido uno de los más importantes capitanes
comuneros. Fue el jefe máximo de las tropas rebeldes que se tomaron a
Puente Real y pusieron prisionero al Oidor Osorio. Con eso les digo
todo. Otro día les contaré más detalles de don Ignacio, porque esa es
una de las figuras populares olvidadas por los señores historiadores de
pescuezo fino.

Pues bien, un día de 1789, mientras le ponía las angarillas (o el
garabato, si prefieren este nombre) a una mula retacona, don Ignacio
Calviño me miró de reojo y me dijo:

— Pantxito, mañana salimos para Santa Fe, tú y yo solitos. He oído
unos rumores muy interesantes que quiero comentar con algunas personas
de mi estimación.

— ¿Qué rumores son esos, por gracia de Dios? —, le pregunté
parando la oreja izquierda (la derecha no me funciona muy bien desde que
me tocó ayudar a disparar los cañones durante la defensa de Cartagena
contra el ataque de los ingleses. Pero esa es otra historia).

— Pues... han llegado unos papeles de Francia, que mencionan revueltas
y desórdenes. Parece que se ha instalado una Convención o asamblea
popular. Dicen que el rey está en la cuerda floja y que en cualquier
momento le quitan la corona. Pero esto no se lo menciones a nadie,
porque nos pueden meter en el calabozo por andar regando estas noticias.
¡Discreción, Pantxito, discreción, es la esencia de la conspiración!

— ¿Y a quién iba yo a mencionar tales rumores, don Ignacio? Yo no
hablo con nadie más que con Su Merced y con mis treinta y cuatro
burritas. Su merced ya sabe el chisme, y a las burritas no las tengo
para hablar de política internacional, sino de asuntos más urgentes.
Yo estoy como se dice aislado, "compartimentado" y la compartimentación
es la madre de la conspiración. Así pues, conspire Su merced en
confianza aquí conmigo, que no hay nada más sabroso que compartir
secretos peligrosos.

— Así me gusta, Pantxito, veo que tu amistad con José Antonio Galán
te sirvió de algo. Pues verás, allá en la capital vive don Antonio
Nariño, con quien tengo amistad muy sincera porque es de familia
gallega como yo, es conspirador como yo y le gustan las aventuras como a
mí. Yo le vendo libros de contrabando, de cuando en cuando. Le cobro
barato, porque se los vendo después de haberlos leído. Don Antonio
tiene un club de amigos, una especie de tertulia, para discutir asuntos
más o menos subversivos. Yo estoy impaciente por hablar con él, pues
es un sujeto de gran inteligencia y estoy seguro de que me ayudará a
entender lo que está pasando en Francia.

Y así, conversando y dialogando, nos fuimos entusiasmando y en lugar de
salir al día siguiente nos pusimos en marcha esa misma noche. Llegamos
a la capital del virreinato seis días más tarde, molidos y
hambrientos, después de haber pagado peaje en cada charco, diezmos y
primicias en cada encrucijada, alcabala en cada almorzadero,
almofarijazgo en cada entrada de pueblo, sisa en cada mercado, Bula de
la Santa Cruzada en cada capilla, Gracioso Donativo en cada puesto de
alguaciles, tasa de la Armada de Barlovento en cada cruce de río, renta
para la Santa Hermandad en la puerta de cada posada y otras menudencias
similares. El resto del dinero se nos fue en limosnas, donaciones para
los frailes, velas para la Virgen de Chiquinquirá, sobornos para los
Guardas de Rentas y, por último, un peso de ocho reales que don Ignacio
Calviño despilfarró en una casa de señoritas, por ahí por Usaquén.

Don Antonio Nariño nos recibió con gran hospitalidad y benevolencia.
Era un individuo más bien feo, por no decir espantoso, con una nariz
igualita a la del rey Luis XVI (se le llama a ese esperpento "nariz
borbónica" y sirve para que a los niños les parezca la vida más
cómica). Tenía un pelo crespo de color claro, el pecho más bien
angosto y hundido, el cuerpo no muy grande y con una postura que a veces
hacía pensar en los jorobados. Pero tenía también unos ojos muy
grandes y bonitos, una mirada franca y un carácter afable, por lo menos
por aquella época. Conmigo fue muy bondadoso y estuvo acariciándome la
pelambre del cogote durante un buen rato, mientras don Ignacio Calviño
desataba el paquete de libros prohibidos que yo había cargado en mi
lomo ilustrado durante todo el viaje. Algún historiador ha escrito una
obra muy hermosa sobre "Los Navíos de la Ilustración", refiriéndose a
los barcos que llevaban los libros de contrabando al Nuevo Mundo,
fertilizando con ello el terreno en que habría de crecer el árbol de
la libertad. Me pregunto cuándo se le ocurrirá a algún investigador
inteligente escribir sobre "Los Burros de la Ilustración".

Prosigamos. Apenas don Antonio Nariño hubo escuchado las novedades
chismosas sobre los sucesos de Francia, se puso muy agitado y le dijo a
mi patrón don Ignacio:

— ¡Pues debemos informar de esto, inmediatamente, a don Pedro
Fermín! ¿Sería usted tan amable de comunicarle estas noticias sin
tardanza?

— Por supuesto, don Antonio. Ahora mismo nos ponemos en camino,
Pantxito y yo.

Al oír esto me dieron ganas de rebuznar una protesta, porque yo tenía
los cascos más machucados que rodilla de zapatero y el gaznate más
seco que beso de camello. Pero me quedé callado, pensando que
seguramente sería cosa de caminar unas cuantas cuadras hasta la
mansión del tal Pedro Fermín.

Pueden imaginar vuestras mercedes mi desazón, agobio, desesperanza,
dolor y tristeza cuando supe que el maldito Pedro Fermín vivía en
Zipaquirá, donde ocupaba el cargo de Corregidor. Más grande fue mi
amargura cuando don Antonio Nariño preparó una caja con un cojonal de
libros que yo debía cargar para que don Pedro Fermín pudiera ilustrar
su cerebro. Confieso que durante los cuarenta y tres kilómetros de
recorrido entre la casa de don Antonio Nariño y el domicilio de don
Pedro Fermín de Vargas me fui maldiciendo en silencio a todos los
conspiradores del mundo, y muy particularmente a los contrabandistas de
libros. Don Ignacio Calviño intentó levantarme el ánimo contándome
algunas de sus aventuras de juventud, allá en Galicia, cuando todavía
tenía dientes y acostumbraba morder el pescuezo a las campesinas con
que se refocilaba. Pero solamente logró que yo le respondiera, de mal
humor y peor talante:

— Pues a fe mía, Su Merced, que la viejas esas tenían el pescuezo
muy duro, porque le dejaron la dentadura como la Grecia Clásica: puras
ruinas.

Don Ignacio Calviño comprendió que era más prudente dejarme a solas
con mi rencor y se dedicó a masticar tabaco como un guanaco, sin decir
una palabra más durante todo el resto del viaje.

Si don Antonio Nariño nos había recibido bien, don Pedro Fermín de
Vargas nos recibió como si fuéramos los Reyes Magos. ¡Cuánta
cordialidad y alegría en su corazón! Pasando por encima de todos los
convencionalismos sociales, abrazó con cariño a mi patrón don Ignacio
y lo llevó del brazo hasta la caballeriza, mientras con la otra mano me
llevaba del cabestro con gran suavidad. Luego se dirigió a mí con una
voz muy cálida:

— A ver, burrito, debes venir muy cansado. Te vamos a arreglar una
buena cena y una sabrosa cama de paja en este pequeño establo, que
será tu casa mientras dure tu visita. Aquí se alojan también dos
yeguas jóvenes muy simpáticas y cuatro burritas encantadoras, que
tienen instrucciones de atenderte como si fueras un príncipe. ¡Ponte
cómodo, no hagas cumplidos!

Mi patrón don Ignacio Calviño me echó una mirada vengativa y me dijo
con sonrisa maligna:

— ¡Y ruega a Dios, burro cabrón, que la burritas tengan el pescuezo
blando!

Nos echamos a reír los tres (con lo cual se despertó todo el pueblo de
Zipaquirá, porque eran las dos de la madrugada), y yo me dediqué a
hacer la revolución sexual con mis cuatro burritas mientras don Ignacio
y don Pedro Fermín se refocilaban con sus libros subversivos y sus
chismes franceses.

A la mañana siguiente las cosas habían cambiado. Yo estaba muy
contento, descansado y satisfecho, porque no hay mejor descanso que el
cansancio de la rumba, la cumbiamba y el choli-choli. Don Ignacio estaba
triste y pensativo. Don Pedro Fermín estaba muy amable y servicial
conmigo. Se acercó varias veces a mí, me dió alfalfa en la mano y
conversó conmigo un buen rato. Era un mestizo de regular estatura, ni
muy alto ni muy bajo, con una barba negra y tupida, los ojos muy negros
y brillantes, el pelo muy negro y bien crecido, denso, grueso, la nariz
larga y recta, el color de la piel bastante plomizo. Dos detalles me
llamaron la atención: 1) No usaba peluca, como los estúpidos
petimetres de la época, y 2) Sus dientes eran hermosos, bien formados,
blancos y sin defectos.

Don Pedro Fermín se ganó mi cariño incondicional. Era
inteligentísimo, vivo, despierto, positivo, alegre y un poquito
pícaro. Ahí adentro de la casa estaba siempre su esposa, doña
Catarina Vanegas, que lo adoraba con veneración. Después he oído que
algunos historiadores la califican de "tonta", o "resignada", o "de poco
talento, de genio ardiente". A mí, burro sincero y franco, me consta
que era una mujer inteligente, bien enterada de las conspiraciones de su
marido, y que todo lo que pasó después se hizo con su pleno
conocimiento y consentimiento. Era una mujer admirable.

Don Pedro Fermín tenía cinco hijos, que por los días en que lo
conocí corrían por toda la casa y sus alrededores haciendo una
algarabía fenomenal. Eran traviesos, juguetones, indisciplinados y
bromistas. En otra ocasión, tal vez, les hablaré más de ellos.

Pues bien. A eso del mediodía, mientras yo comenzaba a masticar mi
almuerzo, vino don Ignacio Calviño y con lágrimas en los ojos me dijo:

— Pantxito, me da pena y vergüenza decírtelo. Debemos ahora decirnos
adiós. Don Pedro Fermín te necesita para una causa muy grande y muy
noble, y yo tengo que hacer este sacrificio de mi corazón y separarme
de tí. Te voy a extrañar mucho, pero sé que te veré con frecuencia
porque tendremos que cumplir muchas misiones juntos. Pero ahora quedas
bajo las órdenes de nuestro amable Pedro Fermín. Cuídalo mucho y dale
tu cariño, porque es un hombre muy bueno.

Se le quebró la voz y me abrazó, muy emocionado.

Yo estaba a punto de llorar, pero me contuve. Tratando de disimular los
tremendos sentimientos que agitaban mi alma, dije:

— Muy bien, Su Merced. Después de todo, la tragedia no es tan grande.
Las burritas tienen el pescuezo muy tierno y blandito.

Se rió, conmovido. Nuestra despedida se prolongó una media hora,
porque yo quería enviar mis saludos cariñosos a la burritas de San
Gil. Don Ignacio me dio algunas instrucciones útiles para los tiempos
de peligro que pronto deberíamos afrontar. Nos miramos a los ojos,
soltamos una lágrima gorda y nos separamos.

De este modo quedé asignado al servicio de don Pedro Fermín de Vargas,
Corregidor de Zipaquirá, conspirador de tiempo completo, obsesionado
estudioso de la naturaleza, investigador de la realidad social,
admirador de la revolución francesa, protegido del virrey Caballero y
Góngora, lector insaciable, fanático naturalista, médico abnegado,
crítico de la arquitectura y el urbanismo, precursor de la seguridad
social, planificador de la higiene pública, profeta del moderno sistema
hospitalario, visionario de las políticas de inmigración, primer
teórico de la revolución en el Nuevo Reino de Granada, futuro cofrade
del Precursor don Francisco de Miranda, aventurero, fugitivo, viajero
clandestino, amigo admirable y héroe olvidado por vuestras ingratas
mercedes.

Muy pronto íbamos a correr aventuras prodigiosas. Muy pronto íbamos a
mostrarle a la beata mojigatería del virreinato que nosotros sí
éramos capaces de iniciar la marcha del país hacia un porvenir de
independencia y libertad. Muy pronto íbamos a emprender el camino del
destierro glorioso, el de aquellos que se alejan de su pueblo para estar
más cerca de él, para amarlo más y para servirlo mejor.

Pero dejemos la retórica patriotera. Todavía necesitaríamos dos años
de conspiración oscura y muchas veces aburrida, antes de darnos el
baño de gloria que con tanta ansia esperábamos.

Sobre esto les daré noticias en mi próxima nota.

Que sean vuestras mercedes muy felices.



Pantxo de Vizcaya, el Orejón
Super User For Ever
2005-08-24 20:01:49 UTC
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LA IMPORTANCIA DEL BURRO PANTXO Y SUS AMISTADES....
Memorias de un burro


La historia de los Godos.

Donde se narra quiénes eran los señores Godos, de dónde salieron y cómo
llegaron a la Península Ibérica, donde mandaron a su gusto hasta el día
en que llegaron los señores moros y los pusieron a parir burros
verdes...

Bueno, vuestras mercedes han tenido a bien preguntar qué significa y de
dónde procede el término "godo", y yo me he dedicado entonces durante
varios meses a revolver mis archivos y refrescarme la memoria. Comenzaré
por explicar, de modo sencillo, cuáles son los diversos significados de
la palabra "godo".

Un diccionario barato dirá a vuestras mercedes que "godo" puede ser un
adjetivo, usado antiguamente para significar "rico y poderoso"; que
también puede servir para nombrar a un "individuo de un pueblo germánico
que se estableció en Italia y España"; que en el continente americano,
en la época de la independencia, lo usaron los criollos para referirse a
los españoles; y, finalmente, que en las islas Canarias significa
familiarmente "español peninsular". Ahora bien. Si vuestras mercedes se
toman el trabajo de echar una miradita al diccionario de la Real
Academia Española de la Lengua, verán la palabra godo procede del latín
"Gothus" (que ha dado lugar al término y concepto de "gótico") y que hay
cinco acepciones de dicha palabra, en el siguiente orden:

1. adjetivo. Dícese del individuo de un antiguo pueblo germánico,
fundador de reinos en España e Italia. Úsase también como sustantivo.

2. adjetivo. Dícese del rico y poderoso, originario de familias
ibéricas, que, confundido con los godos invasores, formó parte de la
nobleza al constituirse la nación española. Úsase también como
sustantivo.

3. adjetivo, figurado. Canarias. Español peninsular.

4. adjetivo, despectivo. Argentina, Colombia, Chile y Uruguay. Nombre
con que se designaba a los españoles durante la guerra de la
Independencia.

5. adjetivo. Germánico, gótico, noble, ilustre.

Agregan los sabios ancianos y más o menos decrépitos de la Real Academia
que la frase "hacerse de los godos" significa "blasonar de noble", y que
la expresión "ser godo" se usa en el sentido de "ser de nobleza
antigua".

Todo eso está muy claro, lo entiende hasta un humano, pero es muy
aburrido. Los idiomas acompañan a los pueblos a lo largo de su historia
y las palabras nacen, cambian de forma y de significado, y a veces
también mueren en las batallas, las migraciones, las mezclas de pueblos,
las masacres, las conquistas y las tragedias multitudinarias y
horrorosas que vuestras mercedes han tenido a bien llamar "la marcha de
la civilización". De manera que me voy a permitir contar a vuestras
mercedes la historia de los señores godos y sus honorables caballos
góticos, señoras y señoritas godas, además de los encantadores goditos
que ellos engendraban con entusiasmo gótico, entre guerra y guerra, por
allá por los tiempos en que yo vivía en sus campamentos y les ayudaba en
la tarea civilizadora de cargar sus lanzas, espadas y armaduras. Oigan
bien y no interrumpan.

Los godos eran un pueblo de Germania oriental que llegó a jugar un papel
muy importante en las grandes migraciones de pueblos. La frase es un
poquito redundante, pero hay que escribirla así, porque en esta época
moderna ni siquiera los nazis más fanáticos se acuerdan que esas famosas
migraciones fueron gigantescos movimientos de los pueblos germánicos,
que llegaron a invadir y dominar los Balcanes, Italia, el sur de Francia
y casi toda España. Estas migraciones ocurrieron entre los años 375 y
568 de nuestra Era, y fueron decisivas para la caída del Imperio Romano
y la cristianización de Occidente. Porque han de saber vuestras góticas
mercedes que los señores godos se cristianizaron ya en los primeros
siglos, antes incluso que los señores romanos.

Según el propio historiador de los godos, Jordanes, quien vivió en el
siglo VI de nuestra Era, los godos eran originarios de la mítica isla de
Skandza (afirmación que ha dado lugar al error, muy común, de considerar
a los godos descendientes de los gotar escandinavos). Desde aquellas
épocas remotas, según me consta, los suecos hacen todo lo posible por
hacerse los godos, con resultados más bien lamentables. Hacia el siglo
II, los godos vivían en el territorio de Wisla (Germania oriental),
según el testimonio del romano Tácito.

Eran un pueblo semi-nómada, que se asentaba en ciertas regiones
solamente por temporadas. Moviéndose en migración guerrera hacia el
suroriente, en dirección al Mar Negro, llevaron a cabo una serie de
invasiones que implicaron grandes cambios en la sociedad del sudeste
Europeo. De aquella época data un dolorcito que tengo en la rodilla
posterior izquierda, ya que me tocó un godo bastante prepotente que me
pegaba con su espada, siempre en el mismo punto anatómico, para
obligarme a andar más rápido.

Los godos revolucionaron el arte de la guerra, creando la caballería
acorazada, utilizando las torres rodantes e introduciendo en Europa los
andamios móviles para tomar las fortalezas por asalto. Durante el siglo
III cruzaron el Danubio y atacaron las provincias balcánicas del Imperio
Romano. En el año 267 el emperador Aureliano logró detener su avance,
pero se vio obligado a cederles la Dacia. En ese reparto me tocó a mí
una burra romana bastante bonita pero muy presumida, de manera que se la
vendí a un caballo de Bizancio que la hizo feliz, porque era tan
corroncho que le decía "mi reina" a cada paso. A los señores godos les
tocó mejor suerte, porque los emperadores romanos les cedieron puestos
fronterizos y tierras de asentamiento en territorios del Imperio.

Fue por aquellos años que los godos iniciaron su vida sedentaria,
convirtiéndose en firmes aliados de los romanos y, más tarde, en
"cristianos arrianos". A los señores ignorantes cachacos y neogranadinos
habrá que explicarles, con todo respeto, que los arrianos no eran
arrieros de marranos, sino cristianos heterodoxos que negaban la
divinidad del Verbo y la consustancialidad de las tres personas de la
Santísima Trinidad, o sea que, obnubilados y enceguecidos por el
fanatismo matemático, decían que la Santísima Trinidad eran tres
personas y no una. Su obispo, Wulfila, tradujo la Biblia al gótico, que
es el más antiguo idioma germánico. De este modo, mientras en el resto
del Imperio Romano la Biblia quedó durante siglos reservada al latín
para que no la entendiera nadie, entre los godos fue un libro de lectura
popular en su lengua vernácula desde muy tempranas épocas. En otras
palabras, los tales godos eran tan herejes que no solamente afirmaban
que tres es igual a tres, sino que además publicaban la verdad de Dios
en una lengua que todos entendían.

La irrupción de los hunos, hacia el año 375, obligó a los godos a
regresar a la vida nómada. En efecto, los señores hunos venían
comandados por unos jefes muy feroces montados en unos caballos muy
terroríficos y seguidos por unos burros verdaderamente espantosos. Por
donde pasaban no volvía a crecer el pasto, con las desastrosas
consecuencias ecológicas que son de imaginar. De esa horrible época data
la expresión "viene la plaga", que hoy se usa para referirse a los
paramilitares colombianos, aunque hay que decir que si un paramilitar se
hubiera encontrado con un huno, no habría alcanzado a decir ni "pío".
Por esta razón fue que los señores godos decidieron retirarse
valientemente para evitar disgustos, dividiéndose en dos grandes olas
migratorias, como explicaré a continuación.

Los "ostrogodos" (godos de Oriente) se movieron a lo largo del Danubio
hacia territorios que hoy pertenecen a Rumania, Bulgaria y Turquía. Más
tarde se expandieron por el norte de Italia, estableciendo un reino muy
poderoso en torno al mar Adriático, con capital en Rávena, que alcanzó
su mayor esplendor bajo el reinado de Teodorico el Grande (muerto en el
526), también conocido como Teodorico de Verona.

Los "visigodos" (godos de Occidente) después de algunas discusiones y
consultas con el Papa de Roma, decidieron acompañarme en busca de climas
más cálidos. Ocupamos primero la península balcánica y luego invadimos
Italia. En el año 410 tomamos Roma con un inmenso ejército comandado por
Alarico. Ahí tuve yo el gusto de echarme una meada histórica en los
muros del Coliseo, para expresar mi repudio contra ese circo infame
donde se sacrificaron tantos animalitos inocentes y tantos seres humanos
que habían cometido el delito de no tener padrinos ni cartas de
recomendación. En el curso de ese siglo establecimos un gran reino que
abarcaba el suroeste francés y el noreste español.

Los primeros pueblos germánicos habían llegado a España ya en el año
409, influyendo poderosamente en la formación de los pueblos y culturas
del centro y sur de la península, así como en los idiomas que más tarde
aportarían elementos para la formación de la lengua castellana. Tres
fueron las tribus germánicas que invadieron heroicamente la península
ibérica para ponerse a salvo de los hunos: los suevos, los alanos y los
vándalos.

Los suevos eran el grupo más importante. Como eran fuertes, arrogantes y
más o menos buscapleitos, ocuparon la zona noroeste de la península y
establecieron un reino independiente. Se mezclaron con gran entusiasmo
con los grupos lusitanos y celtas que existían allí desde tiempos
remotos, y de esta manera fueron surgiendo las características propias
de los pueblos españoles del norte. Los vándalos ocuparon las zonas
meridionales, o sea el sur. Y los alanos, el grupo más numeroso, el
territorio central y el litoral sureste de la Península. En otras
palabras, los alanos se hicieron cargo de lo que hoy se llama
Castilla-La Mancha y el Levante español.

Sin embargo, en el año 414 llegamos, los visigodos y yo, pateando fuerte
y tumbando todo lo que se nos ponía por delante. Veníamos muy
entusiasmados con nuestras conquistas en Italia y en Francia. Aunque yo
no me ocupaba mucho de asuntos teológicos, puedo informar a vuestras
mercedes que por aquella época seguíamos siendo arrianos. Creíamos que
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran tres personas diferentes, y
creíamos que a la Biblia había que leerla en el idioma del pueblo. Pero
ya habíamos comenzado a hacer pactos políticos y militares con el obispo
de Roma, que ya comenzaba a autodenominarse "Papa".

Estos pactos eran interesantes, porque el tal "Papa" reconocía todas
nuestras conquistas territoriales y daba legitimidad a nuestros reyes, a
cambio de que nosotros obligáramos a todo el mundo, por las buenas o las
malas, a reconocer a Su Santidad como la cabeza suprema y única de la
cristiandad. Así, poco a poco, íbamos extendiendo por toda la Europa
occidental la idea de que la religión cristiana tenía un Jefe Supremo,
un emperador espiritual y político, que era el obispo de Roma. Este
pacto en realidad se fue forjando poco a poco y duró bastante tiempo en
tomar su forma definitiva, pero yo lo resumo en pocas palabras para que
vuestras mercedes entiendan, porque de otra manera se van a quedar en
Babia, como es su costumbre. Dicho sea con respeto. El caso es que con
ayuda de la espada, el garrote, los cascos de los burros y de los
caballos y unos cuantos argumentos teológicos, logramos apoderarnos del
centro de la península. En el año 416 derrotamos a los alanos y les
dimos tal paliza que los pobres todavía no se atreven a levantar cabeza.
Un poco más tarde, en el 429, los visigodos y yo derrotamos a los
vándalos, obligándolos a pasar al África, donde se quedaron muy
asustados y con los rabos entre las piernas. En el 506 Alarico, hijo y
sucesor de Eurico, promulgó para los hispanorromanos la llamada Ley
romana de los visigodos, que era una compilación de preceptos tomados
del Derecho romano.

Entre los años 554-567 floreció el reinado de Atanagildo, rey de los
visigodos, y de ese período no tengo mucho que contar, aparte de unas
cuantas orgías que tuve con unas burras de Chipre que llegaron a
trabajar en unas obras de acueductos y palacios magníficos, a cambio de
unos sueldos miserables, como es habitual. Entre el 568 y el 586
resplandeció el reinado de Leovigildo, el verdadero creador de la
grandeza visigoda. Hombre de grandes cualidades militares, fue capaz de
vencer a los suevos, cuyos territorios incorporó al reino visigodo. Su
gran preocupación por la unificación de los visigodos y los
hispanorromanos le llevó a imponer a estos últimos el arrianismo de los
visigodos. Era, por supuesto, un arrianismo cada vez más débil, porque
los contactos y pactos secretos con el Papa de Roma eran cada día más
firmes. El catolicismo se extendía más y más, y la nobleza visigoda se
dividía cada vez con más evidencia en dos bandos: los arrianos
irreductibles (remotos antecesores de los liberales) y los católicos
beatos (abuelos originarios de los conservadores, también llamados
"godos" en algún país de cuyo nombre no quiero acordarme). En el año 579
Hermengildo, hijo de Leovigildo, abrazó la religión católica después de
casarse con una princesa católica. De esta manera resultó que un godo
quedó convertido en el líder de la población hispanorromana. Permítanme
vuestras mercedes indicar que en ese mismo año de gracia de 579 había
nacido Mahoma, uno de los hombres más extraordinarios que ha producido
la humanidad, un ardiente reformador y revolucionario que, al fundar el
gigantesco movimiento humano del Islam, habría de cambiar para siempre
la historia de los pueblos hispánicos. Sin embargo, como los señores
godos eran un poquito ignorantes sobre temas relativos al cercano
Oriente, continuaron dominando España al estilo godo, sin preocuparse
por el hecho alarmante de que el niñito Mahoma iba creciendo y se
convertía en un muchachito, y después en un muchachón, y luego en un
joven, y después en un señor barbudo con un tremendo turbante en la
cabeza y un millón de ideas tremendas adentro de la cabeza.

Entre 586 y 601 reinó Recaredo, un tipo peludo y corpulento que en 589
se convirtió al Catolicismo ante los obispos hispanorromanos reunidos en
Toledo. Fue entonces cuando vino a tomar su forma definitiva el pacto de
los godos hispánicos con los curas de Roma, pacto que ha durado tantos
siglos y que ha dado a España la máxima autoridad en todo lo que tiene
que ver con la defensa del catolicismo a sangre y fuego. Durante la
primera década del siglo VII los nobles arrianos se rebelaron contra la
doctrina católica, pero ya no contaban con el apoyo real. En efecto, el
rey Sisebuto decretó la primera ley religiosa contra el arrianismo (año
612), y así quedó sellada para siempre la alianza entre los godos y el
Sumo Pontífice.

Del reinado de Recesvinto (649-672) nada tengo que decir, sino nada
menos que en 654 este rey promulgó el Liber judiciorum. Este código de
leyes tiene una importancia histórica y puede decirse que con él nace la
nación española: en efecto, es el primer código en el que se incorpora
un concepto territorial a las leyes, al regir por igual a todas las
personas y pueblos residentes en el reino. A partir de ese momento,
tanto los godos como los hispanorromanos, los judíos y otros habitantes
de España quedaban sujetos a la misma ley. Fue éste un paso decisivo
hacia la unidad nacional, aunque hay que decir que mis compatriotas, los
señores vascos, seguían negándose a aceptar la sujeción a reyes
extraños. Lo cual a mí me ha parecido siempre muy admirable.

Durante todo el siglo VII la situación siguió bastante gótica. La
población hispanorromana adoptó costumbres godas, en tanto que los godos
se fueron civilizando, juntando riquezas y poder, construyendo edificios
góticos y desarrollando una mezcolanza de latín con gótico que poco a
poco iba tomando forma como "latín vulgar", es decir, una forma
embrionaria del idioma español. Muchas palabras germánicas se
españolizaron (Roderico se volvió Rodrigo, Karl se transformó en Carlos,
werra se convirtió en guerra y así por el estilo), al mismo tiempo que
las técnicas y artes relacionadas con la guerra fueron perdiendo su
personalidad latina y fortaleciendo sus características germánicas.
Mientras tanto, en el Oriente, el Islam había crecido y los fieles de
Mahoma se habían lanzado a la Guerra Santa. En el 711 llegó la oleada
invasora de los Moros, procedentes del Norte de África; el último rey
visigodo, don Roderico (Rodrigo), fue derrotado por las cimitarras del
Islam; los nobles, partidarios de los hijos de Witiza, rival de
Roderico, traicionaron a su propio pueblo, y la catástrofe se hizo
realidad en la batalla de Guadalete.

Los señores moros eran violentos, excelentes guerreros y gobernantes muy
autoritarios. Pero también amaban la vida y sus placeres, y en lugar de
jugar a ensartarse con las lanzas, o a machetearse con las espadas, como
hacían los señores godos, se reunían a jugar ajedrez, a resolver
problemas de álgebra, o simplemente a refocilarse con sus odaliscas (que
estaban muy buenas, no hay para qué negarlo), escuchar música o discutir
sobre filosofía y teología con judíos y cristianos. Inventaron el
helado, trajeron de tierras remotas la destilación, la astronomía, los
principios de la medicina experimental, la psiquiatría y la
farmacología, entre otras cositas muy interesantes. Pero esa es otra
historia que les voy a contar otro día, para que a vuestras mercedes les
entre un poco de juicio en sus cabezas godas y comprendan que los moros
también son gente muy inteligente y digna de admiración.

En el año terrible de 718 los señores moros se dirigieron a Francia
cruzando los Pirineos, pero también ese mismo año el príncipe godo Don
Pelayo inició el proceso brutal y heroico de la Reconquista, dirigiendo
a sus barbudos compañeros en la histórica batalla de Covadonga. Y en el
732, en las anchas praderas que se extienden entre Tours y Poitier, en
tierra francesa, el godo franco Carlos Martel despedazó a los señores
moros. Desde entonces terminó la ofensiva del Islam en Europa y los
moros se quedaron más o menos tranquilos en el centro-sur de la
península ibérica.

Con esto queda más o menos presentada la ilustre godarria ibérica.
Válgame decir, porque me consta y puedo jurarlo por la memoria del santo
Rebuznel, que los tres más grandes héroes de España eran de la estirpe
de los visigodos: el feroz Don Pelayo, que encabezó la guerra de
resistencia cuando los señores moros invadieron las tierras ibéricas a
comienzos del siglo octavo; el terrible y encantador don Roderico
(Rodrigo) Díaz de Vivar, más conocido como El Cid Campeador; y el
horripilante loco don Quijote de la Mancha, enemigo número uno de los
molinos de viento, los monstruos imaginarios y los leones famélicos. A
los tres los conocí yo personalmente y puedo afirmar a vuestras mercedes
que los tres eran atrevidos, osados, valientes, insensatos, barbudos,
furibundos, capaces de hazañas incomparables y de barbaridades a lo
bestia, pero eso sí, muy amigos de los caballos y de los burros, muy
caballeros y muy honrados, galantes con las damas, cumplidores con las
putas de taberna, devotos de la Santa Madre Iglesia, servidores del Papa
y de sus acólitos, hábiles con la espada y con el mazo de reventar
cabezas, generosos con sus escuderos, amantes de la gloria y enemigos
jurados del agua y del jabón.

Los españoles son, pues, godos en gran medida, y es por esta razón
fundamental que los latinoamericanos, tan inteligentes y perspicaces,
llaman "godos" a los españoles. Y con esta queda respondida, más o
menos, la pregunta más o menos ignorante que vuestras mercedes han
tenido la amabilidad de hacerme. Agregaré, en un archivo separado, notas
aclaratorias para disipar la ignorancia, pasar un buen rato y enterarse
de chismes.

Que sean vuestras mercedes muy felices. - Pantxo de Vizcaya, el Orejón

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Algunas notas sobre godos y visigodos. Visigodos y Romanos

La muerte del emperador Teodosio (395) fue un acontecimiento fatal para
el decadente Imperio y la señal de guerra para los visigodos. Alarico,
el rey visigodo, sentía una desmedida admiración personal por Teodosio y
al morir éste consideró que no tenía ningún sentido continuar con la
alianza que unía a los visigodos con el poder de Roma. Alarico se negó a
reconocer al sucesor de Teodosio e invadió Italia, tomando Roma en 410.
A la muerte de Alarico fue elegido rey de los visigodos Ataúlfo, quien,
buscando hacer la paz con el pueblo romano, salió de Italia y ocupó,
como aliado del Emperador, la parte sureste de la Galia y la provincia
Tarraconense en la Península.

Tres períodos importantes:

414-476: Sujeción a Roma. Eurico (466-484), gran legislador, guerrero y
político, fundador de la grandeza del reino visigodo en la Península. A
él se debe una de las primeras y la más importante codificación de leyes
visigodas, que ya incluye algunas del Derecho romano y del eclesiástico.

476-589: Hegemonía visigoda. La política de los reyes visigodos estuvo
encauzada, sobre todo, a estabilizar el dominio de su pueblo sobre la
Península. No buscaban una asimilación con la población hispanorromana
ni sentían identificación alguna con los intereses de los peninsulares.
Se trataba de una sociedad con una estructuración doble de sus miembros:
visigodos e hispanorromanos, regidos por sistemas jurídicos distintos en
los que sólo los primeros gozaban de los derechos políticos de gobierno.
Señores: altos funcionarios civiles y eclesiásticos que formaban la
nobleza visigoda que gozaban de una situación privilegiada representando
los intereses de la población peninsular. Senadores: nobles y altos
eclesiásticos hispanorromanos que gozaban también de una situación
privilegiada representando los intereses de la población peninsular.

589-711: Asimilación de visigodos e hispanorromanos con predominio del
cristianismo romano

El arrianismo.- El arrianismo fue una poderosa secta fundada por Arrio
en el siglo IV, de gran difusión primero en Oriente y luego en el
Occidente, y que prolongó su existencia en los pueblos bárbaros hasta
todo el siglo VI. No fue una herejía pagana, sino un movimiento de
racionalista introducido en torno a un punto fundamental del dogma
cristiano. Es indudable que si hubiera aparecido en tiempos posteriores
de la historia del cristianismo, habría originado un cisma definitivo.
El punto esencial del arrianismo es la negación de la divinidad en
Cristo, como consecuencia de la negación de su filiación divina. Cristo
es, para los arrianos, un ser humano y nada más que un ser humano. San
Juan, San Mateo, San Pablo y los primeros Padres habían creído en Cristo
a un Dios, a un Hijo verdadero de Dios. Pero ya desde los primeros
siglos surgieron muchas herejías que cuestionaban, de un modo u otro, la
divinidad de Jesús. Los gnósticos tenían al Hijo como un Dios inferior o
segundo y como criatura; los docetas habían negado su humanidad; los
ebionitas, su divinidad; y los sabelianos habían fundido en una sola las
tres divinas personas.

En algunos de los primeros Padres de la Iglesia se hallan expresiones en
que aparece poco clara la naturaleza divina de Cristo. Orígenes tuvo a
Jesús como persona divina subsistente, pero, como Hijo, «subordinado» al
Padre y como el primer nacido de creación. Dionisio de Alejandría (260)
había dicho que el Hijo era obra o criatura de Dios. A pesar de esto,
ninguno de estos Padres se apartaba de la tradición. Otros Padres, como
Atenágoras y Novaciano, afirmaban que la filiación de Jesús no había
alcanzado la realización y la perfección hasta el acto de la producción
por un acto creativo.

La discusión sobre la verdadera naturaleza de Cristo era muy viva y
apasionada en los primeros siglos de la cristiandad. Con ella, se
discutía también la naturaleza y el carácter de la Trinidad. Pero
siempre hubo gran confusión, debido en gran medida a la poca precisión
en los términos de la filosofía griega physis «naturaleza», ousia
«escencia», ypostasis «substancia» y algún otro, términos que fueron
redefinidos más tarde con el cultivo más desarrollado de la teología
cristiana. Tal imprecisión era aprovechada a favor o en contra de las
más diversas tesis teológicas. Eusebio de Cesárea, por ejemplo,
substituyó «generado» a «creado». Los amigos de Arrio objetaron que no
debían emplearse términos extraños a la Biblia. Por desgracia, la
discusión se hacía en griego y en latín y la Biblia consultada estaba
escrita en uno de esos idiomas: es decir, ella misma estaba escrita en
"términos extraños". Lo que importaba saber era si el contenido del
término era doctrina de la Escritura. Esto es lo que demostró Atanasio,
entre otros. Sólo 13 obispos dejaron de aceptar la palabra
consubstancial. Osio presentó un escrito en que se fulminaba anatema
contra las proposiciones de Arrio, en que se decía que hubo un tiempo en
que el Hijo de Dios no era Hijo de Dios; que no era antes de ser
engendrado; que era de otra persona y de otra substancia que las del
Padre, y que era criatura sujeta a mudanza. Seis obispos dejaron de
confesar tales puntos, y por fin, dos solos, a más de Arrio, cargaron
con el anatema: Teonas y Segundo, que, con el heresiarca, fueron
mandados por el emperador al destierro. Fue también desterrado Eusebio
de Nicomedia, que no quiso firmar la condenación de Ario, y Teognis de
Nicea, por haber dado uno y otro asilo a los sectarios y haber
continuado siendo herejes. (Enciclopedia universal española, pp.
409-410).

La conversión de Recaredo (589).- El acto de fe cristiana de Recaredo
dio un gran impulso al elemento hispanorromano, más numeroso y culto que
el visigodo. Se optó por la unión de ambos pueblos en lugar de la
dominación por la fuerza, y se aceptó que el pueblo hispanorromano,
mayoritario, diera los rasgos predominantes de la nueva mezcla, aunque
el estamento godo tuviera el poder político. La conversión de Recaredo
inició la colaboración de la Iglesia en las tareas políticas de la
nación, lo cual ha sido desde entonces una de las características
históricas más notables del estado español.

Definiciones

REX GOTHORUM: Título dado al monarca que ejercía su poder sobre el
pueblo más que sobre el territorio.

AULA REGIA: Nobles y obispos que formaban asambleas auxiliares al rey
compuestos de visigodos. Éstos habían sido unas reuniones en las que los
obispos católicos discutían problemas concernientes a la doctrina
cristiana y leyes morales aplicables tan sólo a los católicos. Más
tarde, con la conversión de Recaredo, los Concilios llegaron a tomar un
carácter semejante a asambleas del reino. Eran convocados por el rey y
tomaban parte en ellos, además de los obispos, un número de nobles,
elegidos unos por el rey u otros por el Concilio mismo. La autoridad de
los Concilios en materias religiosas se mantuvo, pero su importancia en
la vida nacional aumentó notablemente al atribuírsele jurisdicción sobre
los asuntos legales y políticos del reino.

Personajes religiosos visigodos.- San Isidoro, Obispo de Sevilla
(570-636): gran educador y escritor . Entre sus obras, algunas
históricas, Historia de los reyes godos, vándalos y suevos, o de
educación religiosa, Sentencias, se destacan sus Etimologías, alarde
extraordinario de erudición, que en forma enciclopédica define y analiza
todo el saber antiguo. San Isidoro, sobre todo por sus Etimologías,
ejerció durante siglos una gran influencia en la formación espiritual y
cultural de los monasterios hispánicos y europeos.

San Ildefonso de Toledo (m. 667): Poeta y teólogo.

San Leandro (m. 600), Obispo de Sevilla: Hermano de San Isidro, educador
de monjes.

San Braulio (m. 656): consejero de abades y reyes.

San Eugenio (m. 657): teólogo, poeta y músico.

San Julián (m. 690): historiador.

San Valerio (m. 695): místico visionario y fundador de monasterios,
autor de una notable autobiografía.

Los reinos cristianos .-Tras la victoria de los invasores en la batalla
del Guadelete (711), restos de aquellas tropas y otros nobles fugitivos
buscaron refugio en los montes Cantábricos y Pirineos, donde formaron
unos núcleos de resistencia contra el invasor. Aunque esta resistencia
no parecía haber respondido en un principio a un plan organizado de
defensa, al asociarse los fugitivos visigodos con los habitantes de las
montañas, comenzaron a formarse unos grupos de carácter permanente que
muy pronto se organizaron como nuevas sociedades políticas.

Núcleo occidental o cántabro-asturiano (la región de Galicia y
Cantabria). Es aquí en Covadonga donde, según la leyenda, Pelayo hizo
frente a los invasores (718). Ese acontecimiento ha llegado a simbolizar
el comienzo de la Reconquista.

Asturias, León y Castilla

Núcleo pirenaico central (NAVARRA y ARAGÓN)

Núcleo pirenaico oriental (CATALUÑA y LA ZONA LEVANTINA)

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